YO FUI ORDENANZA DE LOS SS: REPARTO DE LAS PERTENENCIAS

Posted on 5 marzo, 2012

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Cuando llegaba un “transporte” importante, el grupo del effektenkammer llevaba a las duchas uno cesto de mimbre, dentro de los cuales los SS colocaban el producto de su rapiña. Allí caían, entremezclados, los relojes, los calcetines, los jerseys, los rosarios de marfil o de piedras preciosas, los crucifijos, los zapatos de cuero… Luego hacían el reparto entre ellos, bajo la dirección del obersturmführer Eisenhoefer –sin la presencia de los prisioneros, claro- colocando sólo una parte de lo incautado en cajas que eran enviadas a Berlín, al mando central de los SS. Con lo que se puede afirmar que Himmler y sus secuaces berlineses no recogían, por este procedimiento, más que la mitad de lo incautado. De lo retenido se separaba una pare con destino a los jefes y oficiales de la administración SS de Mauthausen, y también se reservaba algo par los amigos de estos últimos, como eran el gobernador de Linz, Eigruber, y los jefes nazis que tenía adjuntos, los cuales de una forma u otra recibían también su parte del botín en forma de obsequios. En última instancia, se encontraban los subalternos, blockführers, suboficiales de la oficina política, de la kommandantur, etc., que eran quienes terminaban la limpieza, aunque, a decir verdad, la mayoría de éstos ya tenían los bolsillos o las perneras de los pantalones repletos con una parte de la presa, que luego ser repartían entre ellos o con algún oficial.

 La complicidad allí era total, absoluta. Se puede decir que era el único momento de “fraternidad sin fallas”. Con una sola divisa: ver quien sería el más gangster apropiándose todo cuanto pasaba por sus manos.

Los bandidos alemanes, jefes de block, kapos, etc., servían a veces como encubridores guardando el botín de algunos de ellos, y también de coartada para los SS en caso de que, por envidias, celos o lo que fuera, alguno se viera amonestado por haberse pasado de la raya. Eran asimismo utilizados como enlaces, para llevar lo robado por los SS hasta fuera del campo, cuando iban a los grupos de trabajo exteriores. Así lo hacían algunos kapos de la cantera, que lograron sacar maletas y macutos por conducto de uno de los civiles que en ella trabajaban. El producto del robo seguía este curso: un SS robaba una maleta de ropa (si había joyas, mejor), la pasaba a un bandido jefe de block, éste a su vez la confiaba a un kapo de la cantera o del Danubio, el cual la ponía en manos de uno de los chóferes civiles que la transportaba a Ens, San Valentín u otro pueblo vecino, y allí la entregaba al agente designado por el SS interesado. Más tarde, éste se encargaba de recuperar el botín para sacarle el máximo provecho posible.

A cambio de estos servicios prestados, los delincuentes comunes obtenían favores increíbles; como, por ejemplo, el poder cambiar de color el triángulo de algunos de ellos, pasando del negro al verde… (Los de triángulo negro –asociales- eran considerados como la escoria de los bajos fondos y debían permanecer toda su vida encerrados –según los tribunales alemanes-; mientras que los de triángulo verde –asesinos- podían obtener, observando una buena conducta –ayudando a exterminar a los políticos, por ejemplo-, el ser enviados, tras haber sido liberados, al frente ruso en una unidad SS.) Aunque parezca mentira, en Mauthausen tenía más categoría y era mejor visto el tipo que tenía sobre su conciencia el asesinato de varias personas que “el mangante del barrio chino”, que no había cometido el menor crimen. Ésta era la “aristocracia” creada por los SS: ¡Cuánto más vil era el sujeto, mayores eran sus atribuciones allí!

El producto de los saqueos ascendió a miles de millones de marcos [la moneda alemana]. El dinero también era robado, y los delincuentes alemanes se apoderaban a veces de cientos e incluso de miles de marcos que traían, en particular, los judíos y los prisioneros de Europa central. […]

No era raro ver un SS con algún objeto perteneciente a alguno de los prisioneros que se encontraba todavía en el campo, como ocurrió con algunos compañeros franceses y judíos (aunque estos últimos eran exterminados en pocos días). Con nuestros efectos ocurrió lo mismo […]

¿Qué podíamos hacer los españoles ante tal piratería? No podíamos impedirla, eso por supuesto. Lo único que podíamos hacer era lo corriente en cualquier circunstancia: tratar de aprovecharnos en pro de nuestros objetivos de solidaridad y lucha. En uno u otro momento del saqueo tenían que pasar junto a uno de los nuestros; de forma que todo lo que los SS robaban o daban a guardar a los jefes de block, lo sabíamos nosotros y procurábamos que, al menor descuido, algo de lo “requisado” cayese en nuestras manos. Si se daban cuenta de que faltaba algo del botín, se acusaban mutuamente o echaban la culpa a los bandidos. Lo único que no podíamos birlarles eran las joyas y objetos valiosos, puesto que esto lo vigilaban directamente los jefes SS. Así lográbamos apoderarnos de prendas de vestir y otras cosas que podían servirnos para el trueque. […]

[…] Grandes fortunas se edificaron así, y todos aquellos que no fueron ahorcados como criminales de guerra las recuperarían más tarde para vivir tranquilamente en Alemania Occidental o en otros países con regímenes adictos al nazismo. Así lograron algunos crear importantes negocios y comprar el silencio de sus compinches aún en vida, que podían acusarlos de los actos de genocidio perpetrados en los campos.

Se puede comprender fácilmente el duro golpe moral que representaba para los deportados asistir a tal piratería, y en particular cuando se llegaba al campo. A los castigos físicos venía a añadirse la angustia moral que representaba el ver desaparecer todo cuanto nos era íntimo, y que suponía, aparte del valor financiero, todo el amor y el recuerdo entrañable de los seres queridos. A veces nos las ingeniábamos para recuperar las fotografías, las medallas y otros pequeños recuerdos que los SS desdeñaban y destruían, y que nosotros devolvíamos al prisionero despojado. Una foto podía ser de un valor incalculable para un prisionero, ya que aquella cartulina era para él el único bien que le quedaba en aquel horrendo mundo. Pero debía evitar que no fuera descubierta por los nazis, so pena de ser castigado con veinticinco latigazos en el posterior.

(CONSTANTE, Mariano: Yo fui ordenanza de los SS, Pirineo, 2000, pag. 132-136)

PREGUNTAS:

  1. ¿Quiénes salían beneficiados en principio del reparto ilegal de las pertenencias de los recién llegados?
  2. ¿Cómo conseguía la organización clandestina española hacerse con parte del material? ¿Qué tipo de objetos buscaban sobre todo? ¿Por qué?
  3. ¿Por qué crees tú que se castigaba a los presos que conseguían rescatar alguno de sus efectos personales (fotos, medallas, etc.) aunque no tuvieran ningún valor económico?
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