YO FUI ORDENANZA DE LOS SS: RAPIÑA DE LOS SS

Posted on 4 marzo, 2012

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La entrada de nuevos prisioneros en el campo necesitaba particular atención de nuestra parte. Atención no menos particular que les prodigaban los SS, pero por otros motivos… Los recién llegados eran la presa de los SS y era entonces cuando mejor mostraban sus despiadados sentimientos, sus instintos canallescos, su descarnada vileza. Sí, no existía calificativo alguno para enjuiciar certeramente su conducta, y cuando empleo algunos calificativos como los precedentes, no hago más que dar un pálido reflejo de la realidad. ¡Satanás al lado suyo hubiera podido pasar por un santo! Entre los recién llegados buscaban a los cabecillas para exterminarlos inmediatamente, puesto que así estaba decidido. Hacían lo necesario para imponer el terror inmediatamente, como si con ello quisieran disipar cualquier duda sobre su todopoderoso maquiavelismo, y condicionar, ya de entrada, el ánimo de los hombres. Pero, ante todo, su obsesión era la búsqueda de los efectos, de las joyas, del dinero, divisas, etc., lo que les hacía acudir al lugar de la recepción –las duchas del campo- aunque muchos de ellos nada tuviesen que hacer oficialmente allí.

En ocasiones tuve la oportunidad de bajar con un SS al recinto de las duchas y a su anexo, donde se efectuaba la recepción, para evacuar algún “recado” que los suboficiales del effektenkammer habían organizado a los recién llegados. Allí, la entrada estaba terminantemente prohibida a todo prisionero, salvo a los empleados en llenar los sacos de efectos incautados –unos ocho- y a los barberos encargados del afeitado integral de los prisioneros. Los SS, salvo los encargados de aquellas recepciones, tampoco tenían autorización para acercarse a los nuevos, pero allí siempre había cincuenta o sesenta revoloteando como las avispas y acechando el momento de despojar a un prisionero des sus joyas u objetos de valor, que escondían en sus bolsillos o simplemente en un saco de papel que luego me harían transportar a mí, o a uno de mis compañeros, a sus guaridas. Y todo con la bendición y complicidad de Ziereis y de Bachmayer (altos mandos de las SS en Mauthausen), presentes siempre, que sabían que el botín sería repartido con ellos.

Era un verdadero ritual, bien preparado y organizado, que me impresionó muchísimo desde el primer momento en que lo presencié. Merece la pena describirlo, creo. Salvo cuando los recién llegados debían pasar inmediatamente a la cámara de gas, abandonando sus maletas y efectos en el corredor detrás del lavadero –sin que nadie se acercara a ellos, y a veces sin que se supiera quiénes eran ni a qué nacionalidad pertenecían, es decir: iban a desaparecer sin dejar rastro alguno de su paso por Mauthausen-, los prisioneros eran formados frente a la muralla donde se les controlaba una primera vez, por los SS de la oficina política y los del control de entrada, para verificar la exactitud de las listas de embarque entregadas por la Gestapo. Cuando llevaban mucho equipaje, como ocurría con los judíos, a los cuales en el momento de su detención habían hecho creer que los cambiaban de residencia, los colocaban en aquel mismo lugar con sus nombres escritos, lo que producía la hilaridad de los SS que sabían que iban a exterminarlos rápidamente y ninguno volvería a ver sus bienes. Maletas y baúles desaparecían en un abrir y cerrar de ojos y algunos de ellos iban directamente al exterior del campo a las guaridas que tenían los SS. Todos, tanto los que traían muchas maletas o paquetes, como los que sólo poseían un macuto donde llevaban sus prendas y algún objeto de valor, debían bajar por las escaleras que conducían a la sala de las duchas. Allí debían desnudarse y entregarlo todo a los empleados del effektenkammer, que ponían sus prendas y efectos dentro de un saco de papel sobre el cual escribían su nombre y la dirección de su residencia, operaciones que eran estrechamente vigiladas por los SS de servicio. En ocasiones de forma discreta, pero la mayoría de las veces descaradamente, los SS escogían los objetos más interesantes que ya no entrarían en los sacos de papel: relojes, anillos, pitilleras de oro, medallas, y toda clase de joyas u objetos valiosos, que iban desde el candelabro de oro macizo al diamante incrustado en un amuleto; desde el cuadro de un pintor famoso hasta la camisa de seda; desde la botella de colonia hasta el tubo de pasta dentrífica; desde el alcohol -muy buscado, sobre todo si era de procedencia francesa- al jamón o los embutidos. Controlaban la dentadura de cada uno anotando cuidadosamente cuántos dientes o coronas de oro llevaba cada prisionero, para luego arrancárselos al morir, y a veces antes. (Los que más suerte tenían –aunque sea un eufemismo el expresarse así- eran los que perdían sus dientes tras el primer puñetazo recibido y que los SS recogían cuando los escupían. Esto les permitía no ser perseguidos y evitar ser vigilados continuamente en espera de su muerte.) También eran controladas las monturas de oro de los lentes, que quitaban a su dueño en el acto.

