EL PIANISTA DEL GUETO DE VARSOVIA: TRABAJO Y AMENAZA DE DEPORTACIÓN

Posted on 21 enero, 2013

0



PLAZA DEL MERCADO EN EL GUETOPor la mañana fui a ver a Mieczyslaw Lichtenbaum, hijo del nuevo presidente del Consejo Judío, a quien había conocido bien cuando todavía tocaba el piano en los cafés del gueto. Me dijo que podría tocar en el casino del comando de exterminio alemán, adonde iban por la noche a distraerse los oficiales de la Gestapo y las SS después de un día agotador asesinando judíos. Estaba atendido por judíos que tarde o temprano serían también asesinados. Naturalmente, no quise aceptar semejante oferta, aunque Lichtenbaum no pudo comprender por qué no me atraía y se sintió herido cuando la rechacé. Sin más comentarios, hizo que me enrolara en una columna de trabajadores encargada de demoler los muros del antiguo gueto grande, ahora incorporado a la parte aria de la ciudad.
Al día siguiente salí del barrio judío por primera vez en dos años. Hacía un tiempo espléndido y caluroso en ese día cercano al 20 de agosto. (…)
Fuera del mercado, cerrado y presumiblemente convertido en una especie de almacén por los alemanes, se habían instalado vendedores ambulantes con cestas llenas de mercancías. (…)
Procurábamos trabajar lo más despacio posible en la demolición del muro para que la tarea durara mucho tiempo. Los capataces judíos no nos hostigaban y ni siquiera los SS se comportaban tan mal allí como dentro del gueto. Se mantenían un poco apartados, en conversación, sin fijar la vista en nosotros.
(…)
A primera hora de la tarde conseguí que uno del grupo me prestara cincuenta zlotys. Me los gasté en pan y patatas. Me comí parte del pan, y me llevé el resto y las patatas de vuelta al gueto. Esa tarde hice el primer trato comercial de mi vida. Había pagado veinte zlotys por el pan; lo vendí por cincuenta en el gueto. Las patatas me habían costado a tres zlotys el kilo; las vendí por dieciocho. Por primera vez en mucho tiempo tenía comida suficiente y disponía además de un pequeño capital para hacer mis compras al día siguiente.
(…)
Mientras tanto, nuestras condiciones de trabajo en la demolición del muro se habían deteriorado. Los lituanos que ahora nos escoltaban se aseguraban de que no compráramos nada en el mercado, y nos inspeccionaban más, y más a fondo, en el puesto de guardia principal y a nuestra vuelta al gueto. Una tarde, de improviso, se hizo una selección en nuestro grupo. Un policía joven se colocó fuera del puesto de guardia con las mangas recogidas y comenzó a dividirnos de acuerdo con el sistema de lotería, como le pareció mejor: los de al izquierda a morir, los de la derecha a vivir. Me colocó a la derecha. Los de la izquierda tenían que permanecer tumbados boca abajo en el suelo: les disparó con su revólver.
Cerca de una semana después pegaron en los muros del gueto anuncios sobre una nueva selección de los judíos que aún seguían en Varsovia. Trescientos mil habían sido ya “reasentados”; quedaban todavía alrededor de cien mil y sólo veinticinco mil iban a permanecer en la ciudad, todos ellos profesionales y trabajadores indispensables para los alemanes.
Los funcionarios del Consejo tenían que ir al patio del edificio del Consejo Judío el día señalado, y el resto de la población a la zona del gueto comprendida entre las calles Nowolipki y Gesia. Para que las cosas quedaran doblemente claras, uno de los policías judíos, un oficial llamado Blaupapier, permanecía de pie ante el edificio del Consejo con un látigo en la mano, que usaba contra cualquiera que intentara entrar.
A quienes iban a quedarse en el gueto les entregaban números estampados en trozos de papel. El Consejo tenía derecho a conservar a cinco mil de sus funcionarios. A mí no me dieron número el primer día, pero a pesar de ello dormí toda la noche, resignado a mi suerte, aunque mis compañeros estaban casi fuera de sí por la inquietud. A la mañana siguiente conseguí un número. Estábamos formados en hileras de cuatro y teníamos que esperar hasta que la comisión de control de las SS, bajo el mando del Untersturmführer Brandt, se dignara venir a contarnos, por si éramos demasiados los que íbamos a escapar de la muerte.
De cuatro en cuatro, al paso y rodeados de policías, nos dirigimos hasta la entrada del edificio del Consejo para ir a la calle Gesia, donde iban a alojarnos. Detrás de nosotros bullía la muchedumbre de condenados a morir, que gritaban, lloraban y maldecían nuestra milagrosa escapatoria, mientras los lituanos que supervisaban su tránsito de la vida a la muerte disparaban a la masa para tranquilizarla de la forma que ya les era habitual.
Así que tenía otra nueva posibilidad de vivir. Pero, ¿por cuánto tiempo?

(…)

Poco después el jefe de nuestro grupo de trabajo me dijo un día que había conseguido que me asignaran al grupo destinado al edificio del cuartel de las SS en el remoto distrito de Mokotow. Recibiría mejor comida y viviría mucho mejor en general, me aseguró.
La realidad fue muy diferente. Tenía que levantarme dos horas antes y caminar cerca de doce kilómetros atravesando toda la ciudad para llegar a tiempo ala trabajo. Cuando por fin llegaba, agotado por la caminata, debía ponerme a trabajar de inmediato en una tarea muy superior a mis fuerzas, transportando sobre la espalda pilas de ladrillos colocados en un tablón. También transportaba cubos de cal y barras de hierro. Podría haberlo hecho bien si no hubiera sido porque los capataces de las SS, futuros ocupantes del cuartel, pensaban que trabajábamos demasiado despacio. Nos ordenaban que lleváramos las pilas de ladrillos o las barras de hierro a la carrera, y si alguno desfallecía y paraba lo golpeaban con látigos de tiras de cuero rematadas por bolas de plomo. (Wladyslaw Szpilman: El pianista del gueto de Varsovia, Turpial y Amaranto, Madrid, 2000, pag. 111-120)

Anuncios