YO FUI ORDENANZA DE LOS SS: ORGANIZANDO AZÚCAR

Posted on 8 marzo, 2012

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En el comedor de los SS, Tarragó debía tratar de apoderarse de productos de primera necesidad y, ante todo, de algo que allí tenía el máximo valor: el azúcar. Una cucharadilla de azúcar administrada a uno de nuestros enfermos durante quince días, podía representar el prolongamiento de su vida, cuando no su rescate. Esto hacía que tuviésemos sumo interés en procurárnosla por todos los medios. Para ello pusimos en marcha uno de nuestros planes, que, por lo regular, eran el resultado de muchas horas de reflexión de Serra, “Luisín”, Rojas y nuestros otros especialistas. Todo debía ser estudiado y planeado detenidamente, ya que era preciso alcanzar lo previsto sin que, en ningún momento se dudase del resultado. Nunca decíamos: “Es posible nos salga bien esto o lo otro”, sino: “Esto se hará así y conseguiremos lo previsto”.

Cuando Espańoles en los campos nazisTarragó nos anunció que era posible “organizar” azúcar, pasamos a la acción. En seguida encargamos  a nuestros amigos los sastres –Bonaque, Falo, Domínguez, Urúen y otros, siempre dispuestos a cumplir nuestros encargos, aunque tuviesen que pasar las noches en vela para realizar los trabajos en bien de la comunidad-, que nos confeccionaran varios saquitos de tela resistente. (De la tela de las sábanas de los SS de preferencia. Más tarde los hicieron impermeables con tela de sus capotes.) la habitación que servía de despensa, con sus hornillos para confeccionar los platos particulares en el hungerführerheim, que era donde Tarragó depositaba todos los productos decomisados, poseía dos ventanas con cristales opacos, herméticamente cerradas y clavadas para que no pudiesen se abiertas; sólo el montante superior se abría horizontalmente, dejando unos diez centímetros de espacio, lo que impedía que se colase un plato u objeto un poco voluminoso. (No cabía duda de que aquellas ventanas habían sido construidas así con el fin de evitar las raterías de los SS, ¡no las nuestras!)

Tarragó tomó las medidas, y los saquitos y recipientes fueron confeccionados teniendo en cuenta la angosta anchura de aquella rendija.

