LA NOCHE: TRANSPORTE DE GANADO

Posted on 3 octubre, 2012

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A la mañana siguiente, caminamos hacia la estación donde nos esperaba un convoy de vagones para ganado. Los gendarmes húngaros nos hicieron subir a razón de ochenta personas por vagón. Nos dejaron algunas hogazas de pan, algunos baldes de agua. Controlaron los barrotes de las ventanillas para verificar si eran fuertes. Los vagones fueron sellados. En cada uno se había designado un responsable: sería fusilado si alguien escapaba.

En el andén se paseaban dos oficiales de la Gestapo, muy sonrientes; en resumidas cuentas, todo había salido bien.

Un silbido prolongado atravesó el aire. Las ruedas comenzaron a chirriar. Estábamos en camino.

Ni pensar en acostarse, o tan siquiera sentarse todos. Se decidió sentarse por turno. El aire estaba enrarecido. Felices aquellos que se encontraban cerca de una ventana y veían desfilar el paisaje en flor.

Al cabo de dos horas de viaje, comenzó a torturarnos la sed. Después el calor se volvió insoportable.

Liberados de toda interdicción social, los jóvenes se entregaban abiertamente a sus instintos y, a favor de la oscuridad, se unían en medio de nosotros, despreocupados de todo, solos en el mundo. Los demás simulaban no ver nada. Nos quedaban provisiones. Pero nunca se comía hasta satisfacer el hambre. Economizar era nuestro lema, economizar para el día siguiente. El día siguiente podía ser peor todavía.

El tren se detuvo en Kashau, una pequeña ciudad en la frontera checoslovaca. Comprendimos entonces que no nos íbamos a quedar en Hungría. Nuestros ojos se abrieron demasiado tarde.

La puerta del vagón se corrió. Se presentó un oficial alemán acompañado por un teniente húngaro, que traducía sus palabras:

– Desde este momento ustedes están bajo la autoridad del Ejército alemán. Aquel que todavía posea oro, plata, relojes, tendrá que entregarlos ahora. Aquel a quien después se le encuentre cualquiera de estas cosas será fusilado inmediatamente. Segundo: aquel que se encuentre enfermo puede pasar al vagón-hospital. Eso es todo.

El teniente húngaro pasó entre nosotros con una canastilla y recogió los últimos bienes de aquellos que no querían sentir más el gusto amargo del terror.

– Ustedes son ochenta en el vagón –agregó el oficial alemán-. Si falta alguno, todos serán fusilados como perros…

Se fueron. Las puertas volvieron a cerrarse. Habíamos caído en la trampa hasta el cuello. Las puertas estaban clavadas, el camino de retorno definitivamente cortado. El mundo era un vagón herméticamente cerrado.

(WIESEL, Elie, La Noche, El Aleph, pags. 31 a 34)

PREGUNTAS:

1. ¿Por qué comprenden los prisioneros demasiado tarde que “han caído en la trampa”?

2. ¿Qué métodos de seguridad se utilizaban para evitar las fugas? ¿Cuál era más efectivo?

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