LA NOCHE: LUCHA POR EL PAN

Posted on 17 octubre, 2012

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No recibíamos ningún alimento. Vivíamos a base de nieve: ella hacía las veces de pan. Los días se parecían a las noches y las noches dejaban en nuestra alma las heces de su oscuridad. El tren avanzaba lentamente deteniéndose a menudo algunas horas y luego continuaba. No cesaba de nevar. Durante días y noches seguimos acurrucados unos contra otros sin decir palabra. No éramos sino cuerpos congelados. Con los párpados cerrados, sólo esperábamos la próxima parada para descargar a nuestros muertos.

Diez días, diez noches de viaje. A veces atravesábamos localidades alemanas. Generalmente muy temprano de mañana. Los obreros iban a su trabajo. Se detenían y nos seguían con la mirada, no demasiado asombrados.

Un día que nos habíamos detenido, un obrero sacó de su mochila un trozo de pan y lo arrojó dentro del vagón. Se produjo una avalancha. Decenas de hambrientos se mataban entre sí por algunas migajas. Los obreros alemanes miraban con gran curiosidad el espectáculo.

(…)

En el vagón donde había caído el pan se entabló una verdadera batalla. Se arrojaban unos contra otros, se pateaban, se despedazaban, se mordían. Bestias de presa frenéticas, con un odio animal en los ojos; una vitalidad extraordinaria se apoderó de ellos volviendo más punzantes sus dientes y sus uñas.

Un grupo de obreros y curiosos se había reunido a lo largo del tren. Sin duda nunca habían visto un tren con semejante cargamento. Pronto, aquí y allá, los trozos de pan empezaron a caer en los vagones. Los espectadores contemplaban a esos hombres esqueléticos que se mataban entre sí por un bocado.

Un trozo cayó en nuestro vagón. Decidí no moverme. Además, sabía que no tendría fuerzas para luchar contra esas decenas de hombres enfurecidos. No lejos de mí un anciano se arrastraba a cuatro patas. Acababa de apartarse de la pelea. Se llevaba la mano al corazón. Al principio creí que había recibido un golpe en el pecho. Pero después comprendí: bajo la chaqueta llevaba un trozo de pan. Con rapidez extraordinaria, lo extrajo y se lo llevó a la boca. Sus ojos se iluminaron; una sonrisa semejante a una mueca resplandeció en su rostro muerto. Enseguida se apagó. Una sombra acababa de alargarse a su lado. Y esa sombra se arrojó sobre él. Molido a golpes, el viejo gritaba:

– ¡Meir, mi pequeño Meir! ¿No me reconoces? Soy tu padre… Me estás matando… Asesinas a tu padre… Tengo pan para ti también … para ti también…

Y se desplomó. Todavía tenía en el puño cerrado un trocito de pan. Quiso llevárselo a la boca. Pero el otro se arrojó sobre él y se lo arrebató. Entonces el anciano murmuró algo, lanzó un estertor y murió en medio de la indiferencia general. Su hijo lo registró, tomó el trozo de pan y comenzó a devorarlo. No pudo ir lejos. Dos hombres lo habían visto y se precipitaron sobre él. Otros se agregaron a ellos. Cuando se apartaron, a mi lado había dos muertos, padre e hijo. Yo tenía quince años.

(WIESEL, Elie, La Noche, pag. 113-115)

PREGUNTAS:

  1. ¿Por qué se inicia una “batalla” dentro de los vagones?
  2. Fíjate cómo las condiciones extremas son capaces de destruir cualquier rasgo de humanidad, hasta los lazos familiares. ¿Cómo crees que afecta estos acontecimientos al protagonista de la historia? Explícalo a partir de la última frase: “Yo tenía quince años”
  3. ¿Qué actitud mantienen los alemanes durante la escena?
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