DIARIO DE HÉLÈNE BERR: UGIF Y COLABORACIONISMO

Posted on 13 diciembre, 2012

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Niñas en el centro de la UNIF en Louveciennes. Fuente: Yad VashemVamos Dense, Nicole y yo a la rue de Téhéran a incribirnos en el patronato. A todas nos ha entrado la risa tonta, pero creo que era una especie de exhilaration, de exaltación. Katz nos dice: “¡No se os ha perdido nada aquí! Si queréis mi consejo, marchaos.” A lo que respondo, incluso antes de que él termine: “No queremos irnos.” Entonces él dice: “En ese caso, es absolutamente necesario ocuparos.”

Nos expiden un certificado bastante desagradable. Nicole no cesa de enfurecerse diciendo que es una concesión a los alemanes. Yo lo considero el precio que hay que pagar por quedarse aquí. Es un sacrificio, porque detesto todos esos movimientos más o menos sionistas que les siguen el juego a los alemanes sin darse cuenta de ello: y, además, va a llevarnos mucho tiempo. La vida se ha vuelto muy extraña.

(BERR, Hélène: Diario, Anagrama, pag. 96-97)

(…) lo único que hacíamos era intentar aliviar las desgracias ajenas. Sabíamos lo que ocurría; cada nueva medida, cada deportación nos arrancaba un pedazo adicional de dolor. Nos acusaban de colaboradores porque los que acudían a nosotros acababan de presenciar la detención de un miembro de su familia, y era natural que tuviesen esta reacción al vernos. Oficina de explotación de la miseria ajena. Sí, comprendo que hayan pensado esto. Desde fuera tenía un poco este aspecto. Ir a trabajar allí todas las mañanas, como a una oficina, pero donde nos visitaban personas que venían a saber si tal o cual persona había sido detenida o deportada, donde las fichas y las cartas que se clasificaban eran el nombre de mujeres, de niños, de ancianos, de hombres cuyo destino era tan atroz. ¡Oficina! Aquello tenía algo de siniestro.

Me acuerdo incluso de que uno o dos veces, por la fuerza de la rutina, que me inducía a recorrer este camino todas las mañanas a la misma hora, por un momento había considerado esta vida como “oficinesca”, como algo normal y corriente, y de haberme alegrado de reunirme con mis amigas. Pero si esta sensación era culpable (y quién no la habría tenido, ya que exteriormente era una vida igual que la de un oficinista), juro que en cuanto ponía el pie en el primer peldaño se desvanecía, que tenía plena conciencia de que la materia con la que iba a trabajar era el dolor humano, que sabía bien que no era una vida de oficinista ordinaria, que los demás se equivocaban al criticarnos. Comprendo muy bien que el aspecto externo de toda esta administración haya suscitado el asco, porque la primera vez que fui a la rue de Téhéran, cuando detuvieron a papá, me acuerdo de la impresión horrible que me produjo. Ver a unos hombres reunidos en una oficina, cuando la materia sobre la que operaban era el sufrimiento infligido adrede por los alemanes a otros seres humanos.

¿Por qué entré a trabajar allí? Para poder hacer algo, para estar muy cerca de la desdicha. Y, al servicio de los internados, hacíamos lo que podíamos. Los que nos conocen bien nos comprendían y nos juzgaban con justicia.

Respecto a los de fuera que pensaban que nos habíamos metido allí para protegernos gracias a aquel famoso carné de legitimación, si yo hubiera podido considerar este asunto desde ese punto de vista me habría negado a entrar. Cuando ingresamos, en julio de 1942, justo después de la redada del 16, todos nuestros amigos abandonaban París enloquecidos, Katz le había dicho a mamá que si insistíamos en quedarnos tendríamos que buscarnos una actividad, entonces se hablaba de recoger a los jóvenes en paro, sin distinción especial. Cuando nos dio las tarjetas era otra cosa más al margen, y nos había dicho: “Si les detiene en la calle alguien de la Gestapo, enséñenle esto.” Pero en aquel momento el carné no tenía el valor que tuvo más adelante (y que ha perdido ahora). Apenas pensábamos en él. Sólo pensábamos en el sacrificio que representaría para nosotras entrar en una asociación semejante. Después he cambiado, he limpiado muchas cosas en mi interior, a costa de pérdidas terribles. Para los que pensaban que estábamos allí para protegernos, la redada del 30 de julio fue un desmentido flagrante.

Por otra parte, nadie conocía mejor que nosotras la inestabilidad e inseguridad de nuestra situación. Me acuerdo de lo que decía la señora Schwartz.

¿Por qué he removido todos estos recuerdos? Ahora que vuelvo a pensarlo, el pasado cobra de nuevo su aspecto de dumb show. Todo esto está muerto.

Pero al pensarlo comprendo por qué estaba yo desorientada, out of joint (descaminada), por qué todo esto me parecía muerto. Olvido que llevo una vida póstuma, que debería haber muerto con ellos. Si hubiese partido con ellos, la nueva vida me habría parecido una continuación de la otra, no habría tenido esta sensación.

(BERR, Hélène: Diario, Anagrama, pags. 220-222)

PREGUNTAS:

  1. ¿En qué institución se han inscrito las protagonistas de estos fragmentos?      ¿Cuáles eran sus funciones?
  2. ¿De qué manera trata la autora del texto de mostrar la “normalidad” con la que  intenta vivir el día a día? ¿Lo consigue? ¿Por qué?
  3. ¿De qué se acusaba a los miembros de esta institución? ¿Qué supuestas ventajas tenía la pertenencia a esta institución? En última instancia, ¿era      efectiva esa protección?
  4. ¿Por qué afirma la autora al final del fragmento que lleva una “vida póstuma”? Explica el sentido de todo ese último párrafo.

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