DOCTORES DEL INFIERNO: TESTIMONIO DE KURT GERSTEIN

Posted on 8 junio, 2012

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Me impresionó y me afectó mucho enterarme de las masacres de idiotas y locos en Grafeneck, Hadamar, etcétera, porque había un caso en mi familia. Sólo deseaba una cosa: ver desde dentro cómo funcionaba aquella maquinaria y luego gritárselo al mundo entero. Con la ayuda de dos cartas de recomendación escritas por los dos empleados de la Gestapo que se ocuparon de mi caso, no me fue difícil ingresar en las Waffen SS, (…)

En enero de 1942 me nombraron jefe de la rama técnica que se encargaba de los gases tóxicos fuertes para desinfección. El 8 de junio de 1942 entró en mi oficina el SturmbannführerSS Guenther, de la RSHA. Iba de paisano y no lo conocía. Me ordenó recoger cien kilos de ácido cianhídrico y acompañarlo a un lugar que sólo conocía el conductor del camión. Fuimos a la fábrica de potasio que había cerca de Collin (Praga). Después de cargar el camión, salimos hacia Lublin (Polonia). Iba con nosotros el profesor Pfannestiel, profesor de higiene de la Universidad de Marburgo del Lahn. En Lublin nos recibió el Gruppenführer-SS Globocnik. Nos dijo: “Éste es uno de los asuntos más secretos que hay, puede incluso que el más secreto de todos. Al que hable de esto le fusilarán en el acto. Ayer mismo murieron dos que se habían ido de la lengua”. Entonces nos explicó que, en aquel momento (el 17 de agosto de 1942), había cuatro instalaciones: 1) Belzec, en la carretera entre Lublin y Lvov, en el sector de la línea de demarcación rusa. Quince mil personas diarias, como máximo. Ésa la vi. 2) Sobiber, no sé exactamente dónde estaba. No la vi. Veinte mil personas diarias. 3) Treblinka, 120 kilómetros al nornoreste de Varsovia. Veinticinco mil personas diarias. La vi. 4) Maidanek, cerca de Lublin. La vi cuando todavía estaban preparándola.

Globocnik dijo luego: “Van a tener que ocuparse de la esterilización de gran cantidad de ropa, diez o veinte veces más que la colecta de ropa y textiles, que sólo se ha organizado para ocultar el origen de esa ropa judía, polaca y checa, y de otra ropa. También tendrán que cambiar el método de nuestras cámaras de gas (que ahora mismo funcionan con el humo de un motor Diesel viejo) usando un material más tóxico, que tenga un efecto más rápido:  ácido cianhídrico. Pero el Führer y Himmler, que estuvieron aquí el 15 de agosto, hace dos días, ordenaron que acompañara personalmente a todos los que tuvieran que ver las instalaciones”.

Entonces el profesor Pfannestiel preguntó: “¿Qué dice el Führer?”. Globocnik, que era jefe de las SS y de la policía entre la costa del Adriático y Trieste [sic], contestó: “Que nos demos prisa. Que hay que completar el programa”. Y entonces el doctor Herbert Linden, jefe de negociado en el Ministerio del Interior, dijo “Pero ¿no sería mejor quemar los cuerpos, en lugar de enterrarlos? Puede que las generaciones futuras no piensen lo mismo sobre estas cosas”. Globocnik contestó: “Pero, señores, si después de nosotros surge una generación tan cobarde y podrida que no entienda nuestra labor, que es tan buena y necesaria, entonces, señores, todo el Nacionalsocialismo no habrá servido para nada. Al contrario, deberían poner placas de bronce en las que diga que fuimos nosotros, nosotros, los que tuvimos el valor de llevara cabo esta gigantesca tarea. Y Hitler dijo: “Sí, mi buen Globocnik, así se habla, soy de la misma opinión”.

