UNA MUJER EN BIRKENAU: UN TRANPORTE DESDE HOLANDA

Posted on 19 octubre, 2013

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WESTERBORKA veces ocurre que Inga grita con su voz espantosa:

Loos! Die Wäsche holen! ¡Rápido! ¡A por la colada!

Eso quiere decir que acaban de llegar al campo nuevas prisioneras. Las chicas de Efinger salen afuera y miran con curiosidad las columnas que llegan marchando desde la entrada. A veces, se puede ver a las judías de Holanda, vestidas con sus trajes de esquí, en cuyos rostros asustados aún se ve el bronceado dorado de la nieve y del sol del norte. Chicas jóvenes abrigadas con ropa de lana preciosa y peluda, con gruesas mantas holandesas que cuelgan de sus brazos. A veces hay elegantes judías de Bélgica con zapatos preciosos, abrigos de piel estupendos y frágiles velos sobre sus pamelas de perfectas proporciones. A veces hay judías de Francia, que son coquetas y huelen a perfumes buenos. No hay entre ellas niñas pequeñas ni tampoco mujeres mayores. Son mujeres jóvenes y bellas: gut gebaut, con buen tipo. Con los ojos muy abiertos miran por todas partes como expectantes. Desconfían de esas siluetas humanas con la cabeza afeitada que merodean por los alrededores del almacén con sus uniformes a rayas. A veces preguntan dónde están sus padres, adónde se los llevaron cuando los metieron en los camiones en la estación de Oswiecim. Ellas vinieron a pie. Pero ¿dónde están sus padres? Todo el mundo en el campo sabe que sólo una parte pequeña de cada transporte va a pie al campo. Los de los camiones van a los crematorios. Las chicas extranjeras miran a un lado y a otro buscando a sus madres. Y mientras lo hacen, de la chimenea del crematorio sale una humareda negra.

Las chicas de Efinger saben bien dónde están las madres de las jóvenes, más o menos de la misma edad, que tienen delante. Poco después, las mujeres recién llegadas cambian de aspecto. Ya están desnudas y aguardan su turno en un pasillo que conduce a los baños. A través de las ventanas rotas entra un frío helado, que vuelve más pálida la blancura de sus cuerpos y les pone la piel de gallina. De su elegancia quedan sólo los rizos, que llevan el sello de peluqueros expertos, y la manicura. Sus movimientos ya han cambiado. Se encogen, se encorvan y juntan las rodillas, tiemblan y zapatean. Sus pies, calzados con los zuecos del campo, convierten sus extremidades en torpes instrumentos. La ropa, aún caliente y con olor a humanidad, yace a sus pies. Las chicas de Efinger tienen la obligación de recoger toda la ropa de las recién llegadas y llevársela al barracón. Cuando salen se cruzan con las primeras mujeres afeitadas. Ya no son las mismas chicas guapas. Ahora son unos macacos pálidos, encorvados, de cabezas bien afeitadas y de rostros que expresan un miedo cerval.

(Seweryna Szmaglewska, Una mujer en Birkenau, Alba Editores, PAG. 109-110)

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