LA NOCHE: PERSECUCIÓN A LOS JUDÍOS EN HUNGRÍA

Posted on 1 octubre, 2012

0



Después, un día se expulsó a los judíos extranjeros de Sighet. Y Moshé-Shames era extranjero.

Apiñados por los gendarmes húngaros en vagones para ganado, lloraban sordamente. También nosotros llorábamos en el andén su partida. El tren desapareció en el horizonte: detrás de él sólo quedó una humareda espesa y sucia.

Detrás de mí oí a un judío que suspiraba y decía:

– Qué quieren, es la guerra…

Los deportados fueron olvidados rápidamente. Algunos días después de su partida se decía que estaban en Galitzia trabajando y hasta que estaban satisfechos de su suerte.

Pasaron los días. Las semanas, los meses. La vida había vuelto a ser normal. Un aire suave y tranquilizador soplaba en todas las casas. Los comerciantes hacían buenos negocios, los estudiantes vivían en medio de sus libros y los niños jugaban en la calle.

Un día, cuando iba a entrar en la sinagoga, divisé, sentado en un banco, próximo a la puerta, a Moshé-Shames. Relató su historia y la de sus compañeros. El tren de los deportados había atravesado la frontera húngara y, en territorio polaco, la Gestapo se había hecho cargo de él. Detenido allí, los judíos tuvieron que descender y subir a unos camiones. Los camiones se dirigieron a un bosque. Se les hizo bajar. Se les hizo cavar amplias fosas. Cuando terminaron su tarea, los hombres de la Gestapo comenzaron la suya. Sin pasión, sin apresurarse, abatieron a sus prisioneros. Cada uno de ellos debía acercarse al foso y presentar la nuca. Los bebés eran lanzados al aire y las ametralladoras los tomaban como blanco. Fue en el bosque de Galitzia, cerca de Kolomaie. ¿Cómo había logrado salvarse él, Moshé-Shames? Por milagro. Herido en una pierna, lo creyeron muerto…

Durante muchos días y noches, iba de una casa judía a otra y relataba la historia de Malka, la joven que agonizó durante tres días, y la de Tobías, el sastre, que imploraba que lo mataran antes que a sus hijos…

Moshé había cambiado. Sus ojos ya no reflejaban alegría. Ya no cantaba. Tampoco hablaba ya de Dios o de la Cábala sino sólo de los que había visto. La gente no sólo se negaba a dar crédito a sus historias sino aun a escucharlo.

– Trata de que nos compadezcamos de su suerte. Qué imaginación…

 O bien:

– El pobre se ha vuelto loco.

 Y él lloraba:

– Judíos, escúchenme. Es lo único que les pido. Ni dinero ni compasión. Pero escúchenme –gritaba en la sinagoga, entre la oración del crepúsculo y la de la noche.

Yo mismo tampoco le creía. A menudo mes sentaba en su compañía, después del oficio de la noche y escuchaba sus historias, tratando de comprender su tristeza. Sólo sentía compasión por él.

– Me toman por loco –murmuraba, y las lágrimas, como gotas de cera, resbalaban de sus ojos.

Una vez le hice la pregunta:

– ¿Por qué estás tan empeñado en que crean lo que dices? En tu lugar, me sería indiferente que me crean o no…

Cerró los ojos como para huir del tiempo:

– No comprendes –contestó con desesperación-. No puedes comprender. Me he salvado por milagro. Logré volver hasta aquí. ¿De dónde provino esta fuerza? Quise volver a Sighet para relatarles mi muerte. Para que ustedes puedan prepararse mientras aún es tiempo. ¿Vivir? Ya no tengo apego a la vida. Estoy solo. Pero quise volver a advertirles. Y nadie me escucha…

(…)

La radio de Budapest anunció la toma del poder por el Partido Fascista. Horty Miklos tuvo que pedir a un jefe del Partido Nylas que formara el nuevo gobierno.

