SÉPTIMO POZO: EL PAN

Posted on 5 febrero, 2012

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Para comer pan necesitas una pequeña tabla de madera fresca. Una tablita así la puedes conseguir en cualquier parte. La madera es el bosque, el claro verde, la espesura. Es la casa, la seguridad hogareña, la satisfacción. LO PERDIDO. Ponla en el suelo, la tabla, sobre el camastro, encima de tus rodillas, y tienes una mesa limpia, estás en cas, en tu casa. Y ahora el pan: divídelo en tres rebanadas gruesas, las rebanadas en cubitos. Mastica cada cubito larga y cuidadosamente. Degusta, saborea el grano en él, la lluvia, la tormenta. Deja que el sabor del sol se te derrita en la boca.

El pan es vida. Quien le roba el pan al otro le está robando la vida. Kemal, el turco, había robado pan. ¿Quién lo había delatado? Una vez, al entrar al barracón después de trabajar, vemos a un hombre colgado. Lo han atado de los pies a las vigas del techo. Manasse Rubinstein, nuestro Kapo más joven, está detrás de él y agita el látigo. El reo no emite un solo sonido, ¿está inconsciente? Manasse Rubinstein lleva anillos en sus dedos blancos, calza botas altas, el signo del dominador, y viste un uniforme de fábula, cosido por sastres judíos. ¿Por robar pan? ¿Qué tienen que reprocharle a Kemal? ¿No nos roban cada día los Kapos nuestro pan? Del esfuerzo, a Manasse se le ha resbalado un rizo negro sobre la frente. Manasse es bello. El ángel con el látigo. Y ejecuta el castigo, cualquier castigo que se le encarga lo ejecuta fríamente, sin pasión. Para él es una cosa tras la cual se puede uno lavar las manos y fumar un cigarrillo con plena satisfacción.

Casi todos los prisioneros se comen el pan de inmediato. Lo destrozan en pedazos con las manos y lo devoran con la avidez de la extenuación mortal. Además así a uno ya no se lo pueden robar. A cada seis hombres les corresponde un molde de pan de munición, a veces a cada ocho; y en días buenos, muy contados ¡a cada cuatro! ¿De qué depende eso? Algunos profetas quieren reconocer el estado de los frentes a partir del tamaño de la ración de pan. Si las raciones aumentan, creen ellos que eso significa un avance en la marcha triunfal de los aliados, y que a los nazis les está yendo mal, que por lo tanto tiemblan ante la inminente ira del mundo. Otros aseguran lo contrario.

De modo que llega el pan, los seis hombres se acurrucan en un rincón y empiezan con el sagrado procedimiento de la repartición. Para ello hay diferentes recetas. Se puede por ejemplo sortear. El molde de pan se corta rápidamente en seis rebanadas y los trozos de diferente tamaño se sortean con pedacitos de papel o con números. Todos tienen las mismas posibilidades, nadie se puede quejar. Al que le ha tocado en suerte el trozo grande, se esfuerza en ocultar su alegría para no hacer sentir mal a los camaradas, lo toma rápidamente y desaparece de preferencia bajo la manta. El que recibe el trozo más pequeño también se echa en la cama, sólo el sueño puede consolarlo. Cuando te despiertas, te azotan el hambre, el frío y todas las plagas bíblicas de una larga jornada. La forma normal de repartir es la siguiente: un travesaño de madera colgando de un trozo de cuerda, dos tarugos uno a cada extremo, que se introducen en las raciones, de ese modo se van pesando las raciones de forma incómoda pero al final son todas iguales. Alrededor, seis pares de ojos dilatados de morbidez observan el ritual. Este método también tiene la ventaja de que es largo y el pan todavía está pesándose mientras los otros ya se lo han devorado. Si el pan se desmigaja al repartirlo y pesarlo, cada uno pone su gorra debajo y recibe las migas. Pero también debo mencionar a los masoquistas, los miembros de un culto secreto con el pan. Guardan su ración en una bolsa que llevan siempre consigo y se castigan a sí mismos con una ilusión. El pan, en el exterior del cuerpo en lugar de en su interior, nutre quizá la fantasía, pero acaba con las últimas fuerzas. Ellos se mueren más rápidamente que los otros. Durante el trabajo, quién sabe cuando, generalmente de manera invisible para los no iniciados y siguiendo un plan estrictamente minucioso, sacan de la bolsa trocitos minúsculos de sustancia vital, repartidos a los largo de todo el día. Una locura. Y también está la gente como Pechmann y otros, que de un canto de pan hacen por así decirlo una comida de siete platos, se sientan, sacan la tablita cuidadosamente guardada y muestran satisfacción. Mendel Teichmann se ríe de eso. El león Mendel Teichmann parte el pan en trozos y se llena la boca, ¡al menos una vez al día! Pero esta gente… ¡Es ridículo! Así se alimentan las ardillas, los roedores, los rumiantes. Los corderos bobos se ceban así.

Un año después también lo veo a él, a Mendel Teichmann, el tsadík, el mago de la palabra, comer su magro pan con tablita y cuchillo. En todas partes la gente cambia de opinión, ¿por qué no también aquí? Cuando Mendel Teichmann siente que sus fuerzas desaparecen, descubre –él, el león- las pequeñas alegrías de los corderos. Pan. Degusta, saborea el grano en él, la lluvia, la tormenta. Deja que el sabor del sol se te derrita en la boca.

(WANDER, Fred: El séptimo pozo, Galaxia Gutenberg, 2007, pag. 41-44)

PREGUNTAS:

  1. ¿Por qué es tan importante el pan?
  2. ¿Qué distintos sistemas de consumo explica el autor?
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