EL PIANISTA DEL GUETO DE VARSOVIA: UMSCHLAGPLATZ (II)

Posted on 18 enero, 2013

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UMSCHLAGPLATZ VARSOVIAEl Umschlagplatz estaba en el límite del gueto. Era un recinto junto a las vías muertas del ferrocarril, rodeado por una maraña de calles, callejuelas y senderos mugrientos. A pesar de su aspecto poco atractivo, antes de la guerra había habido ricos allí. Una de las vías muertas había sido el destino de grandes cantidades de mercancías de todo el mundo. Comerciantes judíos negociaban con ellas para luego suministrarlas a tiendas de Varsovia desde los almacenes de la calle Nalewski y el pasaje Simon. El lugar era un enorme óvalo, en parte rodeado por edificios y en parte cercado, con una serie de calles que afluían a él, como arroyos a un lago, y enlazaban con la ciudad. La zona había sido cerrada con puertas en las desembocaduras de las calles y podía contener hasta ocho mil personas.
Cuando llegamos allí, el recinto aún estaba bastante vacío. La gente iba y venía, buscando agua en vano. Era un día cálido y radiante de finales de verano. (…)
Nos habíamos instalado lo mejor que habíamos podido para esperar el tren. (…)
Cada cierto tiempo llegaban vehículos hasta las puertas del Umschlagplatz con nuevos grupos de gente destinada al reasentamiento. Los recién llegados no ocultaban su desesperación. Los hombres daban grandes voces, y las mujeres que habían sido separadas de sus hijos gritaban y sollozaban desconsoladas. Pero enseguida la atmósfera de plomiza apatía que reinaba en el recinto comenzaba a afectarlos también a ellos. Se iban tranquilizando y sólo de vez en cuando había un breve estallido de pánico, al entrar un SS que pasaba a matar a alguien que no se había apartado de su camino con suficiente rapidez o cuya expresión no era suficientemente humilde.
(…)
El sol estaba cada vez más alto y brillaba con más fuerza, y el tormento del hambre y la sed se acrecentaba. La noche anterior habíamos terminado con el pan y la sopa que nos quedaba. Era difícil permanecer quieto en un sitio, así que decidí dar una vuelta; tal vez así me sentiría mejor.
Cuanta más gente llegaba, más se congestionaba la plaza; había que caminar sorteando los grupos de personas sentadas y tumbadas. En todos se hablaba del mismo tema: adónde nos iban a llevar y si de verdad nos mandaban a trabajar, como insistía en decirnos la policía judía.
(…)
Mujeres con niños en brazos se arrastraban de grupo en grupo mendigando una gota de agua. Los alemanes habían cortado a propósito el abastecimiento de agua del Umschlagplatz. Los ojos de los niños estaban como sin vida, con los párpados caídos: las cabecitas colgaban de los delgados cuellos y los labios resecos se abrían como bocas de pececillos arrojadas a la orilla por los pescadores.

(…)

Cuando volví junto a mi familia ya no estaban solos. Una amiga de mi madre se había sentado junto a ella, y su marido, en otro tiempo propietario de una gran tienda, se había unido a mi padre y a otro conocido de ambos. El comerciante estaba bastante optimista. Sin embargo, su compañero, un dentista que tenía la consulta en la calle Sliska, no lejos de nuestro piso, veía todo con tintes muy oscuros. Estaba nervioso y amargado.
-¡Qué vergüenza para todos nosotros! –casi gritó- ¡Les estamos dejando que nos lleven a la muerte como ovejas que van al matadero! ¡Si atacáramos a los alemanes nosotros, que somos medio millón, podríamos escapar del gueto o al menos moriríamos con honor, no como una mancha en el rostro de la Historia!
Nuestro padre escuchaba. Bastante incómodo pero con una sonrisa amable, se encogió un poco de hombros y preguntó:
– ¿Cómo puedes estar tan seguro de que nos envían a la muerte?
– Bueno, claro que no lo sé de cierto. ¿Cómo voy a saberlo? ¿Nos lo iban a decir? ¡Pero puedes estar seguro al noventa por ciento de que piensan aniquilarnos!
Nuestro padre sonrió otra vez, como si estuviera todavía más seguro de sí mismo después de esa respuesta:
– Mira –le dijo, señalándole la muchedumbre concentrada en el Umschlagplatz-. ¡No somos héroes! Somos gente normal y corriente, y por eso preferimos arriesgarnos y confiar en ese diez por ciento de posibilidades de vivir.
El comerciante estaba de acuerdo con mi padre. Su opinión era también diametralmente opuesta a la del dentista: los alemanes no podían ser tan tontos como para desperdiciar la ingente mano de obra potencial que representaban los judíos. Él pensaba que íbamos a ir a campos de trabajo, tal vez dirigidos de manera muy estricta, pero que seguramente no iban a matarnos.

(…)

A primera hora de la tarde vimos cómo conducían al recinto a un nuevo grupo de personas destinadas al reasentamiento. Nos heló la sangre descubrir a Henryk y Halina entre ellos. Así que iban a compartir también nuestro destino, con lo que nos había consolado pensar que al menos ellos dos se salvarían.
(…)
El policía judío que los había llevado me conocía del café Sztuka y yo suponía que podría ablandar su corazón con bastante facilidad, sobre todo porque no había ninguna razón formal para que ellos dos estuvieran allí. Por desgracia, calculé mal: no quiso ni oír hablar de que se fueran. Como todos los policías, estaba obligado a entregar a cinco personas en el Umschlagplatz todos los días, so pena de ser reasentado él si no lo cumplía. Con Halina y Henryk alcanzaba su cuota diaria de cinco. Estaba cansado y no tenía intención de dejarlos ir para tener que ponerse a cazar a otras dos personas, Dios sabía dónde. En su opinión las cacerías no eran tarea fácil, porque la gente no iba cuando la policía la llamaba, sino que se escondía, y en cualquier caso estaba harto de todo el asunto. (Wladyslaw Szpilman: El pianista del gueto de Varsovia, Turpial y Amaranto, Madrid, 2000,pag. 100-105)

PREGUNTAS:

1. ¿Por qué los judíos eran concentrados en la Umschlagplatz de Varsovia?

2. ¿En qué condiciones se encontraban los judíos allí reunidos?

3. ¿Por qué motivos no se producía más alboroto o un motín contra los alemanes?

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