EL PIANISTA DEL GUETO DE VARSOVIA: CAMPOS DE FORMACIÓN SOCIAL

Posted on 6 enero, 2013

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Parecía que las cosas no podían empeorar. Pero no era nada más que el punto de vista judío; los alemanes pensaban de otro modo. Fieles a su sistema de ejercer la presión por etapas graduales, promulgaron nuevos decretos represivos en enero y febrero de 1940. En el primero se proclamaba que los judíos teníamos que trabajar dos años en campos de concentración, donde recibiríamos “la formación social adecuada” que nos redimiera de ser “parásitos en el organismo sano de los pueblos arios”. Tenían que ir los hombres de entre doce y sesenta años, y las mujeres de entre catorce y cuarenta y cinco. En el segundo decreto se establecía el método para inscribirnos y trasladarnos. Para ahorrarse molestias, los alemanes encargaron la tarea al Consejo Judío, que se ocupaba de la administración de la comunidad. Debíamos asistir a nuestra propia ejecución, preparar nuestra caída con nuestras propias manos, cometer una especie de suicidio legalizado. Los transportes tenían que salir en primavera.

El Consejo decidió actuar de modo que se salvaran la mayoría de los intelectuales. Pagando mil zlotys por cabeza, el Consejo enviaba a un miembro de las clases trabajadoras judías como sustituto de la persona supuestamente registrada. Claro que no todo el dinero iba al bolsillo de los pobres sustitutos: los funcionarios del Consejo tenían que vivir, y vivir bien, con vodka y alguna que otra exquisitez.

Pero los transportes no salieron en primavera. Una vez más se supo que no había que tomarse en serio los decretos oficiales alemanes, e incluso se redujo la tensión en las relaciones entre judíos y alemanes durante unos pocos meses, reducción que pareció más auténtica a medida que iba aumentando en ambas partes la preocupación por lo que ocurría en el frente.

(…)

Embriagados por la victoria [caída de Paris] y haciendo un breve alto para tomar liento, los alemanes tuvieron tiempo entonces de volver a pensar en nosotros, aunque no se puede decir que nos hubieran olvidado del todo mientras se luchaba en el oeste. Todo el tiempo se sucedían los robos a judíos, las evacuaciones forzosas y las deportaciones a campos de trabajo en Alemania, pero ya estábamos acostumbrados. Ahora había que esperar lo peor. En septiembre salieron los primeros transportes hacia los campos de trabajo de Belzec y Hrubieszow. Los judíos que recibían allí “la formación social adecuada” se pasaban días y días con el agua hasta la cintura arreglando el alcantarillado, y obtenían cien gramos de pan y un plato de sopa aguada al día para mantenerse. El trabajo no duró en realidad dos años, como se había anunciado, sino sólo tres meses. Sin embargo, fue tiempo suficiente para que los trabajadores se agotaran físicamente y en muchos casos contrajeran tuberculosis.

Los hombres que quedaron en Varsovia también tenían que presentarse para trabajar: todos debían cumplir seis días de trabajo físico al mes. Hice todo lo posible por eludir ese trabajo. Me preocupaban mis dedos. Un pequeño problema muscular, una inflamación de las articulaciones o simplemente un mal golpe habría bastado para poner fin a mi carrera como pianista. Henryk veía las cosas de otro modo. En su opinión, una persona con creatividad intelectual debe hacer trabajo físico para conocer bien sus capacidades, así que cumplió con su cuota de trabajo aunque ello interrumpiera sus estudios.

(Wladyslaw Szpilman: El pianista del gueto de Varsovia, Turpial y Amaranto, Madrid, 2000, pags. 57-60)

PREGUNTAS:

1. ¿Cuáles son las nuevas medidas aplicadas contra los judíos? ¿Cuál es en teoría su objetivo? En realidad, ¿para qué debían servir?

2. Explica cuál es el papel de las autoridades judías en este proceso. ¿Qué valoración merecen del autor?

3. ¿Cuáles son las preocupaciones del autor durante este periodo?

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