SONDERKOMMANDO: MAUTHAUSEN-MELK

Posted on 15 agosto, 2012

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No sé exactamente qué día llegamos a Mauthausen, pero creo que era a finales de enero. Nuestra columna de prisioneros entró en el campo pasando bajo la enorme puerta principal. A la derecha de la puerta, había un gran edificio que debíamos rodear para acceder a la Sauna. Aún éramos numerosos, a pesar de los muertos por el camino: tardaron dos días en hacer pasar a todo el mundo por la Sauna. Pero, antes de entrar, nadie sabía lo que había en el edificio. Los prisioneros debían entrar de cinco en cinco, pero no se les veía salir.

Dormí dos días fuera para ser uno de los últimos que entrara en la Sauna. (…)

Finalmente entramos, tranquilizados al ver que sólo se trataba de la Sauna para la desinfección. Era más bien pequeña. Y, como el primer día en Birkenau, fue necesario desnudarse por completo, unos detenidos nos afeitaron la cabeza y todo el cuerpo. Luego nos atribuyeron un número. Pero, al revés que en Auschwitz, el número no era tatuado; Auschwitz era el único lugar donde los prisioneros eran tatuados. Os dieron una especie de brazalete de hierro con una placa; en la mía estaba escrito el número 118554. Era mi matrícula en Mauthausen. (…)

Después de la ducha, era preciso salir y ponerse en hileras de cinco, desnudos y mojados como estábamos, en la nieve y el frío. Tuvimos que esperar a ser cincuenta, en fila, antes de dirigirnos hacia el barracón que estaba al fondo, a la izquierda. Aunque hubiéramos estado vestidos, el frío habría sido absolutamente insoportable. De modo que, desnudos, saliendo de la ducha, el dolor fue inimaginable. Pero el que nos acompañaba permaneció impasible, esperó y nos obligó a no andar demasiado deprisa hacia el barracón. Desde fuera era parecido a los que había en Birkenau, salvo que, creo, había que subir dos peldaños antes de entrar. En el interior, nada, no había camas. Los únicos puntos positivos eran el linóleo en el suelo y las ventanas, que no estaban rotas y nos aislaban un poco del frío.

(…) A la mañana siguiente, hacia las diez o las once, unos oficiales de la SS vinieron a buscar a trescientas personas, aproximadamente. Nos llamaron por orden alfabético. Me encontré en un grupo con los dos primos Gabbai, pero no con mi hermano. Nos mandaron por fin a otro barracón para darnos algo con qué vestirnos. También recibimos sopa y, luego, cargados de nuevo en vagones, nos transfirieron a un nuevo campo: Melk. El trayecto duró seis o siete horas, no más. Los barracones eran distintos de los que conocía, más largos. Había que subir algunos peldaños para acceder. Literas superpuestas estaban dispuestas en hileras, pero no había bastantes para todo el mundo. Quienes no conseguían encontrar una litera vacía tenían problemas, pues nadie aceptaba compartir su lugar. Había que conseguir una plaza en el sistema, aunque eso significara utilizar los codos. Yo no conseguía encontrar un lugar todos los días pero, por lo general, no me las arreglaba mal.

El trabajo estaba organizado en tres rotaciones de ocho horas (a lo que había que añadir dos horas para ir y otras dos para volver, entre el campo y el lugar de trabajo). Cuando regresábamos, había todavía otras tantas personas que dormían y era preciso arreglárselas para encontrar un lugar. Tenías que ser fuerte para empujar a los demás y ocupar su sitio. Por eso digo que la solidaridad no existía. Dormíamos en una especie de jergón, sin desnudarnos. Si nos hubiéramos quitado algo, incluso los zapatos, nos los habrían robado. Y para recuperarlo hubiéramos tenido que pagar una ración de pan.

(SHLOMO VENEZIA: Sonderkommando, RBA, 2010, pag. 153-155)

PREGUNTAS:

1. ¿Dónde estaba situado el campo de Mauthausen?

2. ¿Por qué tenían miedo de entrar los primeros en la Sauna?

3. ¿Por qué motivos no existía la solidaridad en el campo?

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