SONDERKOMMANDO: SALIR DEL CREMATORIO

Posted on 17 agosto, 2012

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Comencé a hablar muy tarde, porque la gente no quería oírlo, no quería creerlo. No es que yo no quisiera hablar. Cuando salí del hospital, me encontré con un judío y comencé a hablar. De pronto, me dí cuenta de que, en vez de mirarme, estaba mirando a mis espaldas, a alguien que le hacía señales. Me volví y descubrí a uno de mis amigos haciéndole gestos para decirle que yo estaba completamente loco. Me bloqueé y, a partir de aquel momento, no quise contarlo más. Para mí suponía un sufrimiento contarlo, de modo que, cuando estaba ante gente que no me creía, me decía que era inútil. Sólo en 1992, cuarenta y siete años después de mi liberación, volví a hablar de ello. El problema del antisemitismo reaparecía en Italia. Se veían cada vez más cruces gamadas dibujadas en las paredes… Regresé a Auschwitz por primera vez en diciembre de 1992. había vacilado mucho tiempo antes de acompañar a aquella escuela que me había invitado, pues no me sentía dispuesto a regresar al infierno. Mi amigo Luigi Saggi vino conmigo. Yo no sabía que los nazis habían volado los Crematorios al marcharse, quedé, pues, sorprendido viendo las ruinas. Volví varias veces los siguientes años. Pero los guías polacos me enfurecían: no llevaban a todos los grupos a Birkenau y explicaban la historia como si todo hubiera ocurrido en Auschwitz I.

(…) Me reconforta saber que no hablo en el vacío, pues dar testimonio representa un sacrificio enorme. Despierta un lacerante sufrimiento que nunca me abandona. Todo va bien y, de pronto, me siento desesperado. En cuanto experimento cierta alegría, algo se bloquea inmediatamente en mí. Es como una tara interior; lo llamo la “enfermedad de los supervivientes”. No es el tifus, ni la tuberculosis o las demás enfermedades que pudimos contraer. Es una enfermedad que nos corroe desde el interior y que destruye cualquier sentimiento de alegría. La arrastro desde aquel tiempo de sufrimiento en el campo. Esta enfermedad no me permite nunca un instante de alegría o de despreocupación, es un malhumor que erosiona permanentemente mis fuerzas.

(…)

Todo me devuelve al campo. Haga lo que haga, vea lo que vea, mi espíritu regresa siempre al mismo lugar. Es como si el “trabajo” que tuve que hacer allí no hubiera salido nunca, realmente, de mi cabeza…

Nunca se sale realmente del Crematorio.

(SHLOMO VENEZIA: Sonderkommando, RBA, 2010, pag. 174-177)

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