EL FALSIFICADOR DE PASPORTES: A PUNTO DE SER DEPORTADO

Posted on 27 agosto, 2012

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Fecha de la deportación: 2 de Junio de 1942

Mañana es 2 de Junio de 1942. Es el día en el que tenemos que presentarnos en la Levetzowstrasse. Quien sabe cuándo me bañaré la próxima vez. La hoja mecanografiada con la lista de todas las cosas que uno tiene que llevar al viaje da sin embargo ciertos ánimos. ¿Se necesita esto para viajar a la muerte?

2 pares de zapatos en los que no penetre el agua

4 pares de calcetines

6 calzoncillos

2 jerséis

2 mantas

4 camisas

1 sombrero

2 pares de guantes

1 abrigo

1 mochila

La mochila de mamá está repleta. Yo no tengo ninguna, porque no me voy con ella. Eso espero.

Schwrz, el jefe de taller, me dio el escrito de reclamación ayer, durante el trabajo, aunque yo se lo había pedido hacía ya quince días:

Gustav Genschow, fusiles de pequeño calibre, Berlín-Treptow, a 31 de mayo de 1942.

Certifico: que Cioma Israel Schönhaus trabaja en nuestra empresa como mecánico de precisión. Es un obrero importante. Solicitamos que le aplacen la fecha de salida. Heil Hitler.

Firmado: Schwarz, jefe de taller y SS-Sturmführer.

Ya es demasiado tarde para enviar el escrito por correo.

– Cioma, venga, vamos esta tarde a la GESTAPO, a la Burgstrasse, y entregamos allí la carta.

El centinela de las SS que está ante la puerta no nos deja entrar.

– Ya es tarde –dice-, déme la carta. Yo la entregaré.

– Pero el transporte en el que yo voy sale mañana.

– Bueno, y qué. Mañana todavía no estará usted fuera de este mundo.

Mamá se cuelga de mi brazo. Nos vamos juntos a casa. Cada uno sumido en sus pensamientos. Tal vez nuestros caminos se separen mañana. ¿Quién sabe?

El día siguiente. Estoy firmemente decidido a hacer como si ya me hubieran reclamado. Como si se hubiera accedido a la solicitud de Gustav Genschow. A hacer como si yo no tuviera en absoluto que ir en ese transporte. Voy como siempre al trabajo a las seis. Antes le digo adiós a mamá, como si volviera a verla por la noche. Pero, contra nuestra costumbre, nos abrazamos antes de marcharme.

En la fábrica, ficho como siempre. Todo es como siempre, salvo que no puedo respirar hondo. Tengo una garra en al garganta. Y mientras, como siempre estoy colocando los cañones en mis dos tornos, un compañero pasa a mi lado y susurra:

– Schönhaus, están aquí los hasirim (cerdos)

Hay allí, de pie, dos hombres completamente normales, vestidos de paisano. No se quitan los sombreros mientras hablan con Schwarz, el jefe de taller. Luego le enseñan una carta. Él los lleva a donde yo estoy.

– ¡Schönhaus! Cámbiese de ropa. Se viene con nosotros. (…)

 (…) Acto seguido tomamos otra vez el tranvía.

Estamos de pie en la plataforma posterior. Miro a los hombres. ¿Qué clase de personas son? Por su apariencia, uno de ellos debe de haber sido antes contable de banco. Uno a quien le correspondía trabajar la letra “J”. El otro bien podría haber sido un cajista de imprenta que se vio obligado a dejar el oficio porque no soportaba el manejo de los moldes de plomo. El contable de banco tiene el rostro más humano. Me dirijo a él:

– Mire, yo no había contado con que me transportasen fuera de aquí. Ni siquiera tengo una prenda de abrigo. ¿No podríamos ir a buscarla a mi casa? El tranvía pasa justo por delante de ella.

Se dirige a su compañero:

– ¿Qué opinas?

– A mí me da igual. ¿Por qué no va poder ir a buscar su abrigo de invierno?

La tía abre la puerta y nos mira asombrada. No dice una palabra. Sólo hay miedo en su rostro. Mientras voy a buscar el abrigo al armario ropero, el cajista se sienta ante mi escritorio, como si fuera el suyo propio. Revuelve en el cajón, encuentra en una caja la alianza de oro de papá, la mete en el bolsillo de su chaleco, como si la hubiera perdido y ahora por fin la hubiera encontrado.

