YO FUI ORDENANZA DE LOS SS: LOS HORNOS DE MAUTHAUSEN

Posted on 17 marzo, 2012

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¿Cuántos cientos de nuestros compatriotas, faltos de todo, se habían ido debilitando, día a día, hasta convertirse en horripilantes espectros, cuyo último aleteo de vida se apagaría en aquel recinto? Me asaltaban entonces los recuerdos de lo visto tiempo atrás, cuando todavía disponía de fuerzas para transportar a mis compañeros asesinados a los hornos. Los montones de cadáveres, apilados unos sobre otros, como las reses en un matadero público, y un poco más allá al final del pasillo, el recinto donde estaban los hornos crematorios que no se apagaban nunca. Aquellos sótanos representaban para nosotros el máximo horror, nuestra eterna pesadilla. Sobre todo para quienes, como yo, habían tenido que penetrar en dicho lugar a limpiar y sacar las cenizas de nuestros muertos, que luego llevábamos en un carretón hasta el fondo del barranco, donde eran esparcidas levantando una impresionante nube de polvo gris que el viento empujaba hacia el exterior, como en un postrer deseo de que no permaneciesen entre las alambradas… Se me aparecía la visión de aquel sótano tal y como lo había visto una mañana de mayo de 1941 cuando, por vez primera, tuve que llevar un compañero muerto por los palos y la disentería, y que, movido por la curiosidad que me caracterizaba, me aventuré hasta el lugar donde estaban los hornos crematorios. Vi, ante mí, dos puertas de hierro que obturaban las bocas de los hornos, dos puertas que, a primera vista hacían pensar en las de cualquier horno para cocer el pan: a la del horno de Loarre que tantas veces había visto abrirse, par dar paso al pan dorado salido de su cálida bóveda. Hasta las palas de los hornos de pan tenían allí, en el crematorio, sus semejantes; pero en Mauthausen eran metálicas, acababan en forma de teja y sobre ellas se colocaban los cuerpos humanos. Tres de los prisioneros que allí trabajaban (delincuentes comunes), vigilados por un SS, abrieron las puertas y pude ver el terrorífico espectáculo: la colocación del cuerpo de mi compañero sobre la pala, que fue introducida en el horno. Tras una sacudida enérgica, el cuerpo cayó, quedando envuelto por las llamas de otros que ya se estaban consumiendo, y empezó a arder como una antorcha cubierta de resina. Retiró la pala el prisionero y las llamas aumentaron de volumen viniendo a lamer los bordes de aquella bocaza, como si buscasen nuevas presas fuera de su repelente nicho. Horrendo espectáculo que se acompañaba del insoportable olor de la carne humana quemada, hedor fétido, nauseabundo, que se pegaba a la nariz y a la garganta tenazmente, sin equivalente alguno, ya que ningún cuerpo animal despide semejante olor al quemarse…

(CONSTANTE, Mariano: Yo fui ordenanza de los SS, Pirineo, 2000, pag. 96-97)

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