UNA MUJER EN BIRKENAU: CANADÁ Y DESINFECCIÓN. EL KOMMANDO DE EFINGER

Posted on 18 octubre, 2013

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Auschwitz almacén de calzadoCerca del campo de Oswiecim hay unos enormes depósitos en los que se almacena la ropa que pertenecía a los judíos. Cuando los obligaron a desnudarse  en las cámaras de desinfección, se llevaron su ropa en carros y camiones a uno de estos barracones. Todavía no se han inspeccionado estas prendas con detenimiento. Unas montañas multicolores de ropa se levantan, como hacinas de heno, hasta el mismísimo techo. Aparte de la ropa interior, que las personas que se desnudan en el crematorio arrebujan con prisas, hay también sacos de viaje llenos de batistas, encajes y muselinas perfectamente dobladas. Al lado de los abrigos, de los vestidos a la última moda, de los trajes de hombre, hay un zapato solitario o una media cuya pareja acabó quizá en otro barracón o en el fuego del crematorio. En todas las mochilas, en las mantas y en las maletas figura la dirección y el apellido, a veces la fecha de nacimiento del propietario. A veces, entre las fotos esparcidas por el suelo te llama la atención un rostro sonriente. Cerca de los pantalones de esquiar, de los manteles y de la ropa de cama aparece la ropa de algodón de un niño pequeño. De un niño que, como la mayoría de los propietarios de estas montañas de riqueza, ya no está con vida.

Cada mañana acuden a estos barracones de Oswiecim llamados Canadá prisioneras polacas y judías de Birkenau. Allí clasifican y ordenan la ropa. (…)

Birkenau tiene también unos depósitos similares. En el barracón 4 se almacenan, en este caso por separado, las pertenencias de las prisioneras arias. Estas pertenencias se guardan de forma individualizada en unos sacos de papel hasta que llegue la hora, que nunca llega, de su restitución. El incendio de 1943 destruyó estos depósitos. En cambio, el barracón 6 está destinado a recoger la ropa de los judíos que llegan al campo. Se llama Entwesungskammer. El jefe del Kommando o cuadrilla de trabajadoras es el SS Efinger. Cuando el tifus diezma a sus trabajadoras, Efinger escoge prisioneras nuevas entre las que van a trabajar fuera del Lager. La mirada del SS se desliza por los rostros sucios, por sus figuras harapientas y sin forma. A las mujeres seleccionadas no se les comunica qué tipo de trabajo van a realizar. La Kapo, que acompaña al jefe, va apuntando los números de las elegidas. Efinger siempre utiliza los mismos criterios para elegirlas: chicas jóvenes, fuertes y que destaquen por su aspecto limpio y saludable. Desde el primer momento , empiezan a tener privilegios. Se trasladan del barracón de ladrillo, el 7, a uno de madera, el 10, donde cada una de ellas duerme en su propia cama. (…)

(…) Las prisioneras van a trabajar con ganas. Para ellas es una bendición poder trabajar bajo un techo y no a la intemperie. Las trabajadoras de Efinger son las únicas prisioneras que aguzan el oído para levantarse cuando suena el primer silbato. Tienen que vestirse deprisa y salir del barracón antes de que comience el recuento. Llevan ropa muy fina, así que mientras van a su trabajo corriendo en la oscuridad suelen tiritar. Por el camino cogen cerca de la cocina una pequeña caldera con café. Al entrar en el barracón donde, se quitan el uniforme a rayas reglamentario. Todas trabajan con un mono de remero, debajo del que pueden esconder una gran cantidad de ropa interior y jerséis. Las mujeres más delgadas se ponen debajo del mono incluso unos pantalones de esquí. ¡En el barracón hace frío!

Después, bajo la vigilancia del jefe y de la Kapo, empiezan a llevar a la cámara de desinfección unos hatillos con ropa llamados pinkle. Todavía está oscuro. En el campo de hombres empieza el ruido de cada mañana, que llega con nitidez a la cámara donde se gasifica la ropa. Hay que darse prisa. Para que dé tiempo de gasificar
dos veces al día, hay que llenar la cámara por primera vez antes del recuento de la mañana. (…) Como para ir desde el barracón hasta la cámara de desinfección tienen que pasar cerca del retrete alemán, aprovechan para reunirse allí. Cada una de estas chicas tiene alguna persona querida que trabaja a la intemperie, que pasa frío y se moja. Así que, cuando llega la noche, visita a una amiga en el barracón 7 y le dice: “Tengo para ti un jersey, ven mañana antes del recuento”. A la mañana siguiente, cuando lleva su pinkle, mira en la oscuridad por si aparece una silueta conocida. Cuando ve a la chica mete el jersey que le había prometido en uno de los hatillos y lo tira a la oscuridad, en dirección a su amiga. Ésta lo coge al vuelo y lo oculta debajo de la chaqueta a rayas. Después, desaparece con su botín evitando tanto a las SS como a las envidiosas delincuentes alemanas.

