YO FUI ORDENANZA DE LOS SS: PERROS EJECUTORES

Posted on 16 marzo, 2012

0



Una semana antes, al regresar al perímetro electrificado, el grupo de los ordenanzas -llamado kommandantureiniger– fue puesto “de cara al muro” frente a los torreones que sostenían la monumental puerta de entrada, allí donde se colocaba a los castigados o a los recién llegados destinados a ser ejecutados rápidamente. De los doce que componían el grupo, cuatro fueron enviados a la barraca, entre ellos el kapo, pero no sin haberles administrado antes una descomunal paliza los SS que estaban al lado del capitán jefe, ejecutando sus órdenes; los ocho restantes siguieron  recibiendo latigazos y golpes. Cuando el jefe de campo se cansó del espectáculo, los hizo colocar en la misma posición, a medio metro de distancia uno de otro. Allí pasarían la noche y todo el tiempo que los SS quisieran; sin comer, sin dormir, sin moverse, hasta conocer su nuevo destino, que casi todos conocíamos: ser llevados a Gusen, gaseados o ahorcados en el campo central, ya que era rarísimo el caso de que un prisionero pasado “ante la torre” llegase a contarlo más tarde. Allí pasaron todo un día y una segunda noche, en las condiciones expuestas, deshechos por los golpes y los latigazos asestados por los SS a quienes habían servido de ordenanzas hasta entonces. Al amanecer del segundo día se presentó Bachmayer [jefe de campo en Mauthausen], seguido de su séquito de verdugos y acompañado de cuatro de los perros lobos adiestrados para morder a los prisioneros. Fácil es imaginar lo que aquellos ocho malhechores pensarían al ver llegar a tales horas al jefe de campo y a “su equipo”. (Recuerdo que la víspera, al anochecer, paseándome por la plaza, me acerqué a unos metros de ellos y vi sus caras descompuestas y entumecidas por los golpes. Poco quedaba ya de aquel desprecio y odio con que nos miraban a los españoles, en 1940 y en 1941, cuando ellos nos martirizaban por orden de los SS. Pese a que conocía su instinto perverso y el mal que nos habían hecho confieso que aquella visión me resultaba tremendamente insoportable.)

Bachmayer los hizo formar, sacó a dos de ellos de las filas, los cuales fueron llevados al exterior del campo sin que nunca se supiese cuál fue su destino. Los perros aullaban ferozmente, pegando tirones para que los soltasen; los aullidos se propagaban  por el campo mezclados con los gritos estridentes de los SS. (Así nos despertaban muchas veces al despuntar el alba, dándonos escalofríos y anudándosenos la garganta.) Los SS comenzaron a apalear a los seis bandidos, enfureciendo a los perros con sus gritos y golpes. El capitán jefe dio orden a los seis prisionero de ponerse a correr hacia la barraca del lavadero, que se encontraba al otro lado de la plaza, al tiempo que hacía una señal para que soltaran los cuatro mastines que se lanzaron sobre los prisioneros antes de que éstos hubiesen dado las primeras zancadas, y el horrendo espectáculo dio comienzo. Uno tras otro fueron derribados por los perros, arrancándoles lamentos espantosos. Espectáculo atroz, digno de los circos romanos de la antigüedad, pero que, en pleno siglo XX, daba una idea de la barbarie increíble de los nazis. Los cristianos eran devorados o aplastados rápidamente por las fieras, mientras que los perros SS, como si también hubieran recibido un adiestramiento mental, prolongaban el suplicio horas y horas, como ocurrió aquella madrugada. Cuanto más intentaban escaparse de los colmillos de los canes, mayor era el encarnizamiento de las bestias. Poco a poco, pedazos de sus carnes eran arrancados, dejando ver heridas enormes por las que chorreaba la sangre que iba manchando el adoquinado de la plaza, y aquí y allá jirones de tela y de carne humana se esparcían por el suelo… Bachmayer había llegado a eso de las cuatro de la mañana y hasta las siete, viendo que se aproximaba la hora de marchar al trabajo, no dio orden de rematar a los que aún respiraban, tras hacer encadenar los perros.

(CONSTANTE, Mariano: Yo fui ordenanza de los SS, Pirineo, 2000, pag. 26-27)

Anuncios