SONDERKOMMANDO: LIMPIEZA DE LOS RESTOS DE LA CÁMARA DE GAS

Posted on 28 julio, 2012

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Una vez que habíamos terminAuschwitz Birkenau : coupe du K III ou Krématorium III d’après David Olèreado de cortar el pelo y arrancar los dientes de oro, dos personas venían a tomar los cuerpos para ponerlos en el montacargas que los mandaba a la planta baja del edificio, hacia los hornos crematorios. Todo lo demás, la sala de desnudarse y la cámara de gas, estaba en el sótano. Según las personas fueran altas o bajas, gordas o delgadas, podían colocarse entre siete y diez personas en el montacargas. En el piso superior, dos personas recogían los cuerpos y devolvían el ascensor. El montacargas no tenía puertas, una pared bloqueaba uno de los lados pero, al llegar arriba, los cadáveres eran descargados por el otro lado. Los cuerpos eran arrastrados luego y dispuestos ante los hornos, de dos en dos.

Ante cada aparejo, tres hombres se encargaban de meter los cadáveres en el horno. Los cuerpos se colocaban en una especie de camilla. Dos hombres, colocados uno a cada lado de la camilla, la levantaban con la ayuda de un largo palo de madera puesto por debajo. El tercer hombre, frente al horno, sujetaba los mangos que le servían para meterlas camillas. Tenía que hacer resbalar los cuerpos y retirar las camillas rápidamente, antes de que el hierro estuviera demasiado caliente. Los hombres del Sonderkommando se habían acostumbrado a verter agua en las camillas antes de colocar los cuerpos, de lo contrario se pegaban al hierro ardiente. En ese caso, el trabajo se hacía muy difícil, pues era preciso retirar los cuerpos con una horca y algunos pedazos de piel se quedaban pegados allí. Cuando esto sucedía, todo el proceso se hacia más lento y los alemanes podían acusarnos de sabotaje. Era preciso, pues, hacerlo deprisa y ser hábiles.

(…)

Una vez vaciada la sala, era preciso limpiarla por completo, pues las paredes y el suelo estaban sucios, y era imposible hacer entrar a otras personas sin que se aterrorizaran al ver los rastros de sangre y de todo lo demás en las paredes y en el suelo. Era preciso, primero, limpiar el suelo, esperar a que secara y encalar de nuevo los muros. El ventilador seguía limpiando el aire. Todo estaba así listo para la llegada de un nuevo grupo. Aunque la gente, al llegar, viera el suelo mojado, aquello no les parecía sospechoso pues les habían dicho que iban a la ducha, para la desinfección.

(…)

También las cenizas debían eliminarse para no dejar rastro. Tanto más cuanto que algunos huesos, como los de las caderas, ardían mal, tanto en los hornos como en las fosas, por otra parte. Por esta razón los huesos más gruesos tenían que ser retirados y machacados por separado, antes de mezclarlos con las cenizas. La operación se efectuaba en el patio del Crematorio, detrás del edificio. En el Crematorio III, por ejemplo, el lugar para machacar las cenizas estaba en el rincón más cercano al hospital y al campo de los gitanos. Las cenizas, una vez machacadas, eran transportadas en un carro pequeño. Un camión venía a recogerlas regularmente para ser arrojadas al río. A veces, cambié mi puesto con uno de los hombres encargados de machacar las cenizas. Eso me permitía tomar un poco el aire y salir de la atmósfera opresora y fétida del Crematorio.

  (SHLOMO VENEZIA: Sonderkommando, RBA, 2010, pag. 91-94)

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