Cuando todo el suelo de la cámara de gas está cubierto de hatillos de ropa, las prisioneras empiezan a colgarlos. Hace calor. Las mujeres se quedan sin aliento y con cada jaleo inhalan gas, del que siempre quedan restos en la cámara. Las trabajadoras más bajas se colocan sobre las vigas del techo y se encargan  de coger los hatillos que entregan sus compañeras y de ir abriéndolos. Una lluvia de polvo, arena, suciedad y piojos cae sobre la cabeza, los ojos y la boca de las prisioneras que están abajo. Los cuerpos, que están bien abrigados, se cubren en seguida de sudor. Los corazones laten demasiado deprisa. Tienen que colgar cada tipo de prenda por separado. Sólo las más hábiles saben ingeniárselas para colgar en un clavo un hatillo entero, sin abrirlo, y de tal manera que no se vea desde abajo. Cuando la cámara de gas está llena, las chicas se dirigen al depósito de ropa. En la cámara se quedan sólo dos prisioneras, que se encargan de cerrar las estufas, los ventiladores y las puertas. Cuando todo está cerrado, el jefe enchufa el gas. Mientras tanto, en todo el campo termina el recuento de la mañana. Las chicas de Efinger se colocan en la formación dentro de su barracón sólo por un momento, y con eso acaba el recuento. A esa misma hora, las cocineras se encargan de las calderas, mientras que en el cuarto de pelar patatas unas mujeres agachadas siguen pelando. Ellas no tienen que estar en la formación y por eso todas las prisioneras desean hacer su trabajo.

Ahora las chicas de Efinger colocan a la entrada del barracón montañas de trapos sin revisar y comienzan el trabajo. Todas llevan en el bolsillo de su mono unas tijeras o un cuchillo. En primer lugar, tienen que descoser y arrancar de la ropa las estrella de David y todas las inscripciones con nombres, direcciones y otras marcas identificativas. Después se comprueban todas las costuras y las partes abultadas por si ocultan algo. Por último, hacen un hatillo con el vestido o la camisa y lo rellenan con otras prendas inspeccionadas. El pinkiel (sic) está listo.

Las chicas de Efinger saben disimular. Pueden dedicarse a cortar una estrella de David en pequeños trozos durante tres cuartos de hora o una hora entera. Después, se entretienen recortando los bordados de un vestido para tener las manos ocupadas y tener así tranquila a la Kapo Inga, que las vigila desde la estufa. Quienes dominan este trabajo se pasan un día entero haciendo sólo un hatillo y después, por la tarde, lo desatan sin que nadie las vea par mezclar la ropa que hay dentro con la que todavía no han inspeccionado. Es un sabotaje ingenuo, cuyo objetivo es conseguir que la guerra termine algunos segundos antes.

(…)

Dos veces al día la Kapo grita en voz alta: “Austreten! ¡Salgan!”. Sin embargo, ella no sale del bloque al mismo tiempo que el resto de las prisioneras, así que en ese momento puedes aprovechar para esconder algunas prendas. Como las amplias perneras del mono están recogidas en los bajos con una goma, te resulta más fácil esconder la mercancía. ¡Cuántos pañuelos, vendajes, camisas, medias y guantes se llevan de esta forma las chicas de Efinger!

Aunque en el retrete siempre están las perversas delincuentes alemanas, bastan unos cuantos cigarrillos para convertirlas en personas muy serviciales. Esperas a tus amigas y cuando llegan intentas convencerlas. Al final salen de allí cargadas con “todo tipo de mercancías de fantasía”. Por la tarde se hace una distribución equitativa del botín, y al día siguiente por la mañana la ropa calentará los cuerpos de las prisioneras que van a trabajar al campo. Cuando las chicas salen del barracón, sus ojos brillan como los de los jugadores después de una buena partida. La organización es la droga del Lager. Las chicas de Efinger no están de buen humor hasta que consiguen organizar algo. Éste es el único deporte que se practica en el campo. Algunas son ya unas campeonas, otras todavía se están entrenando. La organización te obsesiona. Hace que los días t parezcan más cortos. Da sentido y color a la vida. Lo único que importa en este barracón es qué se organiza, para quién y cómo. Sólo cuando se tuercen tus planes, te ves obligada a reconocer la realidad que te rodea.

(Seweryna Szamaglewska, Una mujer en Birkenau, Alba Editores, Pag. 103-109)

Preguntas:

1. ¿A qué se llamaba “Canadá”? Explica las diferencias entre el destino de las pertenencias de los prisioneros arios y judíos.

2. ¿Cuál era la misión del Comando de Efinger? ¿Por qué se trata de un puesto deseado en el campo?

3. ¿De qué forma utilizan las chicas de Efinger su posición para favorece a otras prisioneras?

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