SIN DESTINO: LA IMPORTANCIA DE TENER DIECISÉIS AÑOS

Posted on 4 abril, 2012

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Puedo asegurar que la espera no conduce a la alegría. Por lo menos ésa fue mi experiencia cuando por fin llegamos a nuestro destino. Es posible también que estuviera cansado, y el ansia por llegar me hiciese olvidar la idea: más bien me quedé apático. Recuerdo que me desperté sobresaltado, probablemente por el sonido agudo de las sirenas que aullaban fuera: la luz débil que entraba por la ventana anunciaba el alba del cuarto día. Me dolía un poco la parte inferior de la columna, a causa de las horas que llevaba en el suelo del vagón. (…)

Me preguntaron si veía el nombre de alguna localidad. Y sí, lo vi. Eran dos palabras que a la luz del sol se distinguían perfectamente; el cartel colgaba del lado más estrecho del edificio, debajo del techo, justo enfrente de nuestro vagón: “Auschwitz-Birkenau”, eso leí, estaba escrito con las típicas letras alemanas, altas y onduladas. (…) Delante de nosotros se veían fábricas, junto a otros edificios. Un minuto más tarde, los que estaban al lado de las ventanas nos comunicaron que estábamos pasando por debajo de un arco o portón, lo cual era evidente por el cambio de luz. Al cabo de otro minuto, el tren se detuvo, y entonces nos dijeron, muy excitados, que ahora podía verse una estación con soldados y con más gente. Muchos empezaron a recoger inmediatamente sus cosa, a abrocharse las camisas; las mujeres a peinarse, asearse como podían, ponerse guapas. Desde fuera se oían golpes, puertas que se abrían, ruidos de la gente que bajaba de los vagones; tuve que reconocerlo porque no había la menor duda: habíamos llegado a nuestro destino. Estaba contento, por supuesto que sí, pero sentía que mi alegría habría sido distinta si hubiéramos llegado la víspera o el día anterior. Luego, se oyó un golpe seco de algún instrumento que se accionaba en la puerta de nuestro vagón y alguien o más bien algunos descorrieron la enorme y pesada puerta.

Primero oí unas voces, en alemán u otro idioma similar; parecía que todos hablaran a la vez. Por lo que entendí querían que bajáramos. Sin embargo, eran ellos los que subían o eso me lo parecía, porque no había forma de ver nada. Se corrió la voz de que teníamos que dejar todas nuestras pertenencias. Más tarde, como nos explicaron, nos las devolverían pero desinfectadas y sólo después de la ducha que nos esperaba. “Ya era hora”, pensé.

Entonces, en medio de aquella masa humana, vi por primera vez a los hombres que se encontraban allí. Me sorprendió mucho, puesto que era la primera vez en mi vida que veía yo, por lo menos desde tan cerca, unos presos de verdad, con el típico uniforme a rayas de los delincuentes, el gorrito redondo y la cabeza afeitada. Mi primera reacción natural fue retroceder. Algunos de ellos respondían a las preguntas de la gente, otros examinaban el vagón y empezaban a desalojar el equipaje con la experiencia de mozos de carga profesionales y con una rapidez extraña, típica de zorros. Todos ellos llevaban en el pecho, al lado del número típico de los presos, un triángulo amarillo; aunque no tuve dificultades para descifrar el significado de aquel color, de repente tomé conciencia de que durante el viaje casi me había olvidado de ese asunto. Sus caras tampoco inspiraban mucha confianza: orejas separadas, narices aguileñas, ojos pequeños, hundidos y pícaros. Según todos los indicios, parecían judíos. A mí todos me parecieron sospechosos o, cuanto menos, extraños. Cuando nos vieron a nosotros, a los muchachos, su excitación fue evidente. Empezaron a susurrar frases rápidas, y entonces descubrí que los judíos no sólo teníamos el idioma hebreo, como yo había creído: “Reds di jiddish, reds di jiddish?” (¿Hablas yiddish?), preguntaron. Por nuestra parte sólo respondimos: “Nein” (No), lo que no les puso muy contentos. Entonces, lo comprendí fácilmente en alemán, querían saber cuántos años teníamos. Les dijimos: “Vierzehn, fünfzehn” (Catorce, quince), según el caso. Protestaron enseguida, gesticulando con manos y cabezas, moviendo todo el cuerpo: “Sechzain” (Dieciséis), nos susurraron por todas partes, “Sechzain”. Eso me sorprendió y les pregunté: “Warum?” (¿Por qué?). “Willst di arbeiten?” (¿Quieres trabajar?), preguntó uno de ellos, clavando su mirada vacía y cansada en mí. Le respondí: “Natürlich” (Naturalmente), para eso estaba allí. Después él me agarró del brazo con sus manos amarillentas, huesudas y duras, y me sacudió diciéndome: “SechzainVerstaist di?…. Sechzain!…” (Dieciséis… ¿Lo entiendes?… Dieciséis…). Al ver que estaba enojado y que le daba tanta importancia a la cuestión, nos pusimos de acuerdo entre los muchachos, y entre bromas le prometí: “Bueno, pues tengo dieciséis años” Y que no hubiera entre nosotros –dijeran lo que dijeran, no tendría nada que ver con la realidad- hermanos, y menos –qué raro- gemelos o mellizos, y sobre todo: “Jeder arbeiten, nit ka mide, nit ka krenk” (Todos trabajan. No hay que cansarse, no hay que enfermarse). Eso pude oír en los escasos dos minutos que por entre el tumulto me costó llegar desde mi sitio a la puerta, donde por fin di un salto fuera, al sol, al aire libre.

Lo primero que apareció ante mí fue un inmenso terreno llano. Por unos instantes no pude ver nada, porque tanta luminosidad y tanto brillo blanquecino del cielo y de la tierra herían mis ojos. Pero no tuve tiempo para contemplaciones; a mi alrededor todos iban y venían, no dejaban de hablar, de preguntar, de tratar de poner orden. Las mujeres –se decía- tenían que separarse de nosotros, puesto que no nos podíamos duchar todos juntos. Los viejos, los enfermos, los niños pequeños con sus madres y los que estaban agotados por el viaje irían en camiones que los estaban esperando. Todo eso nos lo comunicaron otros presos que había en todas partes.

(KERTÉZS, Imre, Sin destino, Acantilado, pags.79 a 84)

PREGUNTAS:

  1. ¿Son conscientes los judíos del transporte de qué tipo de campo es Auschwitz?
  2. ¿Qué va a ocurrir con las pertenencias de los judíos del transporte?
  3. ¿Qué es el yiddish?
  4. ¿Por qué es tan importante la edad? ¿Por qué no dan toda la explicación los presos judíos a los recién llegados?
  5. ¿Cómo consiguen los alemanes separar a las familias sin que haya conflictos?
  6. ¿Qué va a ocurrir con las mujeres con niños, ancianos, enfermos, etc que montan en los camiones?

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