SONDERKOMMANDO: RITUAL DE LLEGADA AL CAMPO DE AUSCHWITZ

Posted on 8 julio, 2012

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Entramos finalmente en la Zentralsauna, una gran estructura de ladrillo que servía para la desinfección de hombres y ropa. Lo primero que debíamos hacer era desnudarnos por completo. Se planteó de nuevo el famoso problema de los “huevos de oro”. Mi hermano, mis primos y yo nos tragamos, pues, las monedas por segunda vez.

Al fondo de la primera sala, vimos dos médicos oficiales de la SS llevando batas blancas. Nos veían pasar, desnudos, ante ellos. De vez en cuando hacían una señal a uno de nosotros para que permaneciera a un lado. Dejaron así “a un lado” entre quince y dieciocho personas. Entre ellos se encontraba un primo de mi padre. Siempre había tenido aspecto enfermizo y frágil. Quise saber adónde los llevaban y le hice la pregunta a un griego de Salónica que trabajaba en la Zentralsauna. Me dijo, sin duda para no preocuparme, que aquellas personas necesitaban cuidados especiales y que iban a ser “tratados”. No le hice más preguntas, aunque no comprendiera muy bien lo que había querido decirme. En realidad, habíamos sufrido, sin saberlo, una segunda y pequeña selección. Pero la selección era superficial, bastaba con tener las nalgas algo flacas para ser condenado a muerte.

Los que nos habíamos sido apartados seguimos, pasando a la siguiente sala. En aquella sala se alineaban los “peluqueros” para afeitarnos la cabeza, el torso y todo el cuerpo. Como no tenían instrumentos adecuados, ni espuma, nos arrancaban la piel hasta hacernos sangre. La siguiente sala era la ducha. Era una gran estancia con tubos y alcachofas de ducha sobre nuestras cabezas. Un alemán, más bien joven, gestionaba los grifos del agua caliente y el agua fría. Para divertirse a nuestras expensas, alternaba de pronto el agua hirviendo y el agua helada. En cuanto el agua era demasiado caliente, nos alejábamos para no quemarnos; entonces él aullaba como un animal, nos golpeaba y nos obligaba a regresar bajo el agua hirviendo.

Todo ocurría de un modo muy organizado, como un trabajo en  cadena del que nosotros fuéramos los productos. A medida que avanzábamos, otros ocupaban nuestro lugar. Siempre desnudo y mojado, seguí la cadena hasta la sala de tatuaje. Había una larga mesa en la que se habían situado varios prisioneros, encargados de tatuarnos en el brazo nuestro número de matrícula. Utilizaban para ello una especie de bolígrafo con una punta que atravesaba la piel y hacía penetrar la tinta bajo la epidermis. Era preciso hacer pequeños puntos hasta que el número apareciera en el brazo. Era extremadamente doloroso. Cuando por fin el hombre que me tatuaba me soltó el brazo, froté inmediatamente mi antebrazo con la mano para atenuar el dolor. Cuando miré para ver lo que me había hecho, no pude ver nada por la mezcla de sangre y tinta. Sentí miedo pensando que había borrado el número. Con un poco de saliva, limpié mi brazo y vi como reaparecía el número que había sido correctamente “inyectado”: 182727, mi matrícula.

Tras ello, era preciso aguardar la ropa que iban a distribuirnos. Los nuevos prisioneros no recibían ya, desde hacía mucho tiempo, uniformes a rayas. En su lugar, recibían ropa desinfectada, abandonada por los prisioneros que habían llegado antes que nosotros. La distribución se hacía sin que nadie se preocupase de darnos ropa de nuestra talla. Recibías una chaqueta, un pantalón, unos calzoncillos, calcetines y zapatos. La ropa estaba a menudo gastada y agujereada. Muchos no conseguían ponerse el pantalón, a otros les habían dado pantalones demasiado anchos para ellos. No se trataba de ir a pedir otra talla a quienes nos habían dado la ropa. Habrían podido golpearnos por ello, aunque también ellos fueran prisioneros. Entonces, intentábamos arreglárnoslas entre nosotros, cambiarnos la ropa. Pero era preciso tener suerte, sobre todo con los zapatos, para que no tuvieran la suela agujereada. Yo pude componérmelas, aunque salí de allí con la ropa algo grande.

Como me encontraba entre los primeros que estuvieron listos y había todavía muchos detrás de mí, fui a ver a uno de los prisioneros que nos afeitaban. Le propuse echarle una mano a cambio de un pedazo de pan. El prisionero responsable de aquel equipo de trabajo aceptó y me dio una maquinilla de rapar. Yo sabía utilizarla porque mi padre tenía una pequeña peluquería junto al café a la turca de mi abuelo. Tras la muerte de mi padre, para ganar algo de dinero, yo solía ir todos los domingos al barrio pobre de Baron-Hirsch y ofrecer mis servicios a las personas que no tenían medios para pagarse un peluquero de verdad. Debido a este tipo de ejemplos digo, a menudo, que la gente que ha sufrido en su infancia y han tenido que aprender a arreglárselas tuvieron más suerte que la gente privilegiada para sobrevivir y adaptarse al campo. Para sobrevivir en el campo era preciso conocer cosas útiles, no filosofía. Aquel día, eso me permitió ganar un precioso mendrugo de pan.

  (SHLOMO VENEZIA: Sonderkommando, RBA, 2010, pag. 57-59)

PREGUNTAS:

1. Resume todos los pasos que se llevaban a cabo durante el proceso de admisión de los nuevos prisioneros

2. Uno de los objetivos del proceso era la humillación de los prisioneros. Menciona algunos ejemplos de esa humillación

3. ¿Por qué los conocimientos prácticos eran mucho más útiles en el campo que aquellos otros de tipo intelectual?

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