SÉPTIMO POZO: EVACUANDO EL TESORO

Posted on 12 febrero, 2012

0



Hacía ya cuatro días que tronaba la batalla, por la noche se veía arder el cielo oriental. Los prisioneros estaban atentos al ruido mordiéndose los labios, como si fuese el Mesías el que llegaba. Que el Ejército Rojo había llegado a Auschwitz, se decía. Y después de nuevo Silenciosa Incertidumbre y la nieve que lo ahogaba todo cayendo indiferente. Delante del campo había coches estacionados. Coches sencillos de madera para ser tirados por un caballo, carruajes señoriales fuera de uso, carretas de heno e incluso un par de carros barnizados de rojo del tiempo en que los coches de bomberos todavía iban tirados por caballos. Caballos no había. Y Rabí Shimon negó con la cabeza: No esperarán que nosotros… Pero nosotros tiramos de los carros. Mil prisioneros. Los tiramos ladera arriba hasta lo alto de las blancas montañas, como si jamás hubiésemos hecho otra cosa. El hielo se quebraba bajo las ruedas. (…) De cada carro se arrastraban jadeando veinte o treinta judíos. El aliento se congelaba en cristales diminutos. Algunos cantaban, otros gritaban, maldecían, rezaban, nadie les prestaba atención en el bullicio general. Lubitsh declamaba versos en francés. Tiraba de una cuerda, ponía un pie tras el otro sobre el suelo congelado y recitaba a Baudelaire. A Rabí Shimon de pronto le dieron convulsiones. Lo ataron a la parte de atrás de un carro y lo sostuvieron. Pues quien no podía seguir recibía su tiro. Weinberg, el sastre, había recibido su tiro muy pronto y también el pequeño Berl de Budjastsch lo había recibido. En las montañas de Silesia resonaban los disparos, el cielo era suave y azul. (…) Había una curva en la carretera. Tras la curva se habían caído varios carros y yacían estrellados contra viejos árboles. Había cajas y sacos desparramados, algunos se habían abierto, pudimos ver candelabros sabáticos de plata, calderos de cobre, samovares, pieles, pañuelos de seda de damasco, incluso una espineta. Los de bota alta rugían, obligaban a los prisioneros a recoger las cajas y los sacos. Pero todos los carros estaban cargados hasta los topes, y cada portabotas se cuidó de hacerse su propio botín. Ahí estaban finalmente con sus cajas y sacos, los ladrones, mordiéndose los labios hasta sangrar. También había muertos allí, que yacían bajo los carros desmoronados. Estrechos riachuelos de color púrpura coloreaban la nieve.

(WANDER, Fred: El séptimo pozo, Galaxia Gutenberg, pag. 45-49)

PREGUNTAS:

  1. ¿De dónde procedían los objetos que son transportados durante la evacuación?
  2. ¿Quiénes son “los de bota alta”?
Anuncios