SIN DESTINO: TÉCNICAS DE SUPERVIVENCIA

Posted on 12 abril, 2012

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Desde el primer día, sólo me importaba saber una cosa: cuándo podía escabullirme del trabajo, cuándo podía robar unos minutos de descanso, cómo cargar menos la pala, la laya, la horca, y puedo afirmar que he aprendido todos los trucos, todas las mañas, las he asimilado y las he puesto en práctica en todos los trabajos que tuve que ejecutar. Al fin y al cabo ¿quién se beneficiaba?, como había preguntado en una ocasión el Experto. Estoy seguro de que allí había algún fallo, algún problema, algún obstáculo, algún fracaso. Cualquier palabra de reconocimiento, cualquier señal, por pequeña que fuera, nos hubiera sido más útil, por lo menos a mí. Porque, a fin de cuentas, personalmente, ¿qué teníamos los unos contra los otros? El sentimiento de vanidad permanece aun entre los presos, y ¿quién no anhela un poco de comprensión y de buena voluntad? ¿Acaso no se llega más lejos con eso? En el fondo, estas experiencias tampoco han cambiado mi opinión. El tren avanzaba y si miraba hacia delante, divisaba a lo lejos la meta; en los primeros tiempos –los tiempos dorados como los llamamos más tarde con Bandi Citrom –Zeitz parecía un lugar bastante tolerable (siempre que se tuviera un buen comportamiento y buena suerte), por los menos en aquellos momentos transitorios, hasta que el futuro nos trajera otra cosa, claro. Dos veces a la semana tocaba medio pan, tres veces un tercio, y sólo dos veces un cuarto. Zulage también, muy a menudo. Una vez a la semana, patatas cocidas (seis patatas que te echaban en el gorro: claro, sin Zulage, puesto que eso hubiera sido ya una exageración), y una vez, sopa de leche.

[…] Los cambios empezaron más tarde; primero fueron las raciones. Desaparecieron las de medio pan, como si nunca hubiesen existido, y llegaron las de un tercio y un cuarto, muchas veces sin Zulage. El tren también empezó a avanzar más lentamente y, al final, se paró. Yo trataba de mirar hacia delante pero sólo veía el día siguiente, y éste era como el anterior, exactamente igual, en caso –por supuesto- de que siguiera acompañándonos la suerte. Ya no tenía ganas ni fuerzas para nada; cada día me levantaba más cansado; cada día que pasaba soportaba peor el hambre; me movía con más y más dificultad; todo se me volvía una carga, incluso yo mismo. Ya no siempre éramos buenos presos y sentíamos las consecuencias por parte de los soldados y de los que ostentaban algún cargo entre nosotros, sobre todo el Lagerältester (encargado del campo).

(KERTÉSZ, Imre: Sin destino, Acantilado, pags. 148-153)

PREGUNTAS:

  1. ¿Qué es lo que se debía aprender para sobrevivir en un campo de concentración?
  2. ¿Por qué la vida en el campo de Zeitz no le parece tan dura al protagonista? ¿En comparación a qué esta realizando esa valoración?
  3. En los primeros tiempos, ¿su actitud es pesimista u optimista? ¿Cómo evoluciona la personalidad  y actitud del protagonista según pasa el tiempo? ¿Por qué?

 

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