COMANDANTE DE AUSCHWITZ: EVASIONES

Posted on 25 mayo, 2012

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Las evasiones eran relativamente más numerosas en Sachsenhausen que en Dachau; sobre todo, eran organizadas y ejecutadas con más prudencia y meticulosidad.

Una evasión en Dachau sorprendía a todo el campo. Sin embargo, en Sachsenhausen, no lejos de la residencia de Eicke, la evasión adquiría un carácter de acontecimiento extraordinario. Si estaba en casa, en Oranienburgo, Eicke acudía al campo en cuanto oía la sirena. Quería conocer en el acto los menores detalles de la evasión y establecer la responsabilidad de los culpables de distracción o negligencia. Cuando había indicios probatorios de que el evadido se hallaba aún en las cercanías, se establecía y se mantenía durante varios días una cadena de centinelas sobre una vasta extensión en torno al campo de concentración. Noche y día se practicaban búsquedas y registros; el comandante, el jefe de la guardia del campo y los oficiales de servicio no se daban ni un respiro. Eicke sostenía que ninguna evasión podía tener éxito. En la mayoría de los casos, con la ayuda de los centinelas, se llegaba, en efecto, a apresar al evadido en su escondrijo o en el refugio que él mismo se había excavado. Pero ¡menuda tensión en el campo! Los reclusos debían permanecer de pie hasta el primer relevo de centinelas, a veces durante dieciséis o veinte horas seguidas. Mientras proseguían las búsquedas, estaba prohibido hacerles trabajar. Sólo se mantenían las actividades esenciales para la subsistencia del campo. Cuando el fugitivo lograba salvar la cadena de centinelas o cuando había huido de un comando que trabajaba fuera, se ponía en marcha un inmenso aparato de captura. Todos los SS y todos los policías disponibles de los alrededores debían participar en esa tarea. Se vigilaban los ferrocarriles y las rutas. Gendarmes motorizados, dirigidos por radio, recorrían caminos y senderos. Había centinelas en los puentes de todos los cursos de agua, muy numerosos en los alrededores de Oranienburgo. Se avisaba a los habitantes de granjas aisladas, la mayoría de los cuales ya habían sido puestos al corriente por los aullidos de la sirena. Por otra parte, sabían que la mayoría de los reclusos eran profesionales del crimen y tenían buenas razones para temerlos. Si descubrían sus huellas, avisaban a las patrullas o a la administración del campo. Así, con la ayuda de la población, fue como se logró atrapar a algunos fugitivos. Cuando uno de éstos era hallado, lo hacían desfilar ante todos los reclusos formados en fila (y, a ser posible, con la presencia de Eicke), sosteniendo un cartel que decía: “He vuelto.” Al mismo tiempo debía hacer sonar un gran tambor. Terminado el desfile, le aplicaban veinticinco garrotazos y luego lo enviaban a la compañía disciplinaria. El SS que lo había hallado o atrapado era citado en la orden del día y gozaba de una licencia especial. Los policías o civiles que habían colaborado en la captura recibían un regalo en especie. Cuando un SS impedía una fuga por su actitud circunspecta y atenta, Eicke le concedía una licencia y un ascenso. Aquellos que, por el contrario, habían facilitado la fuga, auque fuera debido a una pequeña negligencia, sufrían las sanciones más severas. Los malos tratos eran aún más graves en el caso de reclusos cómplices de la evasión.

(HÖSS, Rudolf: Yo, comandante de Auschwitz, Ediciones B, pag. 91-92)

PREGUNTAS:

  1. ¿Con qué dificultades debían enfrentarse los presos que pretendían fugarse?
  2. ¿Cuáles eran los motivos por los que la población colaboraría en la detención de los presos fugados?
  3. ¿Por  qué crees que tenían tanto interés las autoridades del campo en capturar a los fugitivos, implicando gran cantidad de medios y recursos en lograrlo?
  4. Aunque Höss no lo dice expresamente, pero ¿qué ocurría finalmente con los presos capturados?
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