No era suficiente eso para inquietarnos. Es cierto que habíamos oído hablar de los fascistas, pero ello seguía siendo una abstracción. Era sólo un cambio de ministerio.

Al día siguiente, otra noticia inquietante: con el consentimiento del Gobierno, las tropas alemanas habían penetrado en territorio húngaro.

Aquí y allá, la inquietud comenzaba a brotar. Uno de nuestros amigos, Berkovitz, al volver de la capital, relató:

– Los judíos de Budapest viven en una atmósfera de miedo y terror. Todos los días, en las calles, en los trenes, se producen incidentes antisemitas. Los fascistas atacan las tiendas de los judíos, las sinagogas. La situación comienza a ponerse muy seria…

Esas noticias se extendieron por Sighet como un reguero de pólvora. Se hablaba de ello en todas partes. Pero no por mucho tiempo. Enseguida renacía el optimismo:

– Los alemanes no vendrán hasta aquí. Se quedarán en Budapest. Por razones estratégicas, políticas…

No habían transcurrido aún tres días cuando los coches del ejército alemán hicieron su aparición en nuestras calles.

(…)

Al séptimo día de Pascua, se alzó el telón: los alemanes detuvieron a los jefes de la comunidad judía.

A partir de ese momento, todo se desarrolló con mucha rapidez. La carrera hacia al muerte había comenzado.

Primera medida: los judíos no tendrían derecho a abandonar sus domicilio durante tres días, bajo pena de muerte.

Moshé-Shames llegó corriendo a nuestra casa y gritó a mi padre:

– Yo les advertí… – Y, sin esperar respuesta, desapareció.

El mismo día, la policía húngara hizo irrupción en todas las casas judías de la ciudad; un judío no tenía derecho a poseer oro, joyas, objetos de valor; todo debía ser entregado a las autoridades bajo pena de muerte. Mi padre bajó al sótano y enterró nuestras economías.

En casa, mi madre continuaba dedicada a sus ocupaciones. A veces se detenía y nos miraba en silencio.

Transcurridos los tres días, un nuevo decreto: cada judío debía llevar la estrella amarilla.

Los notables de la comunidad vinieron a ver a mi padre –que tenía relaciones en las altas esferas de la policía húngara- para preguntarle qué pensaba de la situación. Mi padre no la veía demasiado negra, o tal vez no quería desalentar a los otros y echar sal en sus heridas:

– ¿La estrella amarilla? De eso no se muere…

(¡Pobre padre! ¿De qué has muerto entonces?) Pero ya se proclamaban nuevos edictos. Ya no teníamos derecho a entrar en los restaurantes, en los cafés, a viajar en tren, a ir a la sinagoga, a salir a la calle después de las dieciocho horas.

Después fue el ghetto.

(WIESEL, Elie: La noche, El Aleph editores, pags. 14 a 20)

PREGUNTAS:

  1. A lo largo de todo el fragmento se percibe como la tragedia se va cerrando sobre la comunidad judía de Shiget, primero con los rumores sobre la muerte de los judíos, luego con la llegada de los  fascistas al poder y la ocupación alemana, y sin embargo los judíos no son  capaces de reaccionar. ¿Por qué crees que no se organizaron o huyeron antes de que fuera demasiado tarde?
  2. Averigua quién fue Horty Miklos. En general, ¿su política en Hungría fue favorable a los judíos o permitió la deportación y ejecución de éstos?
  3. ¿Cuándo fue ocupada Hungría por los alemanes? ¿Por qué motivo?
  4. ¿Qué medidas se decretaron contra los judíos? Imagínate como debían afectar estas medidas a la vida cotidiana de la población judía en las ciudades y escribe brevemente sobre sus problemas, inquietudes, miedos, etc.
  5. Explica cuál fue el último paso que se dio en la discriminación de los judíos, en las ciudades del este de Europa.
Anuncios