DIARIO DE HÉLÈNE BERR: IGNORANCIA E INCOMPRENSIÓN

Posted on 9 diciembre, 2012

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Mañana del martes, 19 de octubre (1943)

Me despierto angustiada por este problema de la incomprensión ajena. He llegado a preguntarme si lo que yo quería no era imposible. Ayer, en la Sorbona, hablé con una compañera muy amable, la señora Gibelin. Había, sin embargo, entre nosotras el foso de la ignorancia. Pero creo que si ella supiera estaría tan angustiada como yo. Por eso he cometido mil veces el error de no hacer el esfuerzo de contarlo todo, de zarandearla, de obligarla a comprender.

Pero hay muchas cosas en mí que dificultan este esfuerzo: primero la repulsión que me produce despertar la compasión de los demás (y, sin embargo, siempre trato de arrancarles su comprensión y de que se avergüencen un poco de sí mismos). Sólo que aquí tropezamos con un grave problema: la naturaleza humana está hecha de tal modo que tu interlocutor sólo comprenderá si les das pruebas inmediatas, pruebas de las que eres el centro: no le emocionarán tus relatos sobre los demás, sino tu propia suerte. No le arrancarás un poco de comprensión contándole las desgracias que te afligen. ¿Pero entonces? Advierto con hastío que voy descaminada: que soy yo la que ha pasado a ser el centro de atención, mientras que lo único que cuenta es la tortura de los demás, es la cuestión de principio, los miles de casos individuales que la constituyen; advierto con horror que el otro da su compasión (que es mucho más fácil de obtener que su comprensión, porque ésta implica una adhesión de todo su ser, una revisión total de uno mismo).

¿Cómo resolver este dilema?

Hay muy pocas almas lo bastante generosas para afrontar la cuestión en sí misma, para en lugar de considerar un caso individual a la persona que lo cuenta ver a través de ella el sufrimiento ajeno.

Esas almas deben poseer una gran inteligencia y también una gran sensibilidad, no basta con poder ver, hay que poder sentir, sentir la angustia de la madre a la que han arrebatado sus hijos, la tortura de la mujer separada de su marido; la suma inmensa de valentía que todos los deportados deben reunir todos los días, los sufrimientos y las miserias físicas que deben acosarles.

Termino preguntándome si sencillamente no debería limitarme a dividir el mundo en dos partes: la de las personas que no pueden comprender (aunque sepan, aunque yo se lo cuente; sin embargo, todavía creo muchas veces que la culpa es mía, porque no sé como convencerlas), y la de los que comprenden. Decidirme a dedicar en adelante mi afecto y mis preferencias a esta última parte. En suma, renunciar a una parte de la humanidad, renunciar a creer que todas las personas son perfectibles.

Y en esta categoría preferida habrá un gran número de gentes sencillas y de gente del pueblo y muy pocos de los que llamamos “amigos nuestros”

(BERR, Hélène: Diario, Anagrama, pag. 174-175)

PREGUNTAS:

  1. ¿Qué es lo que reprocha la autora al resto de la población no judía?
  2. ¿Qué dudas se le plantean a la autora a la hora de tratar con la población que ignora la realidad sobre el sufrimiento de los judíos? Fíjate en el sentimiento de  culpabilidad de la autora, muy frecuente entre las víctimas.
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