EL PIANISTA DEL GUETO DE VARSOVIA: DIVISIÓN DEL GUETO

Posted on 9 enero, 2013

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El gueto estaba dividido en dos zonas, una grande y otra pequeña. Tras las sucesivas reducciones de tamaño, el gueto pequeño, delimitado por las calles Wielka, Sienna, Zelazna y Chlodna, sólo tenía una conexión con el gueto grande, a través de la calle Chlodna por la esquina con Zelazna. El gueto grande comprendía todo el norte de Varsovia, contenía infinidad de callejuelas estrechas y malolientes, abarrotadas de judíos que vivían en condiciones de extrema pobreza, hacinamiento y suciedad. El gueto pequeño estaba también atestado, pero no hasta extremos tan irracionales. En cada habitación vivían tres o cuatro personas, y maniobrando y moviéndose con habilidad era posible caminar por las calles sin chocar con otros transeúntes. Tampoco ese posible contacto físico revestía demasiado peligro, porque quienes vivían en el gueto pequeño eran sobre todo intelectuales y miembros prósperos de la clase media; estaban relativamente libres de parásitos y hacían todo lo posible por exterminar los que, de manera inevitable, adquirían en el gueto grande. La pesadilla no comenzaba hasta que uno no cruzaba la calle Chlodna: era entonces cuando sabía si había tenido la suerte y el instinto necesarios para llegar a ese lugar en el momento adecuado.
La calle Chlodna estaba en el barrio “ario” de la ciudad, y había en ella mucho ajetreo de coches, tranvías y viandantes. Permitir que la población judía fuera por la calle Zelazna desde el gueto pequeño al grande, y a la inversa, implicaba que el tráfico tenía que detenerse cuando la gente cruzaba la calle Chlodna. Como esto suponía una incomodidad para los alemanes, a los judíos se les permitía cruzar con la menor frecuencia posible.

(…)

Sólo cuando me encontraba a salvo al otro lado de la calle Chlodna veía yo el gueto  como era en realidad. Sus gentes no tenían capital ni objetos de valor ocultos; se ganaban el pan comerciando. Cuanto más se internaba uno en el laberinto de callejuelas, más vivaz y urgente era el comercio. Mujeres con niños agarrados a la falda abordaban a los viandantes ofreciéndoles su mercancía: unos pocos pasteles sobre un trozo de cartón. Constituían toda la fortuna de esas mujeres, y que sus hijos tuvieran un trocito de pan negro para comer esa noche dependía de que se vendieran. Ancianos judíos, irreconocibles de puro demacrados, trataban de atraer la atención de los transeúntes hacia unos harapos con los que esperaban ganar un poco de dinero. Los hombres jóvenes comerciaban con oro y billetes, librando amargas y enconadas batallas por cajas de reloj deterioradas, trozos de cadena o billetes de un dólar ajados y sucios que ponían al trasluz, con lo que se veía que eran defectuosos y apenas valían nada, aunque los vendedores insistían con vehemencia en que estaban “casi nuevos”.

(Wladyslaw Szpilman: El pianista del gueto de Varsovia, Turpial y Amaranto, Madrid, 2000, pags. 67-70)

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