Tras aquella recepción, los recién llegados desconfiaban hasta de su sombra. Cuando me presentaba en las barracas de cuarentena y empezaba preguntando si había españoles entre ellos, o intentaba saber cuáles eran los hombres más señalados, no recibía más que respuestas desdeñosas y algunas veces hasta insultos. Me miraban como a un chivato o a un agente de los SS. Reacción bastante natural al ver que los bandidos alemanes me dejaban entrar en las barracas, cosa prohibida a otros, y observar la tolerancia de que hacían gala los SS con respecto a sus ordenanzas. Todos ellos habían sufrido un duro cautiverio antes de ser llevados a Mauthausen, y sabían que la Gestapo usaba de cualquier artimaña para lograr indagar y recoger información sobre la Resistencia. De no haberse encontrado en aquellas condiciones, seguro que más de uno me hubiese largado un puñetazo. Los insultos había que aguantarlos serenamente, pero confieso que eran duros de tragar, sobre todo viniendo de gente nuestra. Se les veía cuchichear entre ellos: “Cuidado con éste, que es el chivato de los SS”. (Amigos franceses me confirmaron esto más tarde.) Pero los que más desprecios e insultos tuvieron que oír fueron los barberos, en los anexos de las duchas. Al entrar allí eran avasallados y agredidos por los SS y como a nosotros nos veían al lado de los torturadores, no era raro que pensasen que éramos los comparsas. Intentábamos pasarles nuestras consignas y consejos en voz baja, advirtiéndoles de los peligros que corrían si no hacían rápidamente lo que nosotros les ordenábamos para evitarse nuevos castigos, pero parecía que aquello despertaba aún más su desconfianza. Cuando les aconsejábamos que nos confiaran parte de lo que llevaban sobre ellos, explicándoles que los SS iban a despojarlos de todo, nos miraban con tal desprecio que nos dejaban paralizados. En algunas ocasiones al estar nosotros al corriente del expediente que les había precedido, y sabiendo que los SS intentarían exterminarlos, les indicábamos cuál debía ser su actitud para ver de salvarlos, pero seguían sin hacernos caso. Era preciso a voces sermonearlos y zarandearlos para que, al final, comprendieran que sólo deseábamos ayudarlos. Teníamos sumo interés en recuperar medicamentos que llevasen, el jabón, la colonia, etc.; pero la desconfianza en ocasiones era tal que se dejaban despojar por los SS, sin haber captado a tiempo la importancia que aquello tenía para nosotros, y para ellos mismos, puesto que lo “organizado”, al fin y al cabo, era en beneficio de la comunidad.

(CONSTANTE, Mariano: Yo fui ordenanza de los SS, Pirineo, 2000, pag. 126-129)

PREGUNTAS:

  1. ¿Qué objetos buscaban los SS sobre todo entre las pertenencias de los prisioneros?
  2. ¿Era legal ese saqueo de las pertenencias? ¿A dónde crees que debían ir destinadas en principio esos objetos? ¿Por qué se toleraba sin embargo que se los apropiaran los SS del campo?
  3. ¿Por qué los recién llegados mostraban desconfianza hacia los otros prisioneros? ¿Crees que todos los prisioneros actuarían igual con los nuevos?
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