EL PIANISTA DEL GUETO DE VARSOVIA: LA CALLE KARMELICKA

Posted on 12 enero, 2013

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KARMELICKAPara llegar al centro del gueto había que ir por la calle Karmelicka, única que llegaba hasta allí. Era del todo imposible no rozarse con otras personas en esa calle. La densa muchedumbre no caminaba, sino que avanzaba a empujones y codazos, formando remolinos delante de los puestos y remansándose fuera de los portales. Las ropas mal aireadas, la mugre y la basura en descomposición de las calles desprendían un fuerte olor a podrido. A la menor provocación se producía un ataque de pánico entre la multitud, que corría de un lado a otro de la calle chocando y apretujándose entre gritos y blasfemias. La calle Karmelicka era un lugar especialmente peligroso: los coches celulares la recorrían varias veces al día. Llevaban a los prisioneros, invisibles tras las chapas de acero gris y las reducidas ventanillas opacas, desde la cárcel de Pawiak al centro de la Gestapo del paseo Szuch; en el viaje de vuelta transportaban lo que quedaba de ellos después del interrogatorio: despojos sanguinolentos de seres humanos con los huesos rotos, los riñones destrozados y las uñas arrancadas. La escolta de esos coches no permitía que nadie se acercara a ellos, aunque eran vehículos blindados. Cuando giraban hacia la calle Karmelicka, que estaba tan congestionada que ni con la mejor voluntad del mundo podría haberse refugiado la gente en los portales, los hombres de la Gestapo se asomaban y golpeaban a la multitud de manera indiscriminada con porras. Esto no hubiera sido especialmente peligroso con las porras normales de caucho, pero las que usaban los hombres de la Gestapo estaban tachonadas de clavos y hojas de afeitar.

(Wladyslaw Szpilman: El pianista del gueto de Varsovia, Turpial y Amaranto, Madrid, 2000, pags. 71)

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