UNA MUJER EN BIRKENAU: EL HOSPITAL

Posted on 11 octubre, 2013

0



MUJERES APTAS PARA EL TRABAJO BIRKENAUUna prisionera que ayer estaba sana y que cruzaba marchando la entrada del campo con el resto de sus compañeras, al otro día yace inconsciente en la formación. La fiebre alta le ha debilitado tanto el corazón que no es capaz de tenerse en pie. La apartan del grupo y la colocan cercade las paredes del barracón. La mujer pasa así del círculo infernal de los sanos a uno más duro, el de los enfermos.

Cuando estás tirada en el suelo, recostada en la pared del barracón, el campo tiene otro aspecto. Ves las piernas de las prisioneras que marchan al trabajo aparecer y desaparecer por el camino. Son las vencedoras. En el campo quedan las enfermas. Pasan las horas y las enfermas tienen que seguir a la intemperie, aunque llueva o nieve. Una guardiana armada con un palo vigila la entrada al barracón. Está prohibido permanecer en el barracón durante el día. Las mujeres más fuertes andan encorvadas, las más débiles se tumban en el suelo. Cuando aparece la silueta de un SS intentan esconderse, pero en el campo eso es imposible. Tienes la impresión de que la omnipresente alambrada está ahora más cerca que nunca; su luz verdosa, que parece hablar sin cesar de la muerte, te atemoriza, como si quisiera recordarte una y otra vez que no tienes escapatoria.

Sientes miedo, porque no ves la manera de ponerte a salvo. Si te abandonasen las fuerzas para seguir luchando, morirás. En ese momento te acuerdas de las palabras que oíste pronunciar a un SS:

– Hier ist ein Vernichtungslager! ¡Éste es un campo de exterminio!

En el hospital los exámenes los realiza un médico de la SS. Si sospecha que tienes una enfermedad contagiosa aplica a las pacientes una inyección letal. De ahí que las prisioneras eviten a toda costa los reconocimientos médicos. Dicen:

– Mejor estar tumbada en el fango bajo la lluvia que ir al hospital, porque allí te espera la muerte.

En definitiva, la mujer que se enfrenta a la enfermedad toma la decisión valiente de aguantar. Si no tiene fuerzas para ir a trabajar, entonces se queda en el Lager e intenta esconderse, es decir, se presenta a la formación de la mañana y después intenta, por lo general en vano, volver al barracón. En ese aspecto las jefas de barracón son implacables, amenazan a las enfermas con enviarlas a una selección, al barracón 25 o a los crematorios, con tal de que vayan voluntarias al hospital. Pero nadie va por voluntad propia. Manadas de siluetas demacradas se esconden  detrás de los barracones de otras prisioneras. Cuando se acerca un SS, simulan que están limpiando; cuando llueve, se esconden en los retretes. Evitan a los SS, pues saben muy bien que si atraen su atención las enviarán a la selección, y eso es lo que más teme todo el mundo en el campo. Las enfermas cambian el pan que no pueden comer por un poco de café y se mantienen despiertas gracias a este brebaje vagando por el campo todo el día. Así vegetan hasta que la fiebre las vence, hasta que unas manos desconocidas las llevan al hospital aprovechando que están inconscientes. En la mayoría de los casos, las prisioneras están tan enfermas que se mueren por el camino o en la sala de espera del dispensario.

(…)

Hay que añadir que las prisioneras judías, que son la mayoría en Birkenau, no tienen derecho a utilizar el hospital. Eso también influye en el desarrollo de la epidemia. Las mujeres arias evitan el hospital mientras están conscientes. Sin embargo, cuando están inconscientes o agonizan no pueden evitar su traslado al barracón del hospital. Las prisioneras judías no tienen esta posibilidad. Para ellas existe sólo el barracón que sirve de dormitorio, el barracón de los vivos, y después el bloque 25, es decir, el bloque de la muerte. Se ven procesiones de prisioneras judías que llevan a sus compañeras agonizantes al bloque 25. en las mantas, cubiertas de fluidos coagulados, viajan restos humanos cuya vida se apaga. A veces se detienen, colocan la manta en el fango y, al cabo de un rato, prosiguen la marcha. La sangre y los excrementos se mezclan en las mantas y en la ropa de los enfermos con el fango.

(…)

Imagínense un hospital sin agua, organizado en un barracón tan repleto de camas de tres pisos que parece un tablero de ajedrez. En cada cama hay como mínimo dos enfermas. Las han admitido en el hospital porque su temperatura por la mañana rondaba los 40 grados. En la cama hay un jergón y unas mantas oscuras muy sucias con las que antes se tapaban otras enfermas. En cuanto tiras de la manta con energía para arroparte, sientes que una lluvia de polvo te empieza a caer lentamente encima y que se forma una capa nueva de suciedad en esa misma piel que llevas semanas sin lavar. La atención de las enfermas, que por aquel entonces recaía exclusivamente en las prisioneras alemanas, se limita a distribuir las raciones de comida. Cuesta mucho esfuerzo conseguir agua en la cocina, ya que allí te expones a las vejaciones de los SS. Es algo sencillo: el personal del barracón va muy pocas veces a por agua. Sin embargo, a veces se puede ver a una enferma alemana privilegiada, que tiene un cargo importante en el Lager, con una palangana de agua, en la que se lavan juntas varias prisioneras. Esa imagen provoca en el resto de las prisioneras una mezcla de asco y envidia.

(Seweryna Szmaglewska, Una mujer en Birkenau, Alba Editores, pag. 46-61)

Preguntas:

1. ¿Por qué las mujeres evitan acudir al hospital?

2. ¿Qué recursos se utilizan para evitar ser enviado al hospital?

3. Explica de qué forma se plasma en el texto las diferencias de categoría y los privilegios entre los prisioneros del lager

Anuncios
Etiquetado: , ,