SONDERKOMMANDO: BASTONES PARA LA CÁMARA DE GAS

Posted on 26 julio, 2012

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Yo no era de los que debían sacar los cadáveres de la cámara de gas, pero luego lo hice a menudo. Los que estaban destinados a esta tarea comenzaron tirando de los cadáveres por las manos pero, al cabo de unos minutos, las suyas estaban sucias y resbaladizas. Para evitar tocar directamente el cuerpo, pensaron en utilizar un trozo de tela pero, claro está, la tela se ensuciaba y humedecía al cabo de unos instantes. De modo que fue necesario arreglárselas. Algunos intentaron arrastrar los cuerpos utilizando un cinturón, pero en realidad eso hacía más difícil el trabajo, porque era necesario abrir y cerrar el cinturón. Finalmente, lo más sencillo era utilizar un bastón para tirar de los cuerpos por la nuca. Eso se ve muy bien en uno de los dibujos de David Olère. No faltaban bastones, con todas las personas de edad que eran enviadas a la muerte. Al menos eso evitaba tener que tirar de los cadáveres con las manos. Y era muy importante para nosotros. No porque se tratara de cadáveres, eso aún…, sino porque su muerte lo era todo salvo una muerte dulce. Era una muerte inmunda, sucia. Una muerte forzada, difícil y distinta para todos.

Nunca lo había contado hasta ahora; es tan abrumador y triste que me cuesta hablar de esas visiones de la cámara de gas. Podíamos encontrar gente con los ojos desorbitados por el esfuerzo que había hecho el organismo. Otros sangraban por todas partes, o se habían ensuciado con sus propios excrementos, o con los de los demás. Por los efectos del miedo y del gas sobre el organismo, las víctimas evacuaban a menudo todo lo que tenían en el cuerpo. Algunos cuerpos estaban muy rojos, otros muy pálidos, cada cual reaccionaba de un modo distinto. Pero todos habían sufrido en la muerte. Suele pensarse que el gas se arrojaba y ya está, la gente moría. ¡Pero qué muerte!… Les encontrábamos agarrados unos a otros, todos habían buscado desesperadamente un poco de aire. El gas tirado al suelo desprendía ácido por abajo, de modo que todo el mundo quería encontrar aire, aunque para ello fuera necesario trepar unos sobre otros hasta que el último muriera. A mi entender, no puedo estar seguro de ello, pero pienso que muchas personas morían antes incluso de que arrojaran el gas. Estaban tan apretados unos contra otros que los más pequeños, los más débiles, inevitablemente se asfixiaban. En cierto momento, bajo esa presión, esa angustia, te vuelves egoísta y sólo buscas una cosa: salvarte. Ése era el efecto del gas. La imagen que veíamos al abrir la puerta era atroz, ni siquiera puedes hacerte una idea de lo que podía ser.

Los primeros días, a pesar del hambre que me atenazaba, me costaba tocar el mendrugo de pan que recibíamos. El olor persistía en las manos, me sentía manchado por aquella muerte. Con el tiempo, poco a poco, fue necesario acostumbrarse a todo. Se convirtió en una especie de rutina en la que no había que pensar.

 (SHLOMO VENEZIA: Sonderkommando, RBA, 2010, pag. 81-83)

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