SIN DESTINO: IMPORTANCIA DEL CALZADO

Posted on 16 abril, 2012

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También estaban los zapatos.

Los zapatos eran causantes, por lo menos para mí, de muchos disgustos. Por lo general, era imposible estar muy contento con las prendas de vestir que nos habían asignado en el campo de concentración: eran poco funcionales y tenían muchos defectos, con lo cual se transformaban en fuentes de disgusto o simplemente eran inútiles. Por ejemplo, con las lluvias finas y grises, tipo calabobos –que eran constantes durante el cambio de estación-, los trajes de lienzo se transformaban en rígidos tubos, cuyo contacto húmedo nuestra piel trataba en balde de evitar. No servían los capotes para la lluvia –que distribuyeron enseguida-, pues sólo eran otra capa húmeda más, otro engorro; tampoco me parecía una solución envolverse en el papel áspero de los sacos de cemento robados, como muchos hacían, entre otros Bandi Citrom, desafiando todo riesgo, puesto que ese tipo de delitos se descubría enseguida: bastaba con un golpe de palo en la espalda o en el pecho y el ruido resquebrajado del papel te delataba. Y cuando ya no producía es ruido seco, entonces la nueva capa, mojada y desagradable, ni siquiera se podía quitar sin esconderse.

Lo más desagradable eran los zapatos de madera. Todo empezó, en realidad, con el barro. Mi experiencia con él era suficiente. Por supuesto, en mi vida previa había visto y pisoteado barro, pero nunca había imaginado que este pudiera convertirse en nuestra mayor preocupación, en el asunto principal de nuestras vidas. No podía saber lo que significaba hundirme en el barro hasta la pantorrilla, sacar el pie con todo el esfuerzo del que fuera capaz, con un movimiento definitivo, rápido, produciendo un ruido de chapoteo, sólo para hundirme en él otra vez, unos veinte o treinta centímetros más adelante. No lo sabía, no estaba preparado para ello, aunque tampoco me hubiera servido de mucho estar preparado. Por otra parte, a los zapatos de madera, con el tiempo, se les rompían los tacones. Entonces caminábamos sobre una suela gorda y redondeada –que de repente se hacía más fina y adquiría una forma de góndola-, balanceándonos a la manera de unos muñecos tentetiesos. La suela fina que quedaba tras romperse el tacón se agrietaba pronto y, a cada paso, entraba por las grietas una mezcla de barro frío, minúsculos guijarros y otro tipo de sedimentos con partículas cortantes. También el forro de los zapatos se desprendía de la madera, rozándonos el tobillo, abriendo heridas por todas partes. Estas heridas –por su naturaleza- desprendían un líquido pegajoso y, así, al cabo de un tiempo, era ya imposible librarse de los zapatos, que ya no se podían quitar, se pegaban, se adherían al cuerpo, formando otro miembro más. Yo llevaba puestos los zapatos todo el día, y tampoco me los quitaba para acostarme, entre otras cosas para no perder tiempo cuando tuviera que levantarme saltando de mi cama, dos, tres y hasta cuatro veces cada noche.

(KERTÉSZ, Imre: Sin destino, Acantilado, pags. 168-170)

PREGUNTAS:

  1. ¿Qué problemas generaban los zapatos y en general la vestimenta en la época de lluvias?
  2. Esas dificultades, ¿eran sólo un problema de incomodidad o podían tener consecuencias más graves?
  3. ¿Por qué debía saltar de su cama hasta cuatro veces en una noche? ¿A qué era debido ese problema?
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