Al día siguiente partimos hacia Belzec, un puesto especial no muy grande, con dos andenes, pegado a un cerro de arena amarillenta, justo al norte de la carretera y el ferrocarril entre Lublin y Lvov. Al sur, cerca de la carretera, había unas casas con un letrero que decía “Belzec, Centro de Servicios de las Waffen SS”. Globocnik me presentó al HauptsturmführerSS Obermeyer, de Pirmasens, que me enseñó las instalaciones de muy mala gana. Ese día no vi ningún muerto, pero el olor de toda la zona, incluso desde la carretera principal, era pestilente. Junto al pequeño puesto había un barracón grande con el letrero “Guardarropa”, y una puerta en la que decía “Objetos de valor”. Al lado había una sala con un centenar de sillones de peluquero. Luego había un corredor de 150 metros de largo, al aire libre y con alambre de espino a ambos lados. Había una señal que decía “A los baños y las inhalaciones”. Vimos delante de nosotros una casa, parecida a una casa de baños, con artesas de madera a derecha e izquierda llenas de geranios u otras flores. Después de subir un tramo corto de escalera, vimos a cada lado tres salas parecidas a garajes, de cuatro metros por cinco y un metro noventa de alto. Al fondo había unas puertas de madera invisibles. En el techo había una estrella de David de cobre. A la entrada del edificio figura la inscripción “Fundación Heckenholt”. Eso fue lo único que vi esa tarde.

A la mañana siguiente, unos minutos antes de las siete, me informaron de que dentro de diez minutos llegaría el primer tren. Y, en efecto, unos minutos después llegó el primer tren de Lemberg (Lvov): cuarenta y cinco vagones en los que iban 6.700 personas, 1.450 de las cuales llegaron muertas. Detrás de las aberturas cubiertas con alambre de espino había niños, amarillentos y medio muertos de miedo, mujeres y hombres. El tren se detuvo. Doscientos ucranianos, obligados a hacer aquel trabajo, abrieron las puertas y sacaron a toda aquella gente de los vagones con látigos de cuero. Luego, a través de un enorme altavoz, se les ordenó desvestirse completamente y entregar las dentaduras postizas y las gafas. A algunos, en los barracones, a otros al aire libre. Los zapatos había que atarlos juntos con un trocito de cuerda que iba repartiendo un niñito judío de cuatro años; todo el dinero y los objetos de valor debían entregarse en la ventanilla con el letrero “Objetos de valor”, sin recibo. Después, a las mujeres y las niñas las llevaron al peluquero, que les cortaba el pelo de un tijeretazo o dos; luego, el pelo desaparecía en enormes sacos de patatas “para usarlo en la confección de equipamiento para submarinos, felpudos, etcétera”, según me dijo el Unterscharführer-SS que estaba de guardia.

Entonces empezó la marcha. A derecha e izquierda, alambre de espino; detrás, una veintena de ucranianos armados. Se acercaron conducidos por una chica guapísima. Yo estaba justo delante de las cámaras de la muerte, con el capitán de policía Wirth. Fueron pasando completamente desnudos, hombres, mujeres, muchachas, niños pequeños, bebés, hasta personas con una sola pierna, todos desnudos. En un rincón, un tipo corpulento, de las SS, decía a aquellos pobres diablos con voz fuerte y grave: “No va a pasaros nada. Lo único que tenéis que hacer es respirar hondo; fortalece los pulmones. Esta inhalación es una medida necesaria contra enfermedades contagiosas. ¡Es un desinfectante buenísimo!”. Cuando le preguntaron qué iba a ser de ellos, respondió: “Bueno, los hombres tendrán que trabajar, claro, construyendo carreteras y casas. Pero las mujeres no. Si quieren, pueden ayudar en la casa o en la cocina”. De nuevo un poquito de esperanza para algunas de aquella pobre gente, lo justo para hacerles marchar sin resistencia hacia las cámaras de la muerte.

La mayoría de ellos, sin embargo, sabían lo que iba a pasar; el olor les había dado un claro indicio de su destino. Y entonces subían la corta escalera, y veían la siguiente estampa: madres con bebés al pecho, desnudas, montones de niños de todas las edades, también desnudos; vacilaban, pero entraban en las cámaras de gas, la mayoría sin decir palabra, empujados por los que venían detrás, acuciados por los látigos de los hombres de las SS. Una judía de unos cuarenta años, con ojos como antorchas, maldijo a sus asesinos haciendo recaer sobre ellos la sangre de sus hijos. Cinco latigazos en la cara, propinados por el capitán de policía Wirth la metieron en la cámara de gas. Muchos rezaban; otros preguntaban: “¿Quién nos va a dar agua para morir?”. Dentro de las cámaras, los SS empujaban a la gente; el capitán Wirth había ordenado “Apretadlos bien”. Hombres desnudos pisándose los unos a los otros. Entre setecientas y ochocientas personas hacinadas en veinticinco metros cuadrados, en cuarenta y cinco metros cúbicos. Las puertas se cerraron.

Entre tanto, el resto del convoy esperaba, todos desnudos. Alguien me dijo: “¡Desnudos en invierno! Con eso basta para matarlos”. La respuesta fue: “Bueno, para eso están aquí”. Y en ese momento descubrí por qué aquello se llamaba Fundación Heckenholt. Heckenholt era el hombre que manejaba el motor Diesel, cuyas emanaciones iban a matar a aquellos pobres diablos. El UnterscharführerSS Heckenholt intentó poner en marcha el motor, pero no arrancaba. El capitán Wirth fue a ver qué pasaba. Saltaba a la vista que estaba preocupado porque yo fuera testigo de aquella avería. Sí, en efecto, lo vi todo y esperé. Mi cronómetro lo registraba todo. Cincuenta minutos, setenta minutos, y el motor no arrancaba. La gente esperaba en las cámaras de gas, en vano. Se les oía gritar. “Igual que en una sinagoga”, dijo el SturmbannführerSS profesor Pfannestiel, profesor de Salud Pública en la Universidad de Marburgo del Lahn, acercando el oído a la puerta de madera. El capitán Wirth, furioso, dio al ucraniano que estaba ayudando a Heckenholt once o doce latigazos con la fusta en la cara. Después de dos horas y cuarenta y nueve minutos, según mi cronómetro, el motor Diesel se puso en marcha. En ese momento, la gente de las cuatro cámaras ya llenas estaba todavía viva: cuatro veces 750 personas en cuatro veces cuarenta y cinco metros cúbicos. Pasaron otros veinticinco minutos. Para entonces mucha gente ya había muerto, es cierto. Pude verlo por la ventanilla en un momento en que la lámpara eléctrica iluminó el interior de la cámara. Pasados veintiocho minutos, sólo unos pocos estaban vivos. Pasados treinta y dos, estaban todos muertos.

Unos trabajadores judíos abrieron las puertas de madera del otro lado. A cambio de su espantoso trabajo, se les había prometido la libertad y un pequeño porcentaje de los objetos de valor y el dinero recogido. Los muertos estaban todavía de pie, como estatuas de piedra. No había sitio para que cayeran al suelo o se doblaran. A pesar de estar muertos, todavía se reconocía a las familias; estaban cogidos de la mano. Costaba separarlos para limpiar la carga para el siguiente cargamento. Los cuerpos que sacaban estaban azules, mojados de sudor y de orina, con las piernas cubiertas de excrementos y sangre menstrual. En todas partes, entre los demás, había cadáveres de niños y bebés.

Pero no había tiempo. Una veintena de trabajadores se atareaba inspeccionando las bocas, abriéndolas con ganchos de hierro. “¡Con oro a la izquierda, sin oro a la derecha!”. Otros comprobaban el ano y los genitales en busca de dinero, diamantes, oro, etcétera. Dentistas provistos de formones arrancaban dientes de oro, puentes o fundas.

En el centro de todo aquello estaba el capitán Wirth. Allí se sentía como pez en el agua. Me largó una lata grande llena de dientes y dijo: “Vea usted mismo lo que pesa el oro. ¡Y esto sólo de ayer y de antesdeayer! No se creería lo que encontramos aquí todos los días. ¡Dólares, diamantes, oro! ¡Pero véalo usted mismo!”.

Me condujo entonces a ver a un joyero que estaba a cargo de todos aquellos objetos valiosos. Después de aquello, me llevaron a ver a uno de los gerentes de los grandes almacenes Kaufhaus des Westens, en Berlín, y a un hombrecillo al que hicieron tocar el violín. Eran los jefes de las cuadrillas de trabajadores judíos. “Es capitán del Real Ejército Austriaco, y tiene la Cruz de Hierro alemana de primera clase”, me dijo el Hauptsturmbannführer Obermeyer.

Los cuerpos los arrojaban a grandes zanjas de unos 100 x 20 x 12 metros, cerca de las cámaras de gas. Después de unos días, los cuerpos se hinchaban y el contenido de la zanja subía dos o tres metros debido a los gases que se acumulaban en los cadáveres. Pasados unos días más, la hinchazón cesaba y los cuerpos volvían a hundirse. Al día siguiente, volvían a llenar las zanjas y las tapaban con diez centímetros de arena. Tengo entendido que poco después construyeron parrillas con raíles y empezaron a quemar los cuerpos allí con gasoil y gasolina, para hacerlos desaparecer.

En Belzec y Treblinka nadie se molestaba en llevar la cuenta aproximada de las personas asesinadas. En realidad no sólo murieron judíos, sino también muchos polacos y checos, a los que los nazis consideraban de mala casta. La mayoría murieron anónimamente.

Grupos de presuntos doctores (en realidad, jóvenes de las SS vestidos con bata blanca) cruzaban en cochazos las ciudades y los pueblos de Polonia y Checoslovaquia, seleccionaban a los ancianos, a los tuberculosos y los enfermos y poco después los hacían eliminar en las cámaras de gas. Eran los polacos y checos de la categoría número 3, que no merecían vivir por ser incapaces de trabajar.

El capitán Wirth me dijo que no propusiera otro tipo de cámara de gas en Berlín, sino que lo dejara todo como estaba. Mentí (como hice en todos los demás casos) y le dije que el ácido cianhídrico se había deteriorado por el camino y se había vuelto peligroso, y que por tanto había que enterrarlo inmediatamente, lo cual se hizo enseguida.

Al día siguiente, el coche del capitán Wirth nos llevó a Treblinka, a unos ciento veinte kilómetros al nornoreste de Varsovia. Las instalaciones de aquel centro de exterminio deferían muy poco de las de Belzec, pero eran aún más grandes. Había ocho cámaras de gas y montañas de ropa y ropa interior de unos treinta y cinco o cuarenta metros de alto. Luego se dio un banquete en nuestro “honor”, al que asistieron todos los empleados del centro.

El Obersturmbannführer profesor Pfannestiel, profesor de Higiene de la Universidad de Marburgo del Lahn, pronunció un discurso. “Vuestra tarea es una gran responsabilidad, un deber útil y necesario”. A mí me habló de aquella institución en términos de “belleza de la tarea” y “causa humanitaria”, y hablando para todos los demás dijo: “Al ver los cuerpos de esos judíos, uno comprende la grandeza de vuestra obra”.

 (Declaración de Kurt Gerstein, miembro de las Waffen SS, prueba 428 de la acusación en el “proceso de los doctores” durante los juicios de Nuremberg, recogida en SPITZ, Vivien, Doctores de la muerte, Tempus, 2009, pags. 275-282)

PREGUNTAS:

1. ¿Quién era Kurt Gerstein? Según él, ¿cuál era su actitud ante el exterminio que se estaba produciendo en los campos?

2. ¿Cuáles fueron los primeros campos de exterminio? ¿En qué país estaban situados?

3. ¿Cuál era el sistema inicial de exterminio? ¿Qué problemas planteaba?

4. La misión de Gerstein tiene que ver con la mejora del sistema de ejecucíón, ¿cuál era esta misión? Según él, ¿cómo lograba evitar que se aplicara siempre que podía?

5.  ¿Cuál era la actitud predominante de las personas que iban a ser exterminadas?

6. ¿Qué se hacía con los cadáveres para hacerlos desaparecer? ¿Qué problemas planteaba este sistema?

7. Para ampliar esta información puede visionarse la película AMEN de Costa-Gavras

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