NUESTRO HOGAR ES AUSCHWITZ: LLEGADA DE UN TRANSPORTE

Posted on 15 enero, 2012

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(Los miembros del “Canadá”, el comando encargado de apoderarse de las pertenencias de los prisioneros que llegan al campo, esperan en la rampa a un nuevo transporte)

–    El transporte está a punto de llegar –dice alguien y todo el mundo se levanta. De detrás de la curva emergen unos vagones de mercancías: la locomotora los empuja por detrás; un ferroviario que está en la garita del guardagujas se asoma, hace señales con la mano y silba. La locomotora le responde silbando estrepitosamente, resopla y el tren entra despacio en la estación. A través de los ventanucos cerrados con tela metálica se ven rostros pálidos, arrugados, somnolientos, seres desgreñados, mujeres asustadas, hombres que, por muy exótico que pueda parecer, tienen pelo. El tren se detiene, y las cara que hay detrás de la tela metálica observan en silencio la rampa. De repente, los vagones comienzan a agitarse, la gente golpea las paredes de madera.

–    ¡Agua! ¡Aire! –Se oyen unos gritos secos y desesperados.

Por las ventanas se asoman rostros humanos, los labios atrapan el aire con angustia. Después de coger unos cuantos tragos de aire la gente desaparece de las ventanas, otros ocupan su lugar, que luego también desaparecen. Los gritos y el estertor se hacen cada vez más fuertes.

Un hombre de uniforme verde, que lleva más adornos plateados que el resto, pone cara de asco. Da una calada a su cigarrillo y lo tira al suelo con fuerza, se pasa el maletín de la mano derecha a la izquierda y hace una señal al Post. Éste descuelga la ametralladora que lleva al hombro, se pone en posición y dispara una ráfaga a los vagones. Un tenso silencio se apodera del lugar. Las maniobras de los camiones rompen el silencio. Los SS ponen escalones para que los recién llegados puedan subir a los camiones y se colocan diligentemente a todo lo largo de los vagones. El gigante con maletín hace una señal con la mano.

–   Aquel que coja oro o cualquier otra cosa no comestible será ejecutado por robar propiedades del Reich. ¿Entendido? Verstanden?

–    Jawohl! ¡A la orden! –contestamos todos, sin excepción, aunque a destiempo.

–    Also los! ¡A trabajar!

Se oye el ruido de los cerrojos y se abren los vagones. Una ola de aire fresco entra en los vagones. Dentro la gente está terriblemente hacinada, no sólo por la enorme concentración de personas, sino por el elevado número de equipajes, valijas, maletas, maletines, mochilas y hatillos de todo tipo (cogieron todo lo que formaba parte de su antigua vida con la esperanza de empezar una nueva). Han estado apretujados, han perdido la conciencia por culpa del calor, y ahora se apelotonan cerca de las puertas abiertas y respiran como peces fuera del agua.

–  Atención. Bajad con el equipaje. Recogedlo todo. Colocad todos vuestros bultos en una pila al lado del vagón. Entregad los abrigos. No os hacen falta, estamos en verano. Marchad hacia la izquierda, ¿entendido?

–  Señor, ¿qué será de nosotros? –La gente ya está saltando a la guija, inquieta y temblorosa.

–  ¿De dónde sois?

–   Sosnowiec, Bedzin. Señor, ¿qué será de nosotros? –nos preguntan machaconamente, escrutando en nuestros ojos cansados un respuesta.

–   No sé, no entiendo el polaco.

Ésta es la ley del campo: a los condenados a muerte se les engaña hasta el último momento. Ésta es la única forma de compasión permitida. El calor es insoportable. El sol alcanza su cenit, el cielo candente tiembla, el aire sopla, el viento, que a veces nos roza, es caliente y húmedo. Tengo los labios agrietados y siento en la boca el sabor salado de la sangre. Después de estar tumbado al sol, el cuerpo se debilita y agarrota. Beber, necesitamos beber.

Del vagón sale una ola multicolor cargada de objetos, similar a un río desorientado que buscase su cauce. Antes de que recobren la conciencia, gracias a un golpe de aire fresco o al olor de la hierba, les arrancan de las manos los hatillos, les quitan los abrigos, cogen los bolsos a las mujeres, los paraguas.

(…)

La montaña de objetos variopintos no deja de crecer: maletas, hatillos, mochilas, mantas, ropa bolsos que ala caer se abren y del interior salen billetes de todos los colores, oro, relojes. Delante de las puertas de los vagones se forman pilas de pan, se acumulan botes de mermeladas y confituras de diferentes colores, crecen los montones de jamones, salchichas, el azúcar se derrama sobre la grava. Los camiones, llenos de gente hasta los topes, abandonan la plaza con un zumbido infernal entre los gritos y los lamentos de las mujeres que lloran por sus hijos y el necio silencio de los hombres que se sienten de repente abandonados. Ellos han ido a la derecha: son jóvenes y sanos e irán al Lager. No escaparán al gas, pero primero tendrán que trabajar.

Los camiones van y vienen sin descanso, como si formaran parte de un tiovivo. La ambulancia de la Cruz Roja no para de hacer viajes. La enorme y sangrienta cruz pintada del capó se derrite al sol. En ella se transporta el gas, el gas con el cual se envenena a la gente.

(BOROSWKI,Tadeusz: Nuestro hogar es Auschwitz, Alba editores, 2004, pag. 125 a 128)

PREGUNTAS:

1. ¿Por qué es necesario que el comando esté preparado ante la llegada de un transporte?

2. ¿En qué condiciones se ha realizado el viaje de transporte de los nuevos prisioneros?

3. ¿Por qué el protagonista, miembro del comando, afirma que no entiende el polaco?

4. ¿Qué ocurre con los prisioneros, cuál es su destino? ¿y con sus pertenencias?

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