COMANDANTE DE AUSCHWITZ: EVACUACIÓN HACIA GROSS-ROSEN

Posted on 22 mayo, 2012

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He evocado en muchas ocasiones la insana evacuación de un campo de concentración.

Jamás olvidaré los espectáculos que presencié cuando fue aplicada la orden de evacuación.

Como ya no recibía ningún informe del Sturmbannführer Baer, encargado de la evacuación de Auschwitz, Pohl me había enviado ala Silesia para ver qué pasaba allí.

Encontré a Baer en Gross-Rosen, donde trataba de organizar las llegadas. Le pregunté dónde estaba su campo, pero él no lo sabía con certeza. El primitivo plan de evacuación quedaba contrarrestado por el avance de los rusos hacia el sur. Retomé la ruta para tratar de llegar a Auschwitz y comprobar con mis propios ojos si había sido destruido, según las órdenes impartidas, todo lo que había allí de importante. Pero me vi obligado a detenerme a orillas del Oder, cerca de Ratibor: los carros de asalto rusos ya estaban patrullando el otro lado del río.

Al oeste del Oder, en todos los caminos y senderos, me había encontrado con columnas de reclusos que avanzaban penosamente sobre la espesa nieve. No había provisiones para ellos. Los Unterführer que dirigían eso convoyes  de cadáveres vivientes ignoraban, en la mayoría de los casos, adónde debían llevarlos. Todo lo que sabían es que Gross-Rosen era la última etapa; cómo llegar  hasta allí lo consideraban todo un misterio. Por propia decisión, requisaban los víveres en las aldeas que atravesaban, donde aprovechaban para concederse unas horas de reposo y seguían viaje. No se podía pasar la noche en granjas o escuelas, pues todos esos locales habitables estaban repletos de refugiados. No costaba seguir los rastros de ese “calvario”, porque a cada cien metros se encontraba un detenido muerto de agotamiento o fusilado. A todos los convoyes que alcanzaba les indicaba la ruta del oeste, hacia el país de los Sudetes, para que evitaran el enorme atasco que se había formado cerca de Neisse. De la manera más severa posible, impedía que los jefes de los convoyes mataran a los reclusos incapaces de proseguir la marcha: tenían orden de enviarlos al Volkssturm (milicia popular de las aldeas). Desde la primera noche vi en el camino, cerca de Leobschütz, todo un pelotón de reclusos fusilados. Su sangre manaba todavía; era evidente que acababan de ser ejecutados. (…)

(…) Muchos hombres morían de frío; no había abastecimiento para ellos. Grupos de reclusos avanzaban lentamente hacia el oeste, sin ninguna escolta: habían sido liberados, y sus vigilantes, desaparecido. Me crucé con cuadrillas de prisioneros ingleses a quienes nadie  acompañaba y que no querían caer en manos de los rusos. Soldados de las SS se subían a camiones  que transportaban refugiados; funcionarios encargados de la construcción o la agricultura caminaban formando convoyes enteros. Pero nadie sabía adónde llevaba el camino: sólo conocían el nombre de Gross-Rosen, que les había sido asignado como destino. El campo estaba cubierto de nieve y el frío era intenso. Las rutas estaban congestionadas de columnas de la Wehrmacht y convoyes de prisioneros; abundaban los accidentes de tráfico en las resbaladizas carreteras.

(…)

En Gross-Rosen el hacinamiento era total, pero Schmauser había ordenado prepararse para la evacuación. Partí de inmediato hacia Breslau, con la idea de reunirme con él y a transmitirle mis impresiones, recomendándole no abandonar Gross-Rosen. Entonces me mostró una orden de Himmler, enviada por radio, mediante la cual lo hacía responsable de la evacuación de todos los prisioneros aptos de los campos de su distrito.

Los convoyes que llegaban a la estación de Gross-Rosen eran alejados de inmediato. Pero no había alimentos para todos: ya no quedaba nada.

En los camiones descubiertos, los soldados de las SS descansaban tranquilamente, echados entre los cuerpos de los reclusos. Los supervivientes se sentaban encima de los cadáveres y masticaban un mendrugo de pan. Era un espectáculo horrible, que habría podido evitarse.

Más adelante, asistí a la evacuación de Sachsenhausen y Ravensbrück. Se repetían las mismas escenas. Por suerte hacía menos frío y el tiempo era más seco; las columnas de reclusos podían acampar de noche al aire libre. Pero, al cabo de dos o tres días, se habían terminado las vituallas. La Cruz Roja hacía lo posible por ayudar y distribuir víveres. Ya poco quedaba en los pueblos, cruzados durante semanas por columnas de refugiados. A todo esto venía a agregarse, en todos los caminos, la amenaza permanente de los bombardeos en picado.

(HÖSS, Rudolf: Yo, comandante de Auschwitz, Ediciones B, pag. 164-167)

PREGUNTAS:

  1. ¿Por qué motivo se evacuan los campos de concentración?
  2. ¿Qué peligros y amenazas contra su vida tenían que afrontar los reclusos que eran trasladados de un campo a otro en estas circunstancias del final de la guerra? ¿Quién era el causante de cada una de estas amenazas?
  3. ¿Por qué hace mejor tiempo en la evacuación de Sachsenhausen y Ravensbrück?
  4. Averigua qué papel tuvo la Cruz Roja en la supervisión de los campos de concentración nazis. ¿Pudieron ayudar a esos presos? ¿Y en los campos de prisioneros de guerra? ¿A qué se debían las diferencias?
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