DESDE AQUELLA OSCURIDAD: STANISLAW SZMAJZNER, SUPERVIVIENTE DE SOBIBOR

Posted on 6 noviembre, 2012

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“Tras pasar una noche en un recinto alambrado cerca de la estación de Malenzow –dijo Stan-, a la mañana siguiente, temprano, nos pusieron en un tren de carga, cien o ciento cincuenta personas en cada vagón; tantos que nos manteníamos de pie unos contra otros. No había ventanas, sanitarios, no había luz ni aire. La gente orinaba, defecaba y vomitaba allí donde estaba. Unos pocos, los más débiles, morían de pie, y de pie se quedaban, no había espacio para hacer otra cosa con ellos.”

(…)

“Cuando se abrió la puerta de nuestro vagón –dijo-, lo único en que pensábamos era en salir a respirar aire. Lo primero que vi fueron dos guardianes con látigos; más tarde supimos que eran SS ucranianos. Inmediatamente empezaron a gritar, “Raus, raus”, golpeando ciegamente a los que tenían delante. Naturalmente, esto hacía que todos nos moviéramos deprisa; los que estaban detrás empujaban hacia adelante, y los de delante, blanco inmediato de los látigos ucranianos, saltaban tan pronto como podían. Todo estaba perfectamente planeado para sacarnos de los vagones sin demora. Sólo abrían tres vagones a la vez; eso también  formaba parte del funcionamiento. Cuando salté con mi familia, agarré inmediatamente la mano de mi hermano y sobrino pequeños. Grité: “Hay que estar juntos”. Mi primo mayor también logró quedarse con nosotros, pero enseguida perdimos de vista a mi padre. Miramos en derredor desesperados, pero las prisas, el ruido, el miedo y la confusión eran indescriptibles; era imposible encontrar a nadie un vez se le perdía de vista. A unos veinte metros, al otro lado de la “plaza”, vi una hilera de oficiales de las SS que estaban disparando. Sobre todo me fijé en Stangl –dijo Stanislaw-, porque vestía una chaqueta blanca: destacaba. También disparaba. No puedo decir si mató a alguien ni, de hecho, si alguien murió a causa de aquellos disparos, pero sin duda estaban disparando. No, no puedo decir si Stangl disparaba a la multitud o por encima de ella. Todos disparaban. El propósito era hacernos correr en una dirección, a través de una entrada y una especie de corredor hacia una plaza.”

(…)

“A la salida del corredor hacia la segunda plaza –prosiguió Stan- dos ucranianos más dividían las llegadas en dos grupos: mujeres y niños a la derecha, hombres y chicos a la izquierda. Las mujeres eran inmediatamente alineadas en hileras de cuatro –también mi madre y mi hermana- y las hacían marchar por otra entrada a la derecha, no sabíamos hacia dónde. Entonces nos alinearon a nosotros también de a cuatro. Ahí es cuando vi por vez primera a Gustav Wagner, un hombre muy alto, levemente deforme, que caminaba con una suerte de serpenteo. Gritó: “Carpinteros, sastres y mecánicos: un paso al frente”. Ahí es cuando nos convencimos de que se trataba de un campo de trabajo. Todavía no sé qué es lo que me hizo dar un paso al frente. Pero me salí de la hilera, di un paso hacia él y dije, en alemán, claro: “¿No necesita a un orfebre?”. Claro que yo no era más que un chico. Me miró y dijo. “¿Tú? ¿Me estás diciendo que eres orfebre?”. Dije que sí, que lo era, y también mis dos hermanos y mi primo, y les señalé. Naturalmente no lo eran, pero dije que lo eran porque me parecía lo adecuado. Abrí enseguida mi mochila y saqué algunas de mis herramientas (es todo lo que llevaba), se las mostré y también algo que había hecho. Dios sabe que inspiración me había hecho llevarme todo eso conmigo. Bien, nos dijo que saliéramos de la hilera y nos señaló una esquina. “Id a sentaros allí”, dijo. Poco después envió a otro chico, era un rotulista. Y nos sentamos allí durante horas creo, hasta que todos los del transporte habían salido por el mismo acceso a la derecha. Seguíamos sin saber adónde.”

(…)

“Fue al séptimo día de nuestra llegada cuando un guardia ucraniano se acercó –presumiblemente a la ventana del barracón- y dijo que tenía un mensaje para mí, que me lo entregaría si le daba algo de oro. Le dije que le daría el oro al día siguiente. La nota era de otro primo que estaba en el Campo III –el campo de gaseo y sepultura-. Decía que debía recitar el kaddish por mi padre. “Aquí nadie sobrevive”, decía. “Reza por ellos”.

“Entonces lo supimos. También aprendimos que, de cada transporte, apartaban a cincuenta hombres y chicos fuertes para que limpiaran después de que la carga hubiera sido asesinada. Los cadáveres todavía no se incineraban. Los enterraban en fosas de cal. Y cuando habían terminado de limpiar, también ellos eran asesinados. Al principio, esto sucedía cada día. No fue hasta más tarde cuando se formaron comandos semipermanentes que hacían este trabajo durante semanas, meses y, algunos de ellos, durante la entera duración del campo. Pero, desde aquel momento, la conciencia de la proximidad de la muerte ya no me abandonó. Aunque, eso es cierto, en lo más hondo de mí nunca creí que yo, yo, moriría.”

(…)

“Sabía que el trabajo era la única garantía que teníamos. Trabajé día y noche. Se trataba de hacerse indispensable. Y todos querían cosas de oro.”

(SERENY, Gitta: Desde aquella oscuridad. Conversaciones con el verdugo: Franz Stangl comandante de Treblinka, Edhasa, 2009, pag. 173 a 180)

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