UNA MUJER EN BIRKENAU: EL BOSQUE DE BRZEZINKA. LAS FOSAS

Posted on 10 octubre, 2013

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BRZEZINKADe repente, el retumbo de unos coches rompe el murmullo casi silencioso de los árboles y a continuación se oye el grito desesperado de unos prisioneros. Se los están llevando al interior del bosque, y su lamento, una especie de protesta que desaparece en la lejanía, es una señal para los prisioneros que aún están vivos. Es el mismo grito que se escucha siempre que se llevan a un grupo a la muerte. Todas las prisioneras saben qué significan esos gritos. Pasado un rato, otro camión atraviesa el bosque; de nuevo el mismo grito, que se alza sobre nosotros y se desvanece. Todavía se oirá un tercer camión. Se oyen sólo los gritos de mujeres. La operación se realiza de forma muy discreta. En el bosque están a salvo de las miradas, nadie se enterará jamás, nadie podrá contárselo al mundo. Incluso si las mujeres que trabajan en la construcción  de la carretera, mujeres que son sombras, lograran ver algo a través del espesor de los árboles, daría lo mismo, porque ninguna conseguirá salir de este lugar. A veces, los ojos de los SS las observan con una sonrisa. Y esos mismos labios que sonríen, dicen entre dientes:

– Sowieso Brzezinka, sowieso Krematorium. De todos modos. O a Brzezinka, o al crematorio.

(Este bosque se llama Brzezinka, y con ese mismo nombre se conoce el lugar donde están los crematorios del campo).

 (…)

A la derecha de la carretera en construcción se inicia un espectáculo insólito. Unos prisioneros trabajan afanosamente alrededor de un gran hoyo del que sale fuego. Entre las ramas de los árboles, a poco que te acerques, puedes ver con claridad cómo los hombres bajan con unas varas unos cuerpos desnudos de los carros y los tiran a las llamas. Entre el humo aparecen y desaparecen las siluetas de los prisioneros y los cadáveres desnudos que arrojan desde los carros y que las llamas iluminan. Pronto el humo se hace denso, oscuro y tupido; lentamente comienza a arrastrarse debajo de las ramas de los árboles, se acerca cada vez más, hasta que poco a poco envuelve a las mujeres que trabajan en la carretera causándoles repugnancia y espanto. El olor a carne quemada, que acompañará a los prisioneros día y noche hasta que logren salir del Lager, ese olor terrible y tan característico, te impregna la boca, la nariz, la garganta.

(Seweryna Szmaglewska, Una mujer en Birkenau, Alba editores, pag. 37-38)

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