SONDERKOMMANDO: EJECUCIONES TRAS EL TRANSPORTE

Posted on 29 julio, 2012

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Quienes llegaban en camión eran, muy a menudo, las personas que se habían quedado en los vagones. Cuando llegaba un tren, las personas que no podían ni andar, los enfermos, los tullidos, los ancianos eran cargados en camiones y depositados en el patio del Crematorio. Pero, por lo general, eran más bien enviados a los Crematorios IV o V, no solían enviárnoslos al Crematorio III ni al II. Cuando no había lugar allí, eran enviados a nuestro Crematorio. A menudo no eran más de unos treinta. Los camiones los descargaban con un volquete, como si se tratara de descargar arena. Las pobres víctimas caían una encima de otra. Aquella gente que, en tiempo normal, apenas podía mantenerse en pie… El dolor de la caída y la humillación debían ser atroces. Debíamos ayudarles a levantarse, a desnudarse y llevarlos al interior del edificio, al lugar donde un SS les aguardaba para ejecutarles fríamente, uno a uno.

Para nosotros era, con mucho, la tarea más penosa… No podía existir nada más duro que llevar a aquella gente a la muerte y sujetarlos mientras eran ejecutados. (…)

El alemán solía situarse a un extremo, ligeramente oculto tras la esquina del último horno. Pasaban ante él, como para subir las escaleras que llevaban al desván. Las víctimas apenas lo veían y, cuando le habíamos superado, él disparaba a quemarropa en la nuca. Al cabo de cierto tiempo, cambiaron de método y utilizaban, más bien, un fusil de aire comprimido, pues la bala de la pistola era demasiado grande y el impacto, de cerca, reventaba el cráneo de la víctima. Verse salpicado así molestaba al alemán. La persona que acompañaba a la víctima debía conocer la técnica: era preciso sujetar a las víctimas por la oreja y con el brazo estirado, el alemán disparaba y, antes de que la persona cayera al suelo, debíamos ser lo bastante hábiles como para hacerles bajar la cabeza porque, de lo contrario, la sangre brotaba como de un surtidor. Si, por desgracia, algo de sangre manchaba al SS, la tomaba con nosotros y no vacilaba en castigarnos o, incluso, en matarnos allí mismo. (…)

Los hombres del Sonderkommando se veían también obligados a hacer esa clase de cosas. No podemos negarlo, decir que no existió o que no es cierto. Sin embargo, en ese caso, reconozco que me siento algo cómplice, aunque yo no los maté. No teníamos elección, no teníamos otra posibilidad en aquel infierno. Si me hubiera negado a hacerlo, el alemán se me habría arrojado encima y me habría matado de inmediato, para dar ejemplo. Afortunadamente, no enviaban a menudoa aquellos grupos a nuestro Crematorio. Dos o tres veces como máximo.

Algunos hombres del Sonderkommando me contaron cómo se hacía en el Crematorio V. Al parecer, allí los camiones descargaban directamente las víctimas, vivas, en las fosas que ardían al aire libre. No lo vi personalmente, no puedo confirmarlo, pero me parece perfectamente posible que ni siquiera se preocuparan en matar a la gente antes de arrojarla al fuego. Entre nosotros las cosas duraban más, pues el alemán debía matarlos uno a uno.

(SHLOMO VENEZIA: Sonderkommando, RBA, 2010, pag. 97-101)

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