DESDE AQUELLA OSCURIDAD: RICHARD GLAZAR. SOBREVIVIR A TREBLINKA. LA CUESTIÓN DE LA HIGIENE

Posted on 13 noviembre, 2012

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“El periodo entre finales de octubre y principios de enero fue el culminante: era cuando llegaban más transportes, a veces hasta seis, veinte mil personas al día. Al principio, en su mayoría judíos de Varsovia y del oeste, con sus riquezas; ante todo, grandes cantidades de comida, dinero y joyas. Resulta increíble cuánto y qué comíamos. Recuerdo a un chico de dieciséis años que, unas semanas después de su llegada, dijo una noche que nunca había vivido tan bien como en Treblinka. Era, ya lo ve, muy distinto del modo en que la gente ha escrito al respecto.

Mire, no íbamos vestidos en uniformes a rayas, mugrientos, piojosos, ni la mayor parte del tiempo moríamos de hambre, como sucedía con la mayoría de los prisioneros de campos de concentración. Mi propio grupo, los checos y los “judíos cortesanos”, vestía extremadamente bien. En definitiva, no había escasez de ropa. Yo solía vestir con pantalones de montar, una chaqueta de piel, botas marrones, camisa, corbata de seda y, cuando hacía frío, un suéter. En los meses calurosos, vestía pantalones más frescos, camisa y una chaqueta por la noche. Lustraba mis botas una o dos veces al día hasta que casi me reflejaba en ellas, como un espejo. Cambiaba de camisa cada día y, naturalmente, también de ropa interior. Nosotros no teníamos piojos, pero como es lógico los barracones estaban infestados, era inevitable con todo lo que llegaba con los transportes. Vestía un par de pijamas durante dos noches hasta que quedaban todos salpicados de sangre por los insectos que aparecían por la noche, y entonces pensaba: “Mañana tengo que pillar pijamas nuevos. Espero que sean de seda, están de camino”. Suena fatal, ¿no cree? Pues así pasaba a ser uno. Estábamos muy concienciados con nuestro aspecto, era muy importante aparecer limpio cuando pasaban lista. Uno siempre pensaba en nimiedades todo el tiempo,  como: “Tengo que afeitarme; si me vuelvo a afeitar, me habré ganado otro pase”. Siempre tenía conmigo un juego de afeitar. Lo sigo teniendo. Me afeitaba hasta siete veces al día. Con todo, ésa era una de las incertidumbres más angustiosas, pues uno nunca sabía de qué humor estarían los alemanes; no sabía si le matarían si les veían afeitándose o lustrando las botas. Era una ruleta diaria increíble. Mire, un SS podía considerar que un hombre que se cuidaba de ese modo se estaba mostrando “manifiestamente”, el pecado capital, y puede que otro no lo viera así. El efecto de ir siempre limpio ayudaba; incluso les producía cierto respeto. Pero si te veían mientras te dedicabas a ello, podían interpretarlo como una muestra de exhibicionismo o como un modo de hacer la pelota, y podía inducir a castigo o a que te mataran. Por fin comprendimos que la máxima seguridad estaba en parecerse (aunque sin excesos) a los propios SS, y la relevancia de esto iba incluso más allá de la cuestión de la “seguridad”.

(SERENY, Gitta: Desde aquella oscuridad. Conversaciones con el verdugo: Franz Stangl comandante de Treblinka, Edhasa, 2009, pag. 283 a 284)

PREGUNTAS:

1. ¿Por qué la higiene se convertía en una obsesión para los miembros del comando?

2. ¿De dónde procedía la ropa que utilizaban los prisioneros del comando?

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