UNA MUJER EN BIRKENAU: CONSTRUCCIÓN DEL CAMPO

Posted on 3 octubre, 2013

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Campo de las mujeres en Auschwitz-Birkenau (Polonia). Fuente: Yad VashemEn el año 1942 Birkenau (llamado Oswiecim II) es un campo cenagoso cercado por una alambrada electrificada. No hay caminos ni sendas entre los barracones, el Lager carece de agua corriente y de sistema de alcantarillado (esto último no llegó a tenerlo nunca). Toda la suciedad , los excrementos, los desechos se pudren a la intemperie. Apestan. A pesar de que los prisioneros disponen de mucho tiempo para observar el cielo en el transcurso de los recuentos, ninguno ha visto nunca un pájaro volar bajo sobre Birkenau. Quizá sea el olor o el instinto, el caso es que los pájaros evitan este lugar. Birkenau tampoco existe de forma oficial. Su dirección no aparece en ninguna parte. La forma en la que se levantó el campo indica que su finalidad no es la de albergar prisioneros durante mucho tiempo. Ésta es una especie de sala de espera para los crematorios, con capacidad para entre veinte y treinta mil personas. Así es como se construyó:

En el invierno de 1941 a 1942 se cercó un prado con alambre y se dividió en dos sectores idénticos; en uno se edificaron quince barracones de ladrillo y en el otro, quince de madera. Los barracones carecían de solado y de techado propiamente dicho. A través de la techumbre la nieve se colaba en el interior sin dificultad. En los portones había colgadas una placas de metal con inscripción Pferdestelle (establos) y las instrucciones que debían cumplirse en el caso de que los caballos se vieran aquejados de fiebre aftosa. Estas placas siguieron en algunos barracones hasta el último día. Y lo mismo ocurrió con unos aros de hierro fijados en la pared a la altura de la cabeza de un caballo.

En esta parte del campo la muerte precedió al cautiverio: muchos de los prisioneros traídos aquí para la construcción de Oswiecim cayeron durante el trabajo y agonizaron sobre el cieno de Birkenau.

(…)

Los establos se adaptaron fácilmente para alojar personas. En cada uno de ellos se colocaron dos plataformas de madera, una bastante arriba, a una altura de dos metros, y la segunda como un metro más abajo. Para hacer estas plataformas  se unieron, mediante unas vigas, dos puertas arrancadas de las casas de los alrededores. Así, en cada compartimento o antigua cuadra hay tres madrigueras: una directamente en el suelo, la segunda a la altura de un metro y la tercera a la altura de dos metros. En total, en cada barracón hay más de ciento cincuenta lechos. En cada uno de estos  camastros  hay dos colchones que, de acuerdo con lo que establecía el reglamento el día que se estrenaron, debían contener cuatro kilos de virutas o juncos de los estanques cercanos. En cada uno de estos lechos duermen de seis a diez personas, es decir, en el lugar previsto para un caballo viven de dieciocho a treinta personas. En los períodos de llegadas masivas de gente a veces se juntaban en un barracón (es decir, en una sala) más de mil doscientas personas. El interior recuerda a una especie de enorme gallinero o conejera. Los coyes bajos son los peores. Son húmedos y fríos a causa del suelo, que los días de lluvia está tan pisoteado en los pasillos que los zapatos se hunden en él. En los coyes bajos reina la oscuridad; decenas de pies tapan sin cesar los rayos de luz. Es imposible sentarse erguido en ellos, ya que estas madrigueras son demasiado bajas. Por las noches ejércitos de ratas atacan los camastros que están más abajo. Los coyes de en medio son igual de estrechos, pero al menos reciben un poco más de luz. A menudo, en la oscuridad de la noche, los zapatos sucios de barro de las mujeres que tienen adjudicados los lechos superiores se posan sobre la cabeza de las compañeras que duermen en los del medio, aunque los jergones de este segundo piso tienen la ventaja de no mojarse. Los coyes superiores son luminosos. También hay bastante aire arriba. En este último nivel no sólo es posible sentarse completamente erguido, sino también arrodillarse  e, incluso, ponerse de pie. Aunque los días de lluvia las goteras hacen desaparecer sus ventajas de un plumazo, la mayoría de la gente considera que los coyes de arriba son los mejores. Los barracones de ladrillo carecen de luz, así que las mujeres que vuelven por las tardes del trabajo tienen que subir a sus madrigueras, que parecen catacumbas, buscar sus mantas y desnudarse a oscuras. Pocos pueden permitirse comprar una vela a los prisioneros que están empleados en los almacenes, sobre todo si no reciben paquetes de comida de casa. A menudo hay que renunciar a un poco de pan o de margarina para, por fin, una tarde, a la luz de una vela colocada a un lado, desprenderse de la camisa y cazar piojos. Hay mujeres que lo hacen a tientas, pero así sólo consiguen acabar con los piojos grandes. Con este método se ven obligadas a perdonarles la vida a los pequeños y a las liendres. (Seweryna Szamaglewska, Una mujer en Birkenau, pag. 18-21)

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