UNA MUJER EN BIRKENAU: ZANJAS EN BUDY

Posted on 23 octubre, 2013

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BIRKENAU ZANJADesde que se creó el campo de Oswiecim uno de los principales trabajos de los prisioneros ha consistido en cavar zanjas. En sitios diferentes, en direcciones diferentes, abiertas todas ellas con precisión: dos metros de ancho y dos metros de profundidad. En Budy, una zanja atraviesa la pradera en dirección a los sembrados, otra llega hasta el mismo terraplén del ferrocarril y la tercera, hasta una carretera transitada por coches y viandantes. Para quienes no trabajan aquí, Budy es un sitio con encanto. La imagen de personas normales trajinando en sus fincas, las voces de los niños pequeños, el retiro acogedor de los patios, los tejados de musgosos y poblados de palomas, el olor a vacas y a leche recién ordeñada, todo eso te hace soñar, despierta tu añoranza y mitiga los pesares. Puedes ver pasar a personas que son libres. Por el camino, es especial los viernes, pasan mujeres cargadas con cestas que se dirigen al mercado; también pasan granjeros montados en carros y niños que andan con sus libros a cuestas al colegio. Cuando se encuentran con las miradas de los prisioneros miran a otro lado con miedo. Los pasajeros del tren que pasa por aquí son más atrevidos. El ímpetu del tren los llevará lejos y no dudan en asomar la cabeza a través de las ventanas y saludar con un gesto de la mano. Los prisioneros los acompañan con su mirada durante su breve trayecto por el campo. Quizá se dirijan a las ciudades que más añoranza nos despiertan, quizá por casualidad hablen con alguno de nuestros conocidos. A veces pasan trenes que llevan heridos; lo hacen en silencio y despacio. Las ventanas están cubiertas de tela blanca, los vagones son de lujo. En otras ocasiones atraviesa el lugar un tren largo de mercancías, tan largo que no se ve su final. Estos trenes se llevan nuestro carbón de Silesia; en ellos el enemigo se lleva el combustible que nos ha robado. A veces el enemigo transporta en ellos los juguetes rotos de la omnipotente guerra: bombarderos trimotores de gigantescos fuselajes que tienen las alas rotas, automóviles, tanques y cañones averiados. Un tren así tarda en pasar un buen rato y se nota que va muy cargado. Algunos, para matar el tiempo, calculan cuántas escuelas, bibliotecas y hospitales se podrían hacer con toda aquella chatarra de hierro malgastada.

El tiempo pasa. Los días se parecen los unos a los otros más incluso que los prisioneros entre sí. Y sin embargo, ¡cuántas vicisitudes tienes que soportar, cuánta energía debes poner en ellos, cuántos cuidadosos planes son necesarios para superar las pequeñas pruebas diarias!

El prisionero que trabaja con una pala en una zanja tiene un horario, al que se atiene escrupulosamente. Sabe que puede sobrevenirle la muerte por toda una serie de circunstancias que pueden tener su origen en una orden de las autoridades o en el azar, pero también siente que tiene en su mano la posibilidad de evitar la muerte y de salir airoso. Por eso intenta tener la cabeza  ocupada para que se le pase el tiempo más deprisa. Cuando está agachado en silencio con la pala, observa todo lo que está al alcance de su vista, escucha las conversaciones, o se entrega a sus pensamientos. Si consigue parcelar el tiempo, éste le resultará más llevadero y hará que avance más rápido. Si tiene algo de comer podrá convertirlo en el acontecimiento del día. Podrá decirse a sí mismo: cuando termine de cavar ese trecho me tomaré un trozo de pan.

(Seweryna Szmaglewska, Una mujer en Birkenau, Alba Editores, Pag. 141-143)

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