LA NOCHE: DUDAS ANTE LA INMINENTE EVACUACIÓN

Posted on 12 octubre, 2012

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Esa tarde, a las cuatro, como de costumbre, la campana llamó a todos los jefes de bloc para el informe.

Volvieron quebrantados. No lograban abrir la boca para pronunciar esa palabra: “evacuación”. El campo iba a ser abandonado y nosotros seríamos enviados a la retaguardia. ¿Adónde? A algún lugar recóndito de Alemania. Hacia otros campos, ya que no escaseaban.

– ¿Cuándo?

– Mañana por la noche

– Tal vez los rusos lleguen antes…

– Tal vez.

Todos sabíamos bien que no.

El campo se había convertido en una colmena. La gente corría, se interpelaba. En todos los blocs se hacían preparativos para la marcha. Yo me había olvidado de mi pie enfermo. Un médico entró en la sala y anunció:

– Mañana en cuanto caiga la noche, el campo se pondrá en marcha. Un bloc tras otro. Los enfermos pueden quedarse en la enfermería. No serán evacuados.

Esta noticia nos dio que pensar. ¿Iban a permitir que los judíos oyeran el toque duodécimo de la hora? Era evidente que no.

– Todos los enfermos serán exterminados a quemarropa –dijo el sin-rostro-, y arrojados al crematorio en una última hornada.

– Seguramente que el campo está minado –observó otro-. Enseguida después de la evacuación, todo saltará.

En cuanto a mí, no pensaba en la muerte pero no quería separarme de mi padre. Habíamos sufrido, soportado tanto juntos: no era el momento de separarnos.

Corrí afuera en su busca. La nieve era espesa, las ventanas del bloc estaban veladas por la escarcha. Con un zapato en la mano, pues no podía calzarme el pie derecho, corrí sin sentir el dolor ni el frío.

– ¿Qué hacemos?

Mi padre no respondió.

– ¿Qué hacemos padre?

Estaba sumido en sus meditaciones. La elección estaba en nuestras manos. Por una vez, podíamos decidir nuestra suerte nosotros mismos. Quedarnos los dos en el hospital donde yo podía hacerlo entrar como enfermo o como enfermero, gracias a mi doctor. O bien seguir a los otros.

Estaba decidido a acompañar a mi padre a donde fuera.

– Bueno, ¿qué hacemos padre?

Él callaba.

– Dejemos que nos evacuen con los demás –le dije.

No respondió. Miraba mi pie.

– ¿Crees que podrás caminar?

– Creo que sí.

– Con tal de que no tengamos que arrepentirnos, Eliécer.

Después de la guerra supe la suerte corrida por aquellos que permanecieron en el hospital. Sencillamente, fueron liberados por los rusos dos días después de la evacuación

(WIESEL, Elie: La Noche, pag. 93 a 95)

PREGUNTAS:

  1. ¿Por qué deben abandonar el campo?
  2. ¿Qué duda tienen los protagonistas?
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