DIARIO DE UN DESESPERADO: LOS NAZIS Y LOS ANABAPTISTAS DE MÜNSTER

Posted on 29 marzo, 2013

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Yo, entretanto, mientras trabajo en mi libro sobre los anabaptistas de Münster, leo con profundo estremecimiento los relatos medievales referentes a esta herejía auténticamente alemana, que fue en todos y cada uno de sus elementos, incluso en los más ridículos detalles, predecesora de lo que ahora estamos viviendo. A semejanza de la actual Alemania, aquella ciudad Estado de Münster se separó por entero del mundo civilizado y, como la Alemania nazi, se apuntó un éxito tras otro durante un largo tiempo hasta parecer invencible, para al final desplomarse en un momento del todo inesperado, y por así decirlo por una bagatela…

Como ahora, también entonces el gran profeta era un engendro, un bastardo concebido en el arroyo de la calle; como ahora, toda resistencia se rinde ante él, de forma incomprensible para un mundo asombrado; como ahora (¡hace poco en Berchtesganden, mujeres extasiadas tragaron los guijarros que acababa de pisar nuestro capitán de contrabandistas!)… como ahora, mujeres histéricas, maestros de escuela estigmatizados, curas rebotados, exitosos alcahuetes y outsiders de todas las profesiones son los principales pilares del régimen. Las similitudes se acumulan de tal modo que he tenido que reprimirlas para no arriesgar aún más la razón. Como en Münster, ahora una fina túnica de ideología envuelve un núcleo de lascivia, codicia, sadismo y abismales deseos de ser alguien, y quien dude de la nueva doctrina u ose criticarla va a parar a manos del verdugo. Del mismo modo que el señor Hitler en el golpe de Röhm actuó ese Bockelson en Münster: de verdugo del Estado; como ahora, la legislación espartana a la que sometió la vida de la misera plebs no regía, por supuesto, ni para él ni para su banda de gángsters. Como ahora, también Bockelson se rodeó de sus matones, invulnerables a todo atentado; como ahora, hubo manifestaciones callejeras y “donaciones voluntarias” cuyo rechazo se castigó con la proscripción; como ahora, se narcotizó a la masa con fiestas populares y se erigieron construcciones inútiles para que el hombre de la calle no tuviera un instante de reflexión.

Igual que la Alemania nazi, Münster también envió sus quintas columnas y sus profetas a socavar los Estados circundantes, y que el ministro de Propaganda de Münster, Dusentschnur, fuera cojo, igual que su gran colega Goebbels, es una broma que la Historia Universal gastó con cuatrocientos años de antelación: un hecho que yo, familiarizado con la sed de venganza de nuestro embustero del Reich, he ocultado prudentemente en mi libro. Sobre los cimientos de la mentira, en el punto de inflexión entre el gótico y la Edad Moderna, se alza durante un corto período un Estado de bandidos que amenaza a todo el mundo antiguo, incluidos el Emperador, los estamentos y todos los viejos vínculos, y que en el fondo no tiene más objetivo que saciar el ansia de poder de unos cuantos bandoleros; aquello que a nosotros nos falta para compartir el destino de los habitantes de Münster en 1534 –tener que comerse sus propios excrementos en la ciudad sitiada, y finalmente incluso a sus propios hijos, puestos por anticipado en salmuera- aún podría caer sobre nosotros, lo mismo que un día el inevitable fin de Bockelson y Knipperdollink caerá sobre Hitler y sus secuaces.

(BECK, Friedrich: Diario de un desesperado, Minúscula, pag. 23-25)

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