YO FUI ORDENANZA DE LOS SS: PERROS SS

Posted on 10 marzo, 2012

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Los SS encargados de los perros habías sido escogidos o eran voluntarios, y seguían un entrenamiento y cursillos especiales durante todo un año. Debían aprender no solamente a ayudar a los perros a encontrar una pista, sino también hacerles obedecer e incitarlos a atacar a otra persona. […] Lo cierto era que aquellos perrazos tenían el mismo trato y los mismos derechos que los SS de la tropa. Ostentaban sus nombres y sus números, como por ejemplo: BLITZ, SS número 750, o FREIWILIG, SS número 2125. Como los soldados, podían ser trasladados de una unidad a otra, o destinados a otro campo de exterminio. Exactamente en las mismas condiciones que cualquier miembro del cuerpo SS.

Por aquella época había en Mauthausen dos SS especializados en el adiestramiento de los mastines, y luego, al aumentar el número de animales, nombraron a otro. Pasaban el día enseñando y acostumbrando a las bestias al ataque de los prisioneros, a morder los miembros inferiores sin olvidar las partes genitales y también el cuello, a seguir una pista, a reconocer el traje  de presidiario, etc. ¡Y aquellos cursos eran seguidos, día a día, por ellos y algunas veces en presencia de Ziereis! Al principio habían designado un prisionero alemán de delito común para servir de maniquí y ser atacado por aquellas bestias. Más tarde, conseguimos colocar allí a dos españoles, ya que aquel trabajo, pese a sus riesgos, era interesante, pues no exigía esfuerzos importantes. Uno de los compatriotas se ocupaba de la limpieza de las perreras y de la distribución de la pitanza, y el otro, junto con el alemán hacía de “objetivo” durante las sesiones de adiestramiento. Los dos iban vestidos con un traje de presidiario con forros especiales, entre los cuales había una capa de algodón de unos cuatro centímetros de grueso. Llevaban puestos unos guantes igualmente forrados, unos zapatones de madera y un collar metálico que se colocaban en el cuello, en previsión de los ataques a esta parte del cuerpo para no ser estrangulados. Los ataques de los perros eran violentísimos y a menudo rodaban por el suelo el español y el alemán, protegiéndose rápidamente la cara para evitar ser destrozados por los colmillos acerados, lo que no impedía el que salieran siempre maltrechos y sangrando al término de las sesiones de entrenamiento. Calcúlese cuál no sería la preocupación de Tomás y Antonio a lo largo de las semanas y meses que pasaron allí entre aquellas fieras capaces de descuartizar, en breves minutos, a no importa qué hombre de los que había allí recluidos.

Me contaba Antonio la angustia que lo dominaba a veces “al saltar al ruedo” –como él decía- y ver avanzar hacia él aquellos bichos, cuya ferocidad iba pareja con la de sus dueños.

[…]

El compatriota Tomás, que como ya se ha relatado se encargaba de la limpieza de las perreras y de dar el rancho de las bestias, debía ir todos los días a la cocina de los SS a recoger la pitanza perruna. Sin ser tan buena como la comida de los SS, era de mejor calidad que la bazofia que nos era administrada a los prisioneros. Se componía a veces de macarrones o patatas cocidas con trozos de carne de buey y los huesos de las reses cuya carne se destinaba a los SS. Todo ello bien cocido y con una limpieza esmerada, exactamente como lo hacían para sus tropas, tal era la comida de los perros. Al principio, Tomás iba acompañado de uno de los dos SS y para transportar la marmita se hacía ayudar por un español de los que estaban empleados en el grupo de la construcción. Más adelante, los SS los autorizaron a ir con varios ayudantes para transportar la comida sin que fuera necesaria su presencia. Y fue así como nuestros compatriotas empezaron a imponer a los perros SS su primera dieta. Para los diez o doce perros llevaban un caldero de unos veinticinco litros y aprovechando el plato de aluminio que llevaban colgado a la cintura, algunos de ellos “pescaban” raciones que iban engullendo por el camino. Pronto se corrió la noticia entre los españoles del grupo de los albañiles y daba risa ver siempre cuatro o seis compatriotas seguir el rastro del caldero como en una procesión cualquiera. Al principio la cosa no tuvo repercusiones, puesto que sacar cinco o seis platos del caldero no representaba gran cosa para los perros. Pero, poco a poco la procesión fue aumentando y también, claro, el número de platos de rancho sacados del caldero. Llegó a tal punto la incautación que al final no quedó, para los perros, más que los huesos.

Fue así como, paradójicamente, pudimos ver enflaquecer a los perros SS de Mauthausen, mientras que algunos españoles del baukommando ganaban unos gramos y sus violáceos carrillos recobraban una parte de su color natural.

Los SS descubrieron la superchería al comprobar la falta de brío y ferocidad de sus bestias. Al preguntarse por los motivos de aquella flojedad acabaron sospechando el truco de los españoles, que podía haberse convertido en catástrofe para todos de haberlos cogido con las manos en la masa.

(CONSTANTE, Mariano: Yo fui ordenanza de los SS, Pirineo, 2000, pag. 164-168)

PREGUNTAS:

1. ¿En qué condiciones vivían los perros en el campo de Mauthausen?

2. ¿Por qué era “un buen destino” ser el blanco de los ataque de los perros?

3. ¿De qué manera consiguieron “organizar” los españoles parte de la comida del rancho de los perros?

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