UNA MUJER EN BIRKENAU: HAMBRUNA

Posted on 8 noviembre, 2013

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AUSCHWITZ STARVATIONHay una hambruna tremenda en este tiempo. Desde que llegan paquetes con comida, las autoridades del campo han limitado las raciones de pan para los prisioneros. Tan sólo un porcentaje pequeño es capaz de alimentarse con los productos que recibe en los paquetes. La mayoría está condenada a las raciones del campo, que son insuficientes. El hambre te obliga a buscar salidas desesperadamente. Cada tarde, hasta bien entrada la noche, se pueden figuras humanas que aguardan pacientes a la sombra del barracón de la cocina a que llegue un momento feliz. A veces sale una cocinera conocida o una de las chicas que pelan las patatas y sacan una docena de patatas sin cocinar. A veces vienen camiones que se detienen delante de la cocina y echan pilas de patatas y nabas. Entonces sala a la puerta, que está bien iluminada, la responsable de vigilar a las prisioneras. Pero basta que vuelva un momento la cabeza, que se aleje un poco, para que de la oscuridad emerjan como pájaros hambrientos las siluetas de las mujeres famélicas. Con los dedos escarban en el suelo para sacar las patatas que se han quedado ocultas entre el fango y la guija que hay a la puerta de la cocina, las guardan en un cuenco, en el delantal o en el pañuelo de la cabeza y desapareen corriendo entre las sombras de los barracones, atravesando las zonas con más barro para que el SS no las siga. Sin embargo, a veces algún SS captura a una de estas mujeres y entonces la golpea hasta que da el último suspiro; a veces le pega, la levanta del suelo, la empuja a la zanja y le ordena salir de ella de inmediato, así una y otra vez, para que sirva de escarmiento al resto y le den así menos trabajo a él. Pero también hay prisioneras que consiguen engañar al SS, que se pierden entre las sombras de la noche o entre la multitud y entran jadeando en el barracón, con el hatillo de patatas en la mano.

Pero el verdadero problema empieza cuando ya se tienen las patatas, porque necesitas una olla, agua, leña y algún sitio donde cocinar. Si empiezas a cocinarlas a medianoche, a veces son las dos de la madrugada cuando las patatas están por fin listas. A veces no puedes esperar más para conseguir sitio dentro del barracón o no te puedes permitir sobornar a la vigilante que está de guardia por la noche, que te exige que le pagues algo por cada olla, así que tienes que hace tu propio fogón con un par de ladrillos a la sombra del retrete o dentro de él. Cocinar así es muy peligroso porque el fuego se ve desde lejos fácilmente en el campo, pero el hambre es más fuerte que varazón. Cuando no tienes nada que llevarte a la boca sufres mucho, pero de forma pasiva.  Si tienes cualquier cosa  que se pueda cocinar, cuando llevas un rato esperando, la idea de comer, el hambre, se apodera de ti con una fuerza violenta, te sacude, te reconcome por dentro, no hay forma de acallarla. Entonces todos los obstáculos parecen fáciles de vencer, todos los argumentos juiciosos se retiran para dejar paso a otros imprudentes. Tu organismo, no tienes dudas, sabe lo que quiere. Cuanto más enérgico eres, con más fuerza sucumbes a tus instintos. El “animal hambriento” que habita en tu interior siente la necesidad imperiosa de saciar su apetito, así que encuentra las fuerzas y la habilidad necesarias para cumplir su propósito.

Por la noche es frecuente ver hogueras y gente hambrienta preparándose su comida miserable. A veces la verja del campo se entreabre sigilosamente y las SS entran con sus capotes negros y sus amplias capuchas. Si te das cuenta a tiempo, huyes con tu olla, que es un objeto muy valioso en el campo, y con la comida a medio cocinar. (…)

Como cocinar por la noche es muy peligroso, las mujeres buscan otras maneras de conseguir algo de alimento. Entregarían todo lo que tienen por una ración de pan. Cada tarde, después de la formación y hasta el silbato que anuncia el toque de queda, las aficionadas al trueque recorren los barracones con sus modestos productos en la mano y animan a las posibles compradoras en todos los idiomas posibles. ¡Pan, pan! Ésta es la auténtica moneda de cambio.  (…)

No todas disponen de cosas que se pueden cambiar, exquisiteces enviadas desde casa. La mayoría anda de un bloque a otro con una rodaja de salchicha que recibió para la cena en la mano.

(Seweryna Szmaglewska, Una mujer en Birkenau, Alba editores, pag. 206-209)

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