SONDERKOMMANDO: ÚNICO SUPERVIVIENTE

Posted on 8 agosto, 2012

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Cierto día, cuando estaba dando mi testimonio en una escuela, una niña me preguntó si alguien había salido vivo de la cámara de gas. Sus compañeros se burlaron de ella, como si no hubiera comprendido nada. ¿Cómo sobrevivir en aquellas condiciones a aquel gas mortal, estudiado para matar a todo el mundo? Era imposible. A pesar de todo, por muy absurda que pareciese su pregunta, era pertinente pues, en efecto, eso ocurrió.

Pocas personas vieron y pueden contar este episodio, y sin embargo es verídico. Un día, cuando todo el mundo había comenzado a trabajar tras la llegada de un convoy, uno de los hombres encargados de retirar los cuerpos de la cámara de gas oyó un ruido extraño. No era tan sorprendente escuchar ruidos extraños pues, a veces, el organismo de las víctimas seguía desprendiendo gas. Pero afirmaba que, esta vez, el ruido era distinto. Nos detuvimos aguzando el oído, pero nadie oyó nada. Nos dijimos que, sin duda, había oído voces. Unos minutos más tarde se detuvo de nuevo par decirnos que esta vez estaba seguro de haber oído un estertor. Prestando mucha atención, también nosotros escuchamos, efectivamente, aquel ruido. Era una especie de vagido. Al principio los ruidos estaban espaciados, luego se hizo más seguido, hasta convertirse en un llanto continuado, que todos identificamos como el llanto de un recién nacido. El hombre que primero lo había oído fue a ver de dónde salía el ruido. Pasando por encima de los cuerpos, encontró la fuente de aquellos grititos. Retrataba de una niña de apenas dos meses, agarrada aún al seno de su madre del que intentaba mamar en vano. Lloraba al no sentir que brotara la leche. Tomó al bebé y lo sacó de la cámara de gas. Sabíamos que sería imposible mantenerla con nosotros. Imposible ocultarla ni hacer que los alemanes la aceptaran. En efecto, en cuanto el guardia vio al bebé no pareció descontento por poder matar a un niño. Disparó un tiro y aquella pequeña, que milagrosamente había sobrevivido al gas, murió. Nadie podía sobrevivir. Todo el mundo debía morir, incluidos nosotros: era sólo cuestión de tiempo.

Hace algunos años, tuve ocasión de preguntar al jefe de servicios del mayor hospital pediátrico de Roma cómo podía explicar aquel fenómeno. Me dijo que no era imposible que la niña, que estaba mamando, hubiera quedado aislada por la fuerza de la succión sobre el seno de su madre, lo que habría limitado la absorción del gas mortal.

(SHLOMO VENEZIA: Sonderkommando, RBA, 2010, pag. 129-130)

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