UNA MUJER EN BIRKENAU: BLOQUES 24 Y 25

Posted on 12 octubre, 2013

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HOSPITAL BIRKENAUEl bloque 25 está rodeado por un muro y su entrada está siempre cerrada con un pestillo. Las enfermas desaparecen detrás de esta puerta. Jamás saldrán vivas de allí; se llevarán sus cadáveres al abrigo de la noche oscura. Pero las mantas, la ropa interior y la vestimenta de las prisioneras agonizantes regresan en seguida al campo y se distribuyen de nuevo a las prisioneras sanas. A veces se sumerge la ropa interior en agua para secarla después inmediatamente. Las mantas deberían pasar por la cámara de gas para su desinfección, pero en la mayoría de los casos son entregadas directamente a los prisioneros que llegan a Birkenau en un transporte nuevo.

A las mujeres agonizantes les resulta indiferente si las llevan a rastras al bloque 25, oficialmente el bloque de la muerte, o al dispensario, en donde se las asignará al bloque 24, el del hospital, donde la muerte llega igual de rápido.

En el dispensario el “reconocimiento” es muy simple. Consiste tan sólo en tomarle la temperatura a las pacientes a toda prisa. Si la enferma tiene fiebre alta, entonces se queda en el hospital. A las mujeres que no tienen fiebre (porque padecen disentería) se las despacha con un:

Ab! In den Block! ¡Fuera de aquí! ¡A tu bloque! –y no se sabe quién evitará antes la muerte: aquellas mujeres que se quedan entre las cuatro paredes del barracón del hospital o aquellas a las que tocará esconderse y que durante las largas horas de formación estarán tumbadas en el suelo delante del barracón.

Mientras un grupo de prisioneras gravemente enfermas se dirige al hospital, otro cortejo de enfermas no menos graves sale de él. Todas ellas caminan arrastrando los pies en el fango con una indiferencia absoluta. A la cabeza de las que van al hospital se encuentra una mujer de bata blanca. Tanto a las unas como a las otras les da igual adónde ir con tal de poder apoyar cuanto antes la cabeza sobre algo y dejar que el cuerpo debilitado descanse un poco. La enfermera se detiene delante de un barracón, hace pasar a las mujeres y les ordena desnudarse. Después, se aparta de las enfermas. Los harapos caen al suelo y descubren cuerpos sucios y limpios, todos ellos más o menos acribillados de picaduras, que algunas se han rascado hasta hacerse sangre y, finalmente, algunos que tienen las manchas características del tifus, que aparecen en el abdomen y en las manos. El lugar es silencioso y espacioso, algo insólito en el Lager. Es verdad que por las rendijas de las paredes de madera del barracón entra el soplo gélido del viento de noviembre, pero el frío en el campo es algo tan común que nadie piensa en él, aunque los cuerpos pálidos se amoratan. Las siluetas desnudas se inclinan sobre la ropa y aprovechan la ocasión para inspeccionar con cuidado las costuras y los pliegues. El tiempo pasa. Incluso la mujer con más piojos dispone del tiempo suficiente para revisar toda su ropa, incluyendo la lencería y el jersey. El sol de otoño luce en lo alto del cielo y calienta un poco la pared sur del barracón. Las enfermas se agachan, se ponen de cuclillas, se sientan sobre su ropa, se tapan la espalda con lo que pueden, y esperan. Por fin, en el exterior se oyen unos pasos ruidosos.

Alles raus! ¡Todas afuera!

Empieza el reconocimiento médico. Las mujeres tienen que salir desnudas delante de la puerta del barracón donde un SS de uniforme verde (se supone que es médico) las examinará sin acercarse mucho. Todas ellas padecen tifus exantemático, aunque todavía no lo saben. Los síntomas de la enfermedad aún no han aparecido en todas las mujeres. A las prisioneras que no tienen manchas en el cuerpo, el SS les hace un rápido diagnóstico: gripe. La enfermera anota esa palabra en el historial de la paciente. Estas prisioneras irán al bloque 24.

¿Y adónde irán las mujeres que ya tienen en su cuerpo las huellas del tifus? ¿Acaso recibirán “una inyección de refuerzo” tras la cual su corazón dejará de latir, o se las llevarán en un camión a la cámara de gas? Un velo de secreto oculta el método que se aplicará a estas enfermas, un método que depende en todo caso de lo que decida el SS que ese día realice el examen. Poco importa en cualquier caso cuál sea el método empleado en esta ocasión, ya que el único tratamiento que aplican las autoridades del campo de Oswiecim a las diagnosticadas de tifus es la muerte.

El bloque 24 está superpoblado. Puedes considerarte muy afortunada si te adjudican una única compañera de cama. En algunas camas hay hasta cuatro mujeres. En el bloque reina el frío y el viento. Todavía no hay estufa y el viento penetra por las puertas delanteras y traseras, remueve el aire cargado del barracón pero ni siquiera lo renueva. (…)

Quienes conozcan los síntomas del tifus exantemático sabrán la sed insaciable que acompaña a esta enfermedad. Se te pone la boca pastosa y la lengua dura como una piedra. A veces ni siquiera puedes articular palabra. Por la noche sueñas con tazas llena de leche fría o caliente, con cuencos repletos de fresquísima compota, de fragantes gaseosas y zumos, sueñas con tus frutas favoritas, jugosas y estimulantes. ¡Qué tristeza te entra cuando te despiertas de esos sueños! (…)

Al día siguiente, cuando por fin se expande por el barracón el débil olor del brebaje de hierbas, las enfermas comienzan a estirar sus brazos desde los camastros para coger las tazas. Muchas mujeres prefieren no mirar cómo reparten la bebida. Tienen razones para no hacerlo. Una prisionera alemana frota la taza con la mano y la sumerge en el deseado líquido. Hace apenas un momento ha utilizado esa misma mano sucia para sacar los orinales (…) Las prisioneras polacas reciben como máximo una cuarta parte del líquido que cabe en la jarra, aunque, en casos de suerte excepcional, pueden llegar a recibir un tercio.

A decir verdad, las normas establecen que cada persona debe recibir medio litro por la mañana y otro tanto por la tarde, pero en el mismo barracón hay también enfermas alemanas, así que el personal alemán destinado al hospital da más cantidad a sus compañeras que al resto.

(Seweryna Szmaglewska, Una mujer en Birkenau, Alba Editores, pag. 55-57)

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