EL PIANISTA DEL GUETO DE VARSOVIA: TRANVÍAS

Posted on 10 enero, 2013

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TRANVÍA EN LA CALLE LESZNOLos denominados konhellerki, tranvías tirados por caballos, avanzaban por las calles abarrotadas entre traqueteos y ruido de campanillas; la lanza y los caballos hendían la aglomeración de cuerpos humanos como un barco surca las aguas. Se daba ese nombre a los tranvías porque sus propietarios eran Kon y Heller, dos potentados judíos que estaban al servicio de la Gestapo y tenían florecientes negocios. Las tarifas eran bastante elevadas, de modo que sólo viajaban en tranvía los pudientes, que iban al centro del gueto únicamente para asuntos de negocios. Cuando llegaban a su parada, procuraban abrirse paso por la calle lo más deprisa posible hasta la tienda u oficina en la que tenían una cita, e inmediatamente después tomaban otro tranvía para abandonar el terrible barrio cuanto antes.
El mero hecho de llegar desde la parada del tranvía hasta la tienda más cercana no era fácil. Decenas de mendigos estaban al acecho de ese breve encuentro con un ciudadano próspero, al que acosaban tirándole de las ropas cerrándole el paso, mendigando, llorando, gritando, amenazando. Pero era una imprudencia que alguien sintiera compasión y diera algo a un mendigo, porque entonces los gritos se convertían en alaridos. A esa señal acudían más y más figuras desdichadas que brotaban de todas partes y el buen samaritano terminaba asediado, cercado por espectros andrajosos que lo salpicaban con su saliva de tísicos, por niños cubiertos de llagas que se interponían en su camino, por muñones de brazos, ojos cegados, hediondas bocas sin dientes, todos pidiendo compasión en ese último momento de su vida, como si sólo el apoyo instantáneo pudiera retrasar su fin.
(Wladyslaw Szpilman: El pianista del gueto de Varsovia, Turpial y Amaranto, Madrid, 2000, pags. 70)

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