Cuando todo estuvo preparado, escogimos el día y el momento más oportuno para realizar la primera operación. Desde la habitación número 5 yo vigilaba la cocina, y por sus ventanas –de cristales normales- observaba cómo preparaban el café de los SS para el día siguiente. Junto a la más pequeña de las calderas, había dos latas vacías de las empleadas para conservar la confitura. Algo más allá veía un saco que contenía unos treinta kilos de azúcar depositado allí por un cocinero alemán. Se acercó Tarragó, tomó uno de los botes llenándolo de azúcar, se subió, como de costumbre, sobre el taburete y empezó a verterlo dentro de la caldera. En realidad dentro de la caldera no caía más que una parte. El resto iba a parar al bote vacío que se hallaba pegado a ella. Desde el interior de la cocina daba la impresión que todo el producto caía en el café, por lo que nadie se preocupó del trabajo de nuestro compañero. Cuando terminó el “azucaramiento”, colocó el saco vacío sobre el bote cubriendo el contenido y, con desenvoltura, se fue hacia la despensa cerrando la puerta tras de él. Habíamos calculado que necesitaríamos unos tres minutos para llenar los talegos. Me preparé y esperé la señal, que consistía en sacar una servilleta blanca por la estrecha abertura. Garriga andaba barriendo con su escoba por la parte oeste de la barraca, Rojas por la parte este, mientras que Serra y “Luisín”, con sendas toallas en el brazo, esperaban al fondo del pasillo empedrado frente a su barraca haciendo ver que hacían algo. Más allá, dos albañiles del grupo de la construcción del campo martilleaban sobre un bloque de granito en la misma esquina del torreón de la parte oeste del campo. Desde allí vigilaban los movimientos de los SS, por si se acercaba alguno de ellos a nosotros. Junto a los jardincillos de césped, situados ente nuestro lugar de trabajo y las kommandantur, había cinco españoles del grupo de los jardineros que recogían hierbas y hojas secas… Apareció al fin la servilleta por la rendija y salí del apartamento tosiendo fuertemente. Miré hacia mi izquierda y Garriga levantó la escoba, lo que significaba “sin novedad”, Rojas, a su vez, se puso a toser. Serra y “Luisín” se acercaron rápidamente, lanzando una señal a los albañiles, que respondieron con un silbido, mientras los jardineros se acercaban a Rojas para cruzar la avenida principal que conducía a la entrada del perímetro interior. Ellos eran los encargados de la diversión en caso de ser interrumpidos, para atraer sobre sí la atención de los posibles intrusos. Pasé el cuerpo entre la hilera de espinos plantados delante de las ventanas para impedir que nadie se acercase a ellas, y empecé a recoger los saquitos que se deslizaban sobre el vidrio antes de que cayesen al suelo. Uno, dos, tres, cuatro… y volvió a aparecer la servilleta, indicando que no había más talegos. Unos pinchos enormes me herían el posterior mientras que otros me arañaban el rostro. Tapé los saquitos con la toalla y con paso rápido me fui al encuentro de Serra y “Luisín”. Éstos tomaron el “encargo” de mis manos y, sin detenerse un solo instante, se reunieron con los jardineros, y juntos atravesaron el tramo más peligroso del trayecto: el que pasaba frente a las oficinas de la Gestapo. Antes de llegar al caminito que conducía a la barraca de los efectos aparecieron Campos, “el reparador de persianas”, y Pedro, “el fontanero”, con sus respectivas cajas de las “malicias”, como las llamábamos nosotros. Campos y Pedro se cruzaron con el pequeño grupo y los cuatro saquitos desaparecieron dentro de sus cajas. Luego se alejaron en dirección a la parte noroeste del campo […] Junto a los talleres de la carpintería se encontraban Pepe, Sánchez Ramiro Santiesteban. | Planetay Almarza, que vigilaban las idas y venidas del SS que, desde un mirador, vigilaba aquel sector, y que, durante quince segundos, ni uno más ni uno menos, les daba la espalda, tras recorrer sus quince pasos por la plataforma del mirador. (Esto explica nuestro acecho ininterrumpido y el preciso cálculo de sus pasos y tiempo, como ya se explica en otro lugar) Cuando los carpinteros, siguiendo el ritmo del centinela SS, dieron la señal, los cuatro saquitos volaron por el aire pasando por encima de las fatídicas alambradas… Era preciso calcular bien su vuelo para que no tropezasen en los espinos y cayesen junto a los cables haciendo imposible su recuperación so pena de ser electrocutados. Algo más allá, junto al block número 3, Pagés y otros amigos habían organizado cierto barullo, con la intención de acaparar la curiosidad de los SS y de los delincuentes comunes que podían encontrarse en la “zona estratégica”…

Así entraron en el campo interior los dos primeros kilos de azúcar “organizados” a expensas de los SS; que serían seguidos, días después, por otros saquitos conteniendo margarina, confitura y pastas alimenticias.

La operación había durado ciento veinte segundos, pese a la distancia que nos separaba, y fue realizada con una puntualidad cronométrica. Es cierto que todo estaba bien calculado y mejor preparado…, y no creo que haya calculadora capaz de igualar el cerebro de los míseros y de los hambrientos.

(CONSTANTE, Mariano: Yo fui ordenanza de los SS, Pirineo, 2000, pag. 112-116)

PREGUNTAS:

  1. El presente relato nos sirve como muestra del grado de complejidad y de organización que requerían las operaciones realizadas por el grupo clandestino español para confiscar alimentos. Cuenta aproximadamente cuántos presos era necesario que estuviesen coordinados, y que funciones ocupaban, para poder realizar la confiscación de azúcar.
  2. Recuerda que, aunque el relato parezca simplemente una “gamberrada” o un acto propio de chiquillos para entretenerse, se realizaba dentro de un campo de concentración destinado al exterminio de los prisioneros, y por lo tanto, en unas condiciones de extremo peligro. ¿Cuál era el destino que el grupo español iba a dar a ese azúcar? ¿Qué riesgos corrían los integrantes del grupo si eran descubiertos?
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