En el tranvía hace calor. Estamos otra vez en la plataforma posterior. Llevo el abrigo colgado al brazo.

– Pero, joven, no lleva usted una estrella en él –dice el contable de banco-. Sin estrella, le quitan a usted el abrigo al momento.

– Tengo una estrella de repuesto en el bolsillo, pero lo que no puedo es coserla. No tengo aguja ni hilo.

– Bueno, espere un momento. Veremos lo que puede hacerse.

Y saca de su portamonedas un sobrecito con hilo y aguja.

– Pero de coserla se encarga usted.

Mientras doy puntada tras puntada, sube una mujer. Ojos almendrados, delgada. Carga en la espalda una gran mochila, delante, a la izquierda, la estrella amarilla. Apenas ha subido al vehículo, un soldado se levanta de un salto y le cede el asiento. Ahora, el contable de banco muestra su otra cara y se dirige al militar:

– ¿Usted, un soldado alemán, se atreve a mancillar el honor de su uniforme? ¡No se le ocurre mayor descaro que ofrecerle públicamente su asiento a una mujer judía! ¡Amiguito, esto le va a costar caro! ¿Cómo? ¿Encima me replica? Usted sabía muy bien que era judía. La estrella es lo bastante grande, en mi opinión. ¿Nombre? ¿Regimiento? ¿Número de servicio? ¿Guarnición? ¡Y ahora, no se ponga además impertinente!

Vuelve, resollando de rabia, a donde estoy yo. Le devuelvo sus útiles de costura.

– Muchas gracias.

– No hay de qué. –Mete otra vez en su monedero las cosas de coser-. ¡Orden, ante todo!

El revisor grita:

– ¡Levetzowstrasse!

– Bueno, aquí nos bajamos.

En la antigua sinagoga de la Levetzowstrasse hay muchos bancos distribuidos por la sala. Allí hay sentadas, esperando, unas seiscientas personas, jóvenes y sobre todo mayores. La mayor parte de al gente va bien vestida, casi demasiado abrigada para la estación del año. Muchos están silenciosos, otros charlan entre ellos, en parte gesticulando, como en la sala de espera de una estación. Pero nadie sabe cuándo parte el tren y cuál es la meta del viaje. Sin embargo al parecer reina un cierto optimismo, porque muchachas judías con delantales blancos como la nieve reparten unos exquisitos macarrones, sazonados con queso. Las cazuelas son mucho mayores que el apetito de quienes han de esperar aquí. Busco a mi madre por todas partes. Por fin la encuentro en un rincón. Conversa con una mujer que conocemos por ser vecina. Su rostro se ilumina cuando me ve. Sonríe.

– Ya sabía yo esta mañana que nos volveríamos a ver pronto. Ahora permaneceremos juntos, y las cosas no se pondrán tan mal como tú temes. Mira hacia allí. Desde que estoy aquí, hay un funcionario que examina nuestras maletas. Por cierto, ¿dónde está tu equipaje?

– Sólo he podido coger el abrigo.

– Bueno, algo es algo. En Polonia o Rusia puede hacer mucho frío. –Me echa el brazo por los hombros y mira hacia el corredor-: Creo que papá tiene que venir por allí.

En medio de la sinagoga, en el estrado desde el que se lee la Torá durante el servicio religioso, hay una máquina de escribir. Un judío encargado del orden está sentado delante de ella. A su lado, de pie, un funcionario de la GESTAPO. Apoyado en la balaustrada, otro judío que mantiene el orden. Está de puntillas, se agarra a los barrotes y dice a voz en grito los nombres de las personas que mañana por la mañana saldrán deportadas para el este.

Por lo visto su predecesor no gritaba lo bastante alto y por eso tuvo que marcharse sin previa advertencia en el transporte siguiente. El actual encargado del orden quiere curarse en salud. (…)

Extraño, qué fuerte resuena el propio apellido cuando lo pregonan a voz en grito en la sala. Los nombres que han leído antes se desvanecen entre la muchedumbre. Pero cuando dicen: “Cioma Israel Schönhaus y Fanja Sara Schönhaus”, a uno se le encoge el corazón. Sí, como movidas por una mano mágica, las piernas se levantan y estamos sobre el estrado. Mamá me oprime la mano. El encargado judío lee fríamente nuestro expediente: “Fanja Sara Schönhaus y su hijo Samson Cioma Israel Schöhaus están destinados al transporte que mañana, 2 de junio, saldrá por la mañana en dirección al este. Para el hijo consta una solicitud de la firma Gustav Genschow. Por ser un buen trabajador, es irreemplazable. Se solicita que sea evacuado en una fecha posterior.”

Durante la lectura del expediente, el uniformado funcionario de la GESTAPO mira a través de mí con sus acuosos ojos azules. Ha dado media vuelta a la silla y apoya los brazos en el respaldo, absorto en sus pensamientos. El encargado del orden pregunta:

– ¿Formará el joven parte del transporte o se quedará aquí?

– A qué viene esto ahora –responde el otro aburrido sin abrir casi la boca, como si lo decidiera contando los botones: se queda, se va, se queda, se va-. A mí qué más me da. Por mí, que se vaya.

Y el encargado del orden repite con voz neutra:

– ¡Ha quedado decidido que usted formará mañana parte del transporte!

Sólo siento mis pies calientes, sudorosos. Los dedos están pegados unos contra otros. ¡Si pudiera ponerme otros calcetines!, ése es el deseo confuso que me pasa por la cabeza. Pero no tengo esos otros calcetines. No tengo calcetines. No tengo equipaje alguno. Sólo la cartera con los bocadillos del desayuno y el abrigo. Y éste lo he tenido que deponer sobre una montaña enorme de ropa. ¿Me lo darán otra vez?

Ahora, mamá y yo hemos de caminar por un amplio corredor. A la derecha hay diversas mesas, y un funcionario sentado detrás de cada una. Sobre cada mesa un letrero blanco. En el primero pone “Oficina de Hacienda”. El funcionario está allí sentado como en una ventanilla de correos:

– ¿Tiene usted dinero?

– Sí, un penique de la suerte.

– Entonces, entréguelo

Y rellena en un formulario: “1 penique”. Lo “de la suerte” ya no se menciona. Sobre la segunda mesa hay un letrero blanco: “Oficina de Trabajo”. Allí hay sentada una simpática joven delante de un gran fichero.

– ¿Dónde ha trabajado?

– Con Gustav Genschow –y añado en un susurro-: En realidad estoy reclamado.

– Un momento -dice ella y empieza a rebuscar en las fichas-. Sí, aquí. Schönhaus. Es cierto. Usted es imprescindible, en su condición de obrero especializado. ¡Un momento! (…)

– Puede marcharse.

Yo pregunto:

– ¿Adónde?

– A casa, queda usted pospuesto.

Mamá mira a papá.

– ¿Qué opinas tú? ¿Se queda?

– Por supuesto que se queda. Quizá pueda salvarnos.

Les doy mis bocadillos. Son de salchichón de Krakovia. Abrazo a papá y a mamá.

– Adiós.

Y nos despedimos. No como en una estación: no, sucede en el corredor de la antigua sinagoga de la Levetzowstrasse.

Para siempre.

(SCHÖNHAUS, Cioma: El falsificador de pasaportes, Círculo de Lectores, 2009, pag. 82 a 91)

PREGUNTAS:

  1. Uno de los hechos más sorprendentes es la pasividad con la que los judíos acuden “voluntariamente” a su deportación. ¿Dónde se les reúne? ¿Cuál creen que va a ser su destino final? En realidad, ¿qué va a ocurrir con ellos?
  2. ¿Con qué métodos consiguen las autoridades alemanas que los judíos no se resistan a este proceso de deportación? Piensa, por ejemplo, por qué les piden una mochila cargada de equipaje si luego deben depositarla en la entrada. ¿Qué crees que se hacía luego con esas montañas de maletas y abrigos?
  3. El retrato que se hace sobre los policías de la GESTAPO trata de mostrar su carácter cruel y despótico,  pero también a su vez, el hecho de que eran personas corrientes. ¿Cómo se comportan tanto en el tranvía como en la antigua sinagoga? El narrador trata de imaginarse la vida anterior de los policías que le conducen, ¿a qué clase social pertenecen? ¿Por qué crees que “gente normal” pudo acabar realizando esas tareas policiales?
  4. ¿Cómo consigue salvarse el protagonista? ¿Es consciente del destino real de todas aquellas personas que se embarcan en el transporte?
  5. En la oficina, algunos de los judíos colaboran con los nazis. ¿Qué funciones desarrollan? ¿Por qué lo hacen? ¿Cómo crees que veían su tarea los otros judíos?
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