COMANDANTE DE AUSCHWITZ: PRISIONEROS SOVIÉTICOS Y EXPERIMENTOS CON GAS

Posted on 12 mayo, 2012

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Antes de que empezara el exterminio masivo de judíos, en casi todos los campos de concentración se procedería, entre 1941 y 1942, a la liquidación de los instructores políticos y los comisarios políticos soviéticos.

Conforme a una orden secreta del Führer, comandos especiales de la Gestapo fueron encargados de rastrear a esos instructores y comisarios  en todos los campos de prisioneros de guerra para trasladarlos a los campos de concentración más próximos, donde serían “liquidados”.  Para justificar la adopción de esta medida, nos contaron que los rusos también mataban a todos los soldados alemanes miembros del partido nacionalsocialista o afiliados a alguna de sus organizaciones, especialmente los miembros de las SS. Asimismo, se nos dijo que los funcionarios políticos del ejército Rojo tenían la misión, en caso de caer prisioneros, de sembrar el caos en los campos y talleres y sabotear el trabajo siempre que pudieran.

Así, Auschwitz recibió su lote de funcionarios políticos del Ejército Rojo destinados a ser liquidados. Los que se encontraban en los primeros convoyes, relativamente poco importantes, fueron ejecutados por pelotones de fusilamiento.

Durante uno de mis viajes, mi suplente, el Schutzhaftlagerführer Fritzsch usó gas para matarlos. En esa ocasión empleó un preparado de cianuro (Cyclon B) que tenía a mano porque en el campo de concentración se utilizaba como insecticida. Me informó de esto a mi regreso; para el convoy siguiente se uso de nuevo el mismo gas.

Se mataba a los prisioneros con gas en las celdas del bloque 11. Yo asistí a la escena, protegido con una máscara antigás. El hacinamiento en las celdas era tal que las víctimas morían apenas entraba el Cyclon B. Un breve grito, casi ahogado, y todo había terminado. Quizá me había impresionado demasiado ese primer espectáculo de matanza con gas para tomar clara conciencia  de lo que veía; por el contrario, recuerdo con mayor precisión la manera en que, poco después, 900 rusos fueron exterminados con gas letal. Como utilizar el bloque 11 requería preparativos demasiado complicados, los llevaban al viejo crematorio de Auschwitz. Mientras los rusos eran descargados de los camiones, se practicaron varios agujeros en el techo de tierra y hormigón del mortuorio. Los hombres se desnudaron en una antecámara y franquearon tranquilamente el umbral: se les había dicho que los iban a despiojar. Cuando por fin todo el convoy estuvo reunido en el mortuorio, las puertas se cerraron y el gas empezó a salir por los agujeros practicados en el techo. No sé cuánto tiempo duraría esa ejecución. Durante un buen rato se siguieron oyendo las voces de las víctimas. Lo que al principio eran gritos aislados, a la voz de “¡Gas!”, después se convirtieron en una alarido general. Todos se precipitaron hacia las dos puertas, pero éstas no cedieron a la presión. Se abrieron al cabo de unas horas, y fue entonces cuando vi por primera vez los cuerpos amontonados de los muertos.

Me invadió una sensación de terror y malestar. No obstante, siempre me había imaginado que el uso del gas letal entrañaba sufrimientos mayores que los causados por la asfixia, y ninguno de esos cadáveres revelaba la menor crispación. El médico me explicó que el cianuro ejerce una influencia paralizante en los pulmones, tan rápida y poderosa que no provoca fenómenos de asfixia semejante a los producidos por monóxido de carbono o ausencia total de oxígeno.

Por aquel entonces, el exterminio de prisioneros de guerra rusos o me preocupó de manera especial: se había dado una orden y yo debía ejecutarla. Pero debo confesar, con toda franqueza, que el espectáculo que acababa de presenciar había causado en mí una impresión más bien tranquilizadora. Cuando nos enteramos de que pronto se procedería al exterminio masivo de los judíos, ni yo ni Eichmann estábamos informados sobre los métodos que se emplearían; sólo sabíamos que sería gas, pero no qué gas ni cómo se utilizaría. Ahora teníamos el gas y habíamos encontrado la manera de usarlo. Pensando en mujeres y niños, siempre imaginaba con horror los fusilamientos que se producirían. Estaba cansado de las ejecuciones de rehenes y diversos grupos de detenidos, ordenadas por Himmler  o algún dirigente de la administración policial. Sin embargo, estaba tranquilo: ya no asistiríamos a esos “baños de sangre”, y a las víctimas se les ahorraría la angustia hasta el último momento. Eso era lo que más me inquietaba al pensar en las descripciones que Eichmann me había hecho de las matanzas de judíos a manos de los “comandos operacionales”, armados con ametralladoras y carabinas automáticas. En esas ocasiones se habían producido escenas espantosas: heridos que trataban de huir mientras se remataba a otros, sobre todo mujeres y niños; soldados del comando, incapaces de soportar esos horrores, que se suicidan o enloquecían, cuando la mayoría se alcoholizaba para olvidar su espantosa  faena. Según Höfle, los hombres de los destacamentos que efectuaban operaciones de exterminio bajo las órdenes de Globocnik consumían increíbles cantidades de alcohol.

(HÖSS, Rudolf: Yo, comandante de Auschwitz, Ediciones B, pag. 139-142).

PREGUNTAS:

  1. ¿Con qué grupo de prisioneros se comenzó a practicar el exterminio masivo en los campos de concentración?
  2. De nuevo Höss trata de evitar asumir cualquier responsabilidad, apareciendo en todo momento como un mero subordinado que obedece órdenes, o que tiene que hacer frente a situaciones ya consolidadas. ¿De dónde proceden las órdenes para ejecutar a los prisioneros? ¿En quién hace recaer la responsabilidad sobre la experimentación con gas para llevar a cabo esas órdenes?
  3. ¿Por qué dice Höss que se “sentía tranquilo”? Sin embargo, al final del párrafo nos da información sobre cuál podía ser realmente uno de los motivos de esa tranquilidad. Explícalo.
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