EL PIANISTA DEL GUETO DE VARSOVIA: UMSCHLAGPLATZ (III)

Posted on 20 enero, 2013

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UMSCHLAGPLATZ 2Eran ya las cinco de la tarde, pero seguía haciendo el mismo calor y la aglomeración aumentaba a cada hora que pasaba. Algunas personas se perdían entre la masa y llamaban inútilmente a sus acompañantes. Oíamos disparos y gritos que indicaban que había cacerías en las calles próximas. La agitación se intensificaba a medida que se acercaba la hora a la que supuestamente iba a llegar el tren.
(…)
Hacia las seis se cernió sobre el recinto una intensa sensación de inquietud. Habían llegado varios vehículos alemanes y la policía inspeccionaba a quienes estaban destinados al reasentamiento, descartando a los jóvenes y fuertes. Era evidente que esos afortunados iban a servir para otros fines. Una masa de muchos miles de personas empezó a empujar en esa dirección; gritaban y trataban de adelantarse para mostrar sus cualidades físicas. Los alemanes respondieron haciendo fuego. (…)
Los alemanes habían elegido por fin su mano de obra y se iban, pero la agitación de la multitud no se calmaba. Poco después oímos el silbido de una locomotora en la distancia y el traqueteo de los vagones sobre los raíles al acercarse. A los pocos minutos divisamos el tren: más de una docena de vagones de ganado y de mercancías rodaban lentamente hacia nosotros. La brisa del atardecer, que soplaba de la misma dirección, nos traía una oleada sofocante de olor a cloro.
Al mismo tiempo el cordón de policías judíos y miembros de las SS que rodeaba el recinto se hizo más denso y comenzó a abrirse paso hasta el centro. Otra vez oímos disparos hechos para asustarnos. De la apretada multitud se elevaban los lamentos de las mujeres y el llanto de los niños.
Estábamos listos para salir. ¿Por qué esperar? Cuanto antes estuviéramos en los vagones, mejor. Había una línea de policía situada a cierta distancia del tren, con lo que quedaba un camino ancho y despejado para la multitud. El camino conducía a las puertas abiertas de los vagones tratados con cloro.
Cuando conseguimos abrirnos paso hasta el tren, los primeros vagones estaban ya llenos. La gente se apiñaba de pie dentro de ellos. Los SS seguían empujando con la culata de sus rifles, a pesar de que desde el interior llegaban fuertes gritos y lamentos por la falta de aire. Además, el olor a cloro hacía que resultara difícil respirar, incluso a cierta distancia de los vagones. ¿Qué habían transportado en ellos para que les hubiera parecido necesario clorarlos tanto? Estábamos hacia la mitad del tren cuando, de repente, oí a alguien gritar:
– ¡Aquí, Spilzman! ¡Aquí!
Una mano me agarró por el cuello y tiró de mí hacia atrás, fuera del cordón de policía.
¿Quién se atrevía a hacer algo así? No quería que me separaran de mi familia. ¡Quería estar con ellos!
Lo que veía ahora eran apretadas hileras de policías de espaldas. Me lancé contra ellas, pero no se abrieron. Entre las cabezas de los policías pude ver a nuestra madre y a Regina que, ayudadas por Halina y Henryk, se encaramaban a los vagones, mientras nuestro padre me buscaba con los ojos.
– ¡Papá! –grité.
Me vio y dio unos pasos en dirección a mí, pero entonces vaciló y se detuvo. Estaba pálido y una dolorida sonrisa de impotencia, levantó la mano y me dijo adiós con ella, como si yo estuviera colocado en el lado de la vida y él me saludara ya desde la tumba. Dio media vuelta y se dirigió a los vagones.
(…)
Uno de los policías se volvió y me miró colérico:
– ¿Qué demonios estás haciendo? ¡Vete, sálvate!
¿Salvarme? ¿De qué? En una fracción de segundo supe lo que le esperaba a la gente de los vagones de ganado. Estaba aterrorizado. Miré hacia atrás. Vi el recinto abierto, los andenes del ferrocarril y más allá las calles. Impulsado por un invencible miedo animal, corrí hacia las calles, me deslicé entre una columna de trabajadores del Consejo que salía en ese momento y crucé la puerta. (Wladyslaw Szpilman: El pianista del gueto de Varsovia, Turpial y Amaranto, Madrid, 2000, pag.105-109)

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