LA NOCHE: SÓLO UN NÚMERO

Posted on 6 octubre, 2012

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La barraca donde nos hicieron entrar era muy larga. En el techo, algunos tragaluces azulados. La antecámara del infierno debe de tener ese aspecto. Tantos hombres enloquecidos, tantos gritos, tanta brutal bestialidad.

Decenas de reclusos nos recibieron, bastón en mano, golpeando en cualquier parte, a cualquiera, sin razón alguna. Las órdenes: “¡Desnudarse! ¡Rápido! ¡Raus! Conserven solamente el cinturón y los zapatos en la mano”.

Había que arrojar la ropa al final de la barraca. Ya había allí una gran pila. Trajes nuevos, otros viejos, sobretodos desgarrados, harapos. ¡Para nosotros era la verdadera igualdad!, la de la desnudez. Temblando de frío.

(…)

Los golpes continuaban cayendo:

– ¡Al peluquero!

Con el cinturón y los zapatos en la mano, me arrastré hasta los peluqueros. Sus navajas arrancaban el pelo, afeitaban todos los pelos del cuerpo. En mi cabeza zumbaba siempre el mismo pensamiento: no alejarme de mi padre.

Liberados de las manos de los peluqueros, nos pusimos a vagar en montón, encontrando amigos, conocidos. Esos encuentros nos llenaban de alegría –sí, de alegría-: “¡Dios sea alabado! ¡Vives todavía!”.

Pero otros lloraban. Aprovechaban la fuerza que les quedaba para llorar. ¿Por qué se habían dejado conducir hasta allí? ¿Por qué no se habían dado muerte en su cama? Los sollozos entrecortaban la voz.

(…)

Los kapos nos golpeaban de nuevo, pero yo había dejado de sentir el dolor de los golpes. Una brisa helada nos envolvía. Estábamos desnudos, el cinturón y los zapatos en la mano. Una orden: “¡Correr!”. Y nosotros corrimos. Al cabo de algunos minutos de correr, una nueva barraca.

Un barril de petróleo en la puerta. Desinfección. Lo sumergen a cada uno. Luego una ducha caliente. A todo correr. Al salir del agua, nos echan afuera. Correr de nuevo. Otra barraca: el almacén. Unos tablones muy largos. Montañas de trajes de presos. Nosotros corremos. Al pasar nos arrojan pantalón, blusa, camisa y calcetines.

En algunos segundos, habíamos cesado de ser hombres. Si la situación no hubiera sido trágica, habríamos podido estallar de risa. ¡Qué vestimentas! Meir Katz, un coloso, había recibido un pantalón de niño, y Stern, un hombrecito flaco, una blusa en la cual se perdía. Enseguida realizamos los intercambios necesarios.

(…)

Nos hicieron entrar en una nueva barraca, en el campo de los gitanos. En filas de cinco.

– ¡Y que nadie se mueva!

No había piso. Un techo y cuatro paredes. Los pies se hundían en el lodo.

Recomenzó la espera. Yo me dormí de pie. Soñé con una cama, con una caricia de mi madre. Y desperté: estaba parado, los pies en el barro. Algunos se desplomaban y permanecían acostados. Otros gritaban:

– ¿Están locos? Han dicho que hay que quedarse de pie. ¿Quieren atraernos una desgracia?

Como si todas las desgracias del mundo no hubieran caído ya sobre nuestras cabezas.

(…)

De pronto el silencio se hizo más profundo. Había entrado un oficial SS y con él el olor del Ángel de la Muerte. Teníamos la mirada fija en sus labios carnosos. Nos arengó en medio de la barraca:

– Se encuentran en un campo de concentración. En Auschwitz…

Una pausa. Observaba el efecto que habían producido sus palabras. Su rostro ha quedado grabado en mi memoria hasta hoy. Un hombre alto, de unos treinta años, con el crimen inscrito en la frente y las pupilas. Nos observaba como a una banda de perros leprosos aferrándose a la vida.

– Recuerden –prosiguió-, recuerden siempre, grábenselo en la memoria. Ustedes están en Auschwitz. Y Auschwitz no es una casa de convalecencia. Es un campo de concentración. Aquí ustedes deben trabajar. Si no, irán directamente a la chimenea. Al crematorio. Trabajar o el crematorio, la elección está en sus manos.

Esa noche habíamos vivido demasiado y creíamos que ya nada podía atemorizarnos. Pero esas palabras secas nos hicieron estremecer. La palabra “chimenea” no era aquí un palabra vacía de sentido: flotaba en el aire, mezclada con el humo. Tal vez era la única palabra que aquí tenía sentido real. Abandonó la barraca. Aparecieron los kapos y gritaron:

– Todos los especialistas, cerrajeros, carpinteros, electricistas, relojeros, ¡un paso adelante!

Se hizo pasar a los demás a otra barraca, esta vez de piedra. Con permiso de sentarse. Un deportado gitano nos vigilaba. (…)

Caminamos. Puertas que se abrían y se cerraban. Continuábamos caminando entre las alambradas electrificadas. A cada paso, un cartel blanco con un cráneo negro que nos miraba. Una inscripción: ¡ATENCIÓN! PELIGRO DE MUERTE. Qué burla: ¿había aquí un solo sitio en que no se estuviera en peligro de muerte?

(…)

Por la tarde, nos pusieron en fila. Tres prisioneros trajeron una mesa e instrumentos médicos. Con la manga del brazo izquierdo levantada, cada uno debía pasar delante de la mesa. Los tres “antiguos”, agujas en mano, nos grabaron un número en el brazo izquierdo. Yo me convertí en A-7713. En adelante no tendría otro nombre.

Al crepúsculo, pasaron lista. Los comandos de trabajadores habían vuelto a entrar. Junto a la puerta, la orquesta tocaba marchas militares. Decenas de millares de detenidos se mantenían en fila mientras los SS verificaban el nombre de cada uno de ellos.

Después de pasar lista, los prisioneros de todos los blocs se dispersaron en busca de amigos, de parientes, de vecinos llegados en el último convoy.

(WIESEL, Elie: La Noche, pags 45 a 53)

PREGUNTAS:

  1. Enumera los pasos que seguía un recluso desde su llegada al campo de concentración
  2. ¿Por qué crees que a los recién llegados se les obligaba a correr y se les golpeaba      constantemente y sin motivo?
  3. ¿Qué podía ocurrir con la ropa y otras pertenencias que habían traído los prisioneros?
  4. Incluso dentro de la desgracia hay momentos para la ironía y el humor, busca algunos ejemplos.
  5. ¿Por qué se refiere el autor al “olor del Ángel de la Muerte” cuando llega el oficial de las SS?
  6. ¿Qué posibilidades se ofrecen a los prisioneros en Auschwitz? Finalmente, ¿cuál piensas que      acababa siendo el destino de la mayoría?
  7. Explica qué significado tiene la frase “Yo me convertí en A-7713”. Durante el resto de sus vidas, los antiguos prisioneros de Auschwitz siguieron teniendo su número tatuado en el brazo, ¿puedes imaginarte qué consecuencias pudo tener para ellos este hecho?
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