SONDERKOMMANDO: LA TRAMPA DE LA SINAGOGA Y EL “HUEVO DE ORO”

Posted on 2 julio, 2012

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Se oía hablar de las derrotas militares de Alemania y la gente estaba convencida de que, en aquella situación, teniendo otras urgencias, no se tomarían el trabajo de deportar a los judíos de Atenas. En enero o febrero de 1944, ordenaron que los hombres judíos fueran a firmar un registro todos los viernes, en un despacho de la sinagoga. Yo iba con mi hermano, llevando una pequeña maleta, dispuestos a huir a la menor señal de alarma. Pero cierto viernes, hacia finales del mes de marzo de 1944, cometimos el error de ir muy pronto, por la mañana. Aquel día, en vez de dejarnos salir, nos hicieron entrar en la gran sala y los responsables de la sinagoga nos pidieron que permaneciéramos allí, con las demás personas que habían ido a firmar. En principio teníamos que esperar a un oficial alemán, que iba a venir. En realidad era un pretexto inventado por los alemanes para que entráramos sin más historias. A medida que la gente iba a firmar, era enviada a la sinagoga. Hacia mediodía, viendo que la gente seguía llegando, comprendimos que habíamos caído en una trampa. Las ventanas estaban muy arriba y, para ver lo que ocurría fuera, subí a los hombros de otros muchachos. En el exterior, vi varios camiones SS y soldados alemanes provistos de metralletas y acompañados por perros. Avisé a todo el mundo de que estábamos rodeados y, si no encontrábamos un medio de salir de allí cuanto antes, nos llevarían. La mayoría de la gente que estaba allí eran judíos de Atenas y de los alrededores. Al revés que nosotros, judíos de Salónica, no habían presenciado deportaciones y no sabían de qué eran capaces los alemanes. Prefirieron no hacer nada, seguros de que si intentábamos salir antes de que llegara el oficial, nos matarían. Hacia las dos de la tarde, fuera ya estaba todo listo. Nos ordenaron salir. Nos encontramos ante los camiones y los soldados armados que nos rodeaban. Aullaron: “¡Vamos! ¡Vamos!”. Y tuvimos que subir a los camiones. No recuerdo si había gente a nuestro alrededor que hubiera asistido a la escena, pero sin duda hubo algunos, aunque no hubieran podido acercarse demasiado.

Los camiones nos llevaron a la gran cárcel de Haïdari. Debíamos de ser unas ciento cincuenta personas. No había lugar para nosotros en el edificio principal. Nos aparcaron en el local de las duchas, que se encontraba en el patio de la prisión. Allí no había nada, ni camas, ni jergones, sólo cemento por el suelo y las duchas sobre nuestras cabezas. Apretados unos contra otros, apenas teníamos espacio para tendernos. Era muy penoso y muy difícil. En el patio se escuchaban, regularmente, disparos: ejecuciones sumarias de prisioneros políticos.

(…)

Además de la pequeña maleta, yo llevaba cinco monedas de oro que mi madre me había entregado. (…) Pero en Haïdari estuve a punto de perder las cinco monedas que había guardado con tanto esmero…

En efecto al día siguiente a nuestra llegada a la cárcel, se presentaron unos alemanes y, a fuerza de gritos y golpes, nos hicieron salir al patio para ponernos en fila, de cinco en cinco. Tras haber tomado lo que les interesaba en la sala vacía, se instalaron y nos hicieron entrar de cinco en cinco, ordenándonos que nos desnudáramos por completo para registrarnos y, por lo tanto, nos robaban lo que podían. Quienes no daban de inmediato los objetos de valor que llevaban encima, eran golpeados con dureza.

Yo tenía la costumbre de ponerme siempre entre los últimos, en semejantes situaciones, para tener tiempo de ver lo que ocurría. De pronto, cuando la mitad de la gente ya había pasado, oí aullidos que procedían del interior. Los alemanes estaban moliendo a palos a un muchacho que había escondido una moneda de oro en su zapato.

Yo, además de las cinco monedas de oro, tenía también un reloj Doxa que había comprado de ocasión a un alemán, a cambio de cigarrillos. Debajo de la marca, había una inscripción: “Shimshi”. Era el nombre de un judío de Salónica a quien el alemán había robado el reloj. Por mi parte, era mi primer reloj y no quería ponerlo en manos de los alemanes. De modo que lo puse en el suelo y lo aplasté para tener, por lo menos, la satisfacción de no dárselo.

Por lo que a las  monedas de oro se refiere, decidí dar una a mi hermano, una a Dario y una a Yakob, y quedarme dos para mí. Me metí la primera en la boca y me la tragué. Ellos hicieron lo mismo. Salvo que, en mi caso, la segunda moneda no pasó y estuve a punto de asfixiarme. No tenía ni pan ni agua, pero no se trataba de morir así, allí, asfixiado. De modo que hice tanta saliva como pude y, por fin, la moneda pasó. Delante de nosotros, unos imbéciles hicieron correr el rumor de que los alemanes tenían un aparato de rayos X. Mi hermano fue presa del pánico. Yo me dije que, de todos modos, era demasiado tarde y que ya no era posible hacer nada para que las monedas salieran de inmediato. “Que pase lo que tenga que pasar”, me dije entonces.

Cuando llegó nuestro turno de entrar, los alemanes apenas nos registraron. Probablemente ya habrían obtenido bastantes cosas y tenían prisa por terminar. Cuando regresamos a la sala de las duchas, nuestra maletita había desaparecido pero habíamos podido conservar lo principal.

Al día siguiente, cada uno fue al excusado para poner lo que yo llamé “el huevo de oro”.

(SHLOMO VENEZIA: Sonderkommando, RBA, 2010, pag. 38 a 42)

PREGUNTAS:

1. ¿Cómo consiguen los alemanes engañar a los judíos para que sean encerrados? Piensa en el papel que juegan aquí las autoridades judías de la sinagoga.

2. ¿En qué condiciones se produce el encierro en la prisión de Haïdari?

3. ¿Cuál es uno de los principales objetivos de los alemanes tras el encarcelamiento? ¿Cómo consigue el protagonista